lunes, 11 de agosto de 2014

El trile

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El señor y la señora Brahms llegaron a París un viernes por la noche. El señor Brahms trabajaba en un banco en Hamburgo y tenía permiso hasta el lunes. Elena Brahms, su esposa, hacía mucho que no trabajaba. No tenían hijos, pero la enorme casa en la que vivían (tres cuartos, un estudio, dos baños, un sótano, etcétera) daba mucho trabajo, y alguien tenía que ocuparse de ella. Además de limpiar, Elena Brahms cocinaba para su marido dos veces al día. El desayuno antes de que este fuera al trabajo y la cena al regresar. A veces Elena Brahms almorzaba por su cuenta en un restaurant. Otras veces cocinaba su propio almuerzo, pero no podía sentarse a comerlo sin sentirse muy sola, y entonces caminaba por toda la casa con el plato en una mano y el tenedor en la otra. Asimismo, cada día limpiaba pequeñas porciones de la casa para nunca quedarse sin nada que hacer. Aunque pasase tanto tiempo dentro del hogar, su vida no carecía de pequeños eventos y sorpresas. Varias veces le había ocurrido que, mientras limpiaba la sala o el sótano, se quedaba mirando fijamente a una de sus pinturas sin lograr reconocerla. Se le ocurría que alguien cambiaba los cuadros mientras dormía, que cada semana eran diferentes. Pero por la noche llegaba su marido y le aseguraba que no, que habían comprado esa naturaleza muerta en una galería en Londres años atrás, y ella decía ah, claro, ya recuerdo, ya recuerdo.

El Hotel Odéon Saint-Germain era tan lujoso como los Brahms esperaban. El armario, el escritorio, las sillas y la cabecera de la cama eran todos de caoba al estilo isabelino. Detrás de la cama había una cortina de seda roja con estampados de rosas doradas. Un gran espejo con un marco ornamentado reposaba a un lado de la cama. Desde la ventana del último piso se podían apreciar las azoteas del boulevard Saint-Germain, los carros y taxis incesantes, las personas que iban y venían en pasos cortos pero veloces como si tuvieran una cita urgente.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Tres días de playa

Enrique, un nuevo rico de la capital, invitó a su viejo amigo Fernando a pasar el fin de semana en un club de playa. Fernando, después de graduarse, se había mantenido en pie a duras penas, incapaz de ejercer su profesión por falta de oportunidades, y en cambio trabajando como mesonero, como vendedor, como cajero de supermercado. El viernes temprano, un chofer designado por Enrique lo recogió en su humilde vivienda. De camino al club entraron a un pueblo muy pobre y antiguo, conformado por casas de barro de cuyos huecos asomaban raíces e hibiscos rosa. Fernando empezaba a creer que Enrique no era tan acomodado como sospechaba, cuando dieron de bruces con las murallas del club. Eran de piedra, como los castillos antiguos, y el sol no permitía vislumbrar dónde acababan.
Adentro, la opulencia era inverosímil. Los pisos eran de oro, los empleados nobles ingleses, los espejos embellecían y reducían la edad de todo el que se mirase en ellos y había decenas de mujeres hermosas caminando por doquier (Enrique sostenía que eran modelos contratadas con ese propósito). La seguridad era presidencial. Además de las murallas titánicas, había guardas enterrados en la arena de la playa, debajo de los tapetes de los pasillos, colgados de las arañas victorianas y detrás de los espejos mágicos. Una gran reja de acero inoxidable trazaba un cuadrado enorme en la playa del club para separarla de las playas públicas. Sin duda alguna era un fortín pero, en su interior, Fernando se sentía más encarcelado que seguro.
El fin de semana transcurrió sin mayor acontecimiento. Comieron en el restaurant francés del club, recibieron masajes expertos a la orilla del mar, tomaron de una botella de ron añejada desde el siglo antepasado y se bañaron en la piscina olímpica. Desde el último trampolín Fernando podía ver la barriada donde había vivido toda su vida, donde lo esperaba su casucha de refrigerador vacío y electricidad a ratos. Cuando llegó el domingo, los amigos se despidieron en la puerta del club con un abrazo. En la vía de vuelta a su hogar (una vez más llevado por el chofer), Fernando se durmió, y soñó que él y todos sus vecinos se armaban de antorchas y rastrillos, que salían de la barriada como una marea incontenible, que tomaban el club para ellos y se asentaban en él, y las creppes y el escargot para ellos, y las masajistas tailandesas a la orilla del mar para ellos, y el ron medieval para ellos, mientras que Enrique y todos los hombres como Enrique eran forzados a asentarse en la barriada. Fernando despertó al llegar a la puerta de su hogar, y desde ese entonces le tuvo tal fobia a las tailandesas y a los franceses que se volvió eremita, convencido de que apenas pusiese un pie afuera de la puerta lo acribillarían a caracoles muertos, oh-lalás y uñas postizas afiladas como navajas.

jueves, 13 de marzo de 2014

La máquina de escribir

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Como todo diplomado en letras, mi sueño era escribir. Cuentos, novelas, (¿ensayos? ¿Poesía?). Otra parte de mi idiosincrasia letrística consistía en tener amigos dudosos y frecuentar locales oscuros, generalmente en sótanos, donde tocaban bandas d’avant-garde, se leía poesía onomatopéyica, pornográfica o psicoanalítica, y se hablaba entre pseudointelectuales con una gravedad risible. Así conocí a Enrique Acevedo.
Él era un técnico de informática con una pasión por la literatura. (Solo se puede hablar de sus sentimientos; en la práctica era un hombre de cultura quebradiza.) Admito que me daba un tanto de lástima ver a ese hombre de treinta y cinco años, casi calvo, de barriga incipiente y barba de tres días, hablar sobre la metáfora de la Casa tomada -para él una crítica al marxismo-, o del solipsismo en la isla de Morel.
Yo lo escuchaba en silencio. También escribo, me dijo una noche, no me digas, repuse con sorna. Lo suponía. Pero detrás de su candidez, de la distancia que él no veía o no quería ver entre nosotros, se asomaba un honesto y ardiente deseo de superación. Teníamos eso en común, y quizás fue la razón por la que nos hicimos amigos.
Un día, Enrique se presentó en mi porche con unas ojeras temibles.
-Ven a mi casa –dijo-. Te quiero mostrar algo.
Cuando llegamos, me dirigió a la sala. Su exaltación era evidente; se frotaba las manos y de vez en cuando rompía en una risita involuntaria. En su sala había una docena de computadoras negras, conectadas entre sí por una maraña de cables que apenas permitía entrever el piso de mármol. Le pregunté, como es natural, qué era todo aquello.
-Esto, mon ami –dijo-. Son computadoras Dell conectadas en serie, trabajando juntas. Tienen procesadores state-of-the-art, sí me entiendes, de lo último en el mercado (y de lo más costoso). Leía yo a Kafka el otro día, cuando me dije: ojalá tú pudieras escribir así, Enrique. La idea se quedó rondando en mi cabeza por un tiempo, hasta que al fin la desarrollé en lo que tienes ante tus ojos. Estas computadoras, mientras hablamos, escriben la próxima obra maestra del siglo XXI. Primero, combinan palabras al azar del diccionario de la RAE, estamos hablando de millones de páginas por segundo. La mayoría de estas son desechadas en la segunda parte del proceso, donde un software analiza de forma sintáctica y semántica los textos, y solo sobreviven aquellos que sean legibles. Ahora bien, tú y yo podemos redactar un texto legible, y eso no quiere decir que sería un buen relato o novela. Por eso, en la tercera etapa, las computadoras comparan cada texto producido con otra base de datos, que contiene todas las obras publicadas por la humanidad desde la Épica de Gilgamesh. Esta última inquisición la sobreviven solo las obras que tengan cierto grado de coincidencia estilística, temática, narrativa, etcétera; es decir, obras que serían consideradas en general como buenos textos. Lo cual no significa que se trate de imitaciones ni mucho menos, ya que las computadoras son influidas en igual medida por toda la literatura universal. Te estoy explicando esto en términos muy simplificados, aunque ya ves que el resultado final no puede ser sino satisfactorio e indiscernible de la más alta literatura humana.
No sabía qué hacer o qué decirle a Enrique, el cual me miraba con una sonrisa expectante. Al final logré preguntarle qué haría con los supervivientes al tercer ciclo, a lo que respondió: leerlos, escoger los mejores, y llevarlos a una editorial.
Ya de vuelta en casa, me instalé en mi escritorio, con el deseo de retomar la escritura de un cuento en proceso. No fue posible. A cada línea volvía a mi mente la imagen de aquella sala, produciendo literatura día y noche. Puesto que si leía una obra escrita por las máquinas, y era tan buena como Enrique prometía, el único prejuicio posible sería efecto de conocer su origen. ¿Sería yo tan presuntuoso, pues, como para no llamar a eso literatura?

miércoles, 12 de febrero de 2014

Bassil Dacosta


Bassil Dacosta, en su atolondramiento mañanero, eligió unos zapatos resistentes pero viejos, propicios para la larga jornada que le esperaba. Se despidió de su madre. Quién iba a saber que, al finalizar el día, su nombre sería el más clamado, su rostro el más propagado por los medios del país. Pero sería por las razones más infaustas, en esas que ni se piensa, mucho menos se dicen, precisamente por la verdad y la posibilidad que encierran. Punto sensible, hablar de la Muerte, tópico que no admite ni periplos ni alusiones, porque de inmediato resuena el: “no digas eso ni en broma.”
Cuando llegó, la plaza estaba abarrotada. Ahí se estaba muy apretujado, había que estirar el cuello para respirar, y era inconcebible moverse en otra dirección que hacia delante. Dicen que la multitud tiene mente propia. Esa mañana, más que mente, la multitud tenía sentimiento, fervor, esperanza. Una esperanza de mecha corta, que pronto intentaría ser sojuzgada.
La concentración avanzaba por la avenida como una marea, entre coloridos paraguas para protegerse del sol, gorras con la bandera nacional, letreros de cartón con lemas de protesta. Las horas se acortaban. Daba la impresión de que en diez minutos se habían recorrido varios kilómetros, así como la gente que dice ver su vida con lujo de detalles cuando el frío metal de un arma se cierne sobre su frente. En otro rincón de la ciudad, las balas se deslizaban en sus recámaras.
La manifestación llegó a su destino. El sol estaba en su cenit, el calor era insoportable. En este punto, la muchedumbre se dispersaba en diferentes direcciones, dizque cada quien hacia su hogar. Fue entonces cuando Bassil Dacosta sintió la amarga amalgama de la impotencia y la satisfacción. Por una parte, se alegraba de haber marchado, de haber hecho algo, pues veía al país en su paroxismo. Por otra, un profundo y lóbrego desasosiego surgía en él mientras atisbaba a las personas que se habían alejado más, ahora puntitos en la distancia. ¿Eso era todo? Las gotas de sudor le corrían por la mejilla, y de repente las sintió más lentas, más presentes sobre su piel. Recordó que una vez había leído un manual de meditación, “una de esas rarezas orientales”, pensó. En él, se explicaba cómo había que sentarse en una posición relajada, cerrar los ojos, concentrarse en sentir la propia piel, luego imaginar que esta se desvanecía como hojas al viento… Así, sin quererlo, se sentía Bassil. Su piel, su cuerpo parecía desaparecer, junto a todos los demás, y solo quedaba el sol, o las gotas de sudor, o los paraguas de colores. En otra parte de la ciudad (más cerca ahora), las ruedas de una moto giraban.
Bassil Dacosta se vio, pues, en la necesidad de disgregarse también. Empezó a caminar hacia una estación de metro un tanto lejana, que esperaba encontrar menos concurrida que las locales. Solo entonces se dio cuenta de que las piernas le dolían. (La moto, más cerca.) Dobló la primera esquina y se sorprendió de la poca gente que albergaba. (Las ruedas giran más rápido.) “Claro”, pensó, “vengo de compartir espacio vital con miles de personas; así cualquier calle me parecerá desolada”. (Un arma se acomoda en la parte posterior de un pantalón.)
No tuvo miedo. Quizás debió tenerlo, pero lo cierto es que no tuvo. La moto bajó por la calle como un relámpago, el parrillero reveló el arma. Bassil, en ese instante crítico, vio todo como una película en pausa, con mucho detalle: las franelas cubriendo los rostros de los dos hombres, los cauchos del vehículo, el arma plateada destellando. “La fatalidad”,  pensó. Una dejada abnegación se apoderó de él, y creyó observar muy bien dentro del cañón, dentro de esa negrura de sima, de la recámara, sobre la curvatura de la bala. Si se esforzaba un poco, incluso podía ver la caja de balas reposando sobre la mesa, el rostro del portador esa mañana, vistiéndose, poniéndose los zapatos, deslizando bala por bala en la recámara de su revólver. Tac. Otro humano, qué más. Pero los separaba un abismo tremendo, artificial. “Sí, la fatalidad. Alguien había de cruzar esa esquina, la esquina. ¿Por qué la fatalidad, hasta cuando las esquinas? Así va la cosa, si no era esta, sería otra; si no yo, pues alguien más.” La moto se había descongelado, se hallaba ahora muy cerca, a menos de un metro. “Qué suerte de perros, que tenía que ser yo.”
El fragor de la detonación se escuchó a lo lejos, y los gritos de la no-tan-lejana manifestación callaron por un segundo. No echaron vuelo palomas desde un tejado, como suele pasar en las películas y los cuentos.

Hacía ya rato que las palomas se habían largado.

martes, 4 de febrero de 2014

El optimista

Juan notó que el fregadero de la cocina se había tapado, y que el agua llegaba justo a la mitad de sus paredes.
Miró fijamente el agua, pensando que podría estar bajando, solo tan lento que era imposible darse cuenta. Entonces, como optimista que era, urdió un plan: daría unos pasos atrás, de modo que su punto de vista le revelase, oblicuamente, el borde superior del fregadero al ras del agua. Utilizando este punto de referencia, se dispondría a esperar un cambio de perspectiva. Cuando dejase de ver el agua, el estancamiento se habría resuelto por sí solo.
Tenía entonces quince años. Tanto tiempo esperó parado en ese punto, que fue aumentando en estatura, y entonces oteaba aterrorizado como el nivel del agua era más elevado que nunca. 
Y seguía subiendo.
Lamentablemente, Juan habría de ser un joven excepcionalmente alto, por lo que, al cumplir los veinte años, la inundación de la casa –y su propia muerte- eran inminentes. Pensó que lo sensato habría sido tomar acción desde el primer momento, mas era ahora inconcebible. Según sus cálculos, el agua sería para entonces tan profunda, que cabrían varios hombres adultos en el fregadero, y no disponía de un equipo de buceo para intentar remediar la obstrucción. 
Juan Preciado tenía cuarenta y seis años cuando murió de un ataque cardíaco. Sus últimos momentos fueron empleados en maldecir de mil formas a los camilleros, pues había perdido su puesto, y ahora nunca sabría si el nivel del agua bajaría o no.


domingo, 26 de enero de 2014

Gotas en la ventana



aquel disco, y todo se tornó muy negro y así se quedó. Punto final. Augusto bajó el manuscrito en estado de estupor: García lo había vuelto a hacer.
Augusto había conocido a García el año pasado, en un café de la calle Moira. Lo reconoció de inmediato, como es natural tratándose de un autor de su talla. Se acercó a él aturrullado, sin saber bien qué diría o cómo lo diría. Pero García lo recibió cálidamente, como si fueran amigos, y en efecto lo fueron desde ese día. Pronto empezaron las reuniones en el apartamento de García, donde, con un buen whiskicito, hablaban hasta altas horas de la madrugada de literatura, filosofía, política, etc. García respetaba el criterio literario de Augusto. No fue mucho tiempo antes de que le dejase leer y hasta comentar sus cuentos inéditos.
Al día siguiente, Augusto despertó ante un terrible descubrimiento: el manuscrito había desaparecido. Buscó y revolvió la casa como un loco. Nada. Estaba seguro de que lo había dejado ahí, en el escritorio. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Augusto descartó de inmediato la posibilidad de un robo. Nadie habría pasado el trabajo de burlar los seguros (que estaban intactos, por cierto) y adentrarse en su apartamento, solo para llevarse un montón de hojas. Además, nadie sabía que él lo tenía, excepto el mismo García. Augusto esperó que no fuese la única copia existente, pues sería una lástima perder el relato a costa de una torpeza suya.
Llamó a García para explicarle lo sucedido. Una voz robótica le respondió: “Este número no existe o ha sido desconectado, para más información…” Insólito. Cuántas veces no había hablado con él por teléfono, y tenía que pasar esto hoy. Justo hoy. Augusto tuvo una ocurrencia excéntrica: ¿habría alguna conexión entre la desaparición del manuscrito y la desaparición telefónica de García? Inmediatamente se sacudió la idea. Era ridículo pensar eso, lo más probable era que García hubiese perdido el celular y que el manuscrito hubiese desaparecido al mismo tiempo. Una gran coincidencia, nada más. Pero Augusto no encontraba esa respuesta satisfactoria.

sábado, 25 de enero de 2014

Sobre las maravillas de la neurobiología


Después de tanta espera, el futuro estaba aquí. El legado de Holger Hyden llegó a su cenit tras años de ardua investigación. Hyden, un neurobiólogo sueco, fue el primero en investigar sobre los diferentes compuestos químicos que rigen procesos cerebrales como la memoria, el pensamiento, las sensaciones, etc.
 Se anunció mediante una serie de ruedas de prensa que los laboratorios Pinotech lograron clasificar metódicamente todos y cada uno de los susodichos químicos, además del preciso orden y cantidades necesarias para evocar una memoria, provocar tal o cual sensación, y así sucesivamente.
Al principio de manera tímida, luego con holgura y hasta vanagloria, el gobierno decidió que el pueblo tendría permitido el uso de la nueva ciencia. La cosa funcionaba así: se organizaron campañas a nivel nacional de vacunación, siendo cada inyección no una vacuna, sino un chip que se aplicaba directamente al cuello. Las personas que se aplicaron la inyección (los índices de abstención fueron bajísimos, por cifras oficiales) ahora eran neurosusceptibles. Esto quería decir que, con tan solo oír un código, la persona experimentaba su significado. Cada código representaba un químico determinado o bien un conglomerado de ellos, arreglado en cierta forma. Así, decir “Z-10-4312” equivalía a decir “oxitocina, serotonina, y apenas una pizca de acetilcolina,” que era como recibir un masaje de cuerpo completo con savia. Además, al decir un código con el prefijo “KK”, solo se produciría el efecto en la persona que lo dijo, evitando así lamentables confusiones.
Sin embargo, pronto la gente empezó a abusar de los códigos. Un químico de apellido Albura, que llevaba diez años eludiendo cargos por posesión de narcóticos, divulgó por fuentes no esclarecidas una serie de códigos equivalentes a drogas potentísimas, al amor que se podría sentir por una joven una noche de verano, etc. Otros le siguieron. Así, se empezaban a ver focos de sublevación neural. Se cuenta que en las calles de los barrios más bajos de la ciudad se podía escuchar libremente “¡KK-14-C-13!” o “¡KK-97443!” y, si se estaba en una zona verdaderamente paupérrima, de esos lugares de los que uno no espera salir con vida, incluso se llegaba a oír el nefasto KKX-42-P.

martes, 21 de enero de 2014

El puente


Bajamos de la mano por la avenida Duarte, cruzando el puente que tanto revuelo ha causado, pues hace poco una joven, con un lindísimo vestido amarillo y dejando atrás sus bolsas de mercado, saltó al río. Llegamos al piso, donde ya nos esperaban.
-Marcel y... Lucía, ¿no? -exclamó sonriente el Tortuga, levantándose apenas cruzamos el umbral. Samuel y Camila charlaban al fondo, inclinados el uno hacia el otro, y daban la apariencia de estar tratando un tema sumamente interesante. Nos saludaron con las manos.
-Pasen, pasen -invitó el Tortuga, dejando que Lucía se adelantase mientras me retenía a mí con un brazo.
-Está bien bonita, mano -me dijo, soltando el sempiterno guiño.
Pasamos a la sala, donde Lucía conoció al par. Primero pensé que estaban enzarzados discutiendo algún film o un libro, pero no, tenían un aire demasiado grave y hasta preocupado, como quien suda intentando recordar si dejó el horno encendido. El Tortuga volvía de la cocina con las bebidas.
-Entonces tú debes ser el Tortuga -se adelantó Lucía, con una confianza admirable-. ¿Por qué te llaman así?
-Debe ser por el cuento de la liebre y la tortuga -masculló él, aunque todos sabíamos que no era por eso.
Nos sentamos en los sofás. Yo sabía inminente la ronda de preguntas, como es usual cuando tus amigos conocen a una nueva pareja.
-Bueno, ¿cómo se conocieron ustedes dos? -inició Samuel, risueño.
Lucía, viendo mi falta de iniciativa, comenzó el relato. Debí tomar la palabra yo, pero me distraje; había vuelto la imagen de Samuel y Camila hablando, tan interesados, y me preguntaba de qué. Dejé que Lucía terminara, mirándola todo el tiempo con una sonrisa aprobatoria.
-Pero qué lindo, mira, ¿y a qué te dedicas tú, si se puede saber? -dijo el Tortuga.
Pasaron varios minutos en esa semientrevista que, al concluir, pareció dejar a todos satisfechos. Era mi oportunidad.
-Sam, Cami, esto podrá sonarles raro pero, ¿de qué hablaban ustedes hace rato, cuando nosotros llegamos? -inquirí.
No se hicieron rogar.
-Ah, no sé si están enterados -dijo Camila-, pero hace unos días una muchacha saltó del puente Colonia.
-Sí -dijo Samuel, caviloso.
-Leí sobre eso en la prensa. La joven del vestido y las bolsas. ¿Tú estabas al tanto? -pregunté a Lucía.
-No, no... -dijo ella, visiblemente afectada por el brusco cambio a un tema tan lóbrego.

jueves, 9 de enero de 2014

Los últimos días




Allende las montañas, en esa casa vacacional a la orilla del mar, nos encontramos aquel verano. Llegaste a eso de las cinco, poco después que yo, que te esperaba pateando la arena y lanzando piedras al mar. Recuerdo como te bajaste del destartalado taxi con una sonrisita lozana, me saludaste de un abrazo y cruzaste el umbral con tu maleta de flores. Clara, mi amiga Clara, un fin de semana más conmigo antes de irse por siempre a Praga.
Ese viernes fue de acomodarse, deshacer el equipaje, dar el tour por la casa, ver la habitación de cada quien... Casi ni hablamos en el ajetreo. Nos dormimos temprano, yo acompañado por las estrellas que asomaban al tragaluz de mi techo (vieja costumbre, como llegué antes, tomé el mejor dormitorio), tú seguramente intentándolo pese al traqueteo desasosegante del ventilador de madera.
Al día siguiente me levantaste casi al son del alba, solo por molestar. Hablamos mientras caminábamos incesantemente por la arena, hasta el punto en que reencontramos nuestras huellas tres o hasta cuatro veces. Entre tanto yo pensaba en los momentos que vivimos juntos desde que te conocí en el colegio, recordaba especialmente como yo de chico tenía esa obsesión con el sueño, o más bien esa transición intangible de la lucidez al sueño, y tú me dejabas observarte cuando tomabas una siesta en el sofá de tu casa; cada vez parpadeabas más lento, como si todo a tu alrededor fuese en slow-motion, hasta que ya no los abrías más. Furtivas se escurrieron las manillas de mi Swatch, y el sol se despidió entre rutilantes pinceladas amarillas y naranja. Nos sentamos en la arena, exhaustos. En el mar, algo lejos de la orilla, descubrimos una boya por su intermitencia roja. Atesoré tus palabras incluso antes de que las pronunciases, como un desdichado soldado que sabe que está disparando, oliendo, pisando la historia.