El señor y la señora Brahms llegaron a París un viernes por la noche. El señor Brahms trabajaba en un banco en Hamburgo y tenía permiso hasta el lunes. Elena Brahms, su esposa, hacía mucho que no trabajaba. No tenían hijos, pero la enorme casa en la que vivían (tres cuartos, un estudio, dos baños, un sótano, etcétera) daba mucho trabajo, y alguien tenía que ocuparse de ella. Además de limpiar, Elena Brahms cocinaba para su marido dos veces al día. El desayuno antes de que este fuera al trabajo y la cena al regresar. A veces Elena Brahms almorzaba por su cuenta en un restaurant. Otras veces cocinaba su propio almuerzo, pero no podía sentarse a comerlo sin sentirse muy sola, y entonces caminaba por toda la casa con el plato en una mano y el tenedor en la otra. Asimismo, cada día limpiaba pequeñas porciones de la casa para nunca quedarse sin nada que hacer. Aunque pasase tanto tiempo dentro del hogar, su vida no carecía de pequeños eventos y sorpresas. Varias veces le había ocurrido que, mientras limpiaba la sala o el sótano, se quedaba mirando fijamente a una de sus pinturas sin lograr reconocerla. Se le ocurría que alguien cambiaba los cuadros mientras dormía, que cada semana eran diferentes. Pero por la noche llegaba su marido y le aseguraba que no, que habían comprado esa naturaleza muerta en una galería en Londres años atrás, y ella decía ah, claro, ya recuerdo, ya recuerdo.
El Hotel Odéon Saint-Germain era tan lujoso como los Brahms esperaban. El armario, el escritorio, las sillas y la cabecera de la cama eran todos de caoba al estilo isabelino. Detrás de la cama había una cortina de seda roja con estampados de rosas doradas. Un gran espejo con un marco ornamentado reposaba a un lado de la cama. Desde la ventana del último piso se podían apreciar las azoteas del boulevard Saint-Germain, los carros y taxis incesantes, las personas que iban y venían en pasos cortos pero veloces como si tuvieran una cita urgente.
La mañana del sábado llovió y los Brahms se quedaron en el hotel. Comieron tostadas con mermelada y café en un bistró en la planta baja. Luego subieron a la habitación y el señor Brahms se acostó a ver el fútbol en la tele.
Elena Brahms miraba por la ventana con expresión hierática. Tenía ganas de desnudarse, de acostarse junto a su esposo bajo el ruido de la lluvia (y en ese instante el comentarista anunció un gol, golazo). Aunque se esforzase, no recordaba la última vez que habían hecho el amor. No debe haber pasado tanto tiempo, pensó. Cuatro años antes no se habría perdonado a sí misma olvidarlo, pero las cosas nunca permanecen iguales, tal como las pinturas de su hogar la cogían por sorpresa cada vez más a menudo. Miró fuera de la ventana hacia las empapadas calles parisinas e imágenes lejanas llegaron a ella como un torrente.
Alejandro y ella corriendo por un jardín de Tuileries fangoso, la lluvia por fin había cesado pero no en el piso seis en Saint-Germain. Era la primera vez que pisaban París después de tanto tiempo perdidos en postales e historias y llaveros con la forma de la torre Eiffel. Cenaron en un restaurante que apenas podían costear entre ambos y tras una botella o dos de tinto frente a un Sena que los miraba como mira un anciano al amor joven e ingenuo y ciego, volvieron a su humilde habitación de hotel y tuvieron el sexo de sus vidas en la cama el sofá el piso, ah los tiempos en los que juraban que siempre estarían pero en la calle un ciclista casi es atropellado por un automóvil, ambos se bajan discuten un rato y cada quien se marcha por su lado
Por la tarde dejó de llover. El señor y la señora Brahms pasearon por la quai de la Tournelle hasta Notre-Dame. En el camino pasaron en frente a una librería muy concurrida. La gente estaba haciendo cola afuera para pasar, y un muchacho dejaba entrar a tantos como salían. Junto a la vitrina, en un banco de madera, otro joven muy delgado y con lentes escribía en un cuaderno, miraba al cielo, respiraba hondo y escribía un poco más. Debe ser un poeta, dijo Elena a su marido. El señor Brahms resopló y negó efusivamente con la cabeza; más le vale que no, dijo, porque todos los poetas son unas maricas que le tienen terror a la vida, o sea a hacer algo con sus vidas que no sea escribir versos sobre estrellas y mariposas.
En Notre-Dame hicieron una cola literalmente kilométrica para entrar. Adentro había una guía que hablaba en inglés, el cual ambos entendían lo suficientemente bien, aunque en realidad lo único que había que hacer era ver en la dirección que apuntaba el dedo de la guía, apreciar tal vitral o tal arco o tal columna uno tras otro hasta encontrarse fuera de la catedral. Después fueron a la rue de Rivoli donde la señora Brahms se compró un vestido muy elegante y una cartera Gucci. Finalmente fueron a parar a un restaurant en la rue de Seine donde ordenaron más o menos al azar porque el menú estaba en francés y el inglés del mesero era nulo. Sin embargo la comida que les sirvieron estuvo muy a su agrado y ambos se marcharon satisfechos.
Desde el restaurante un corto trayecto los puso de vuelta en el hotel. Elena estaba cansada, como si hubiera caminado el doble o el triple de lo que en realidad habían recorrido. El señor Brahms se quitó toda la ropa menos los interiores y se metió en la cama para ver jugar a los Yankees. Antes de dormir, Elena le plantó un beso en la mejilla y le dijo gracias por todo. El señor Brahms, que no se lo veía venir, disfrazó su sonrisa bajo un resoplo.
El domingo salieron del hotel al mediodía. Estaba soleado. Almorzaron en un buen café en la Place Saint-Michel, vieron varios cuadros de Picasso y Dalí en el museo Pompidou y tomaron un taxi hasta el Museo d’Orsay que tenía, entre muchísimas otras cosas, varios cuadros de van Gogh. Uno de ellos, el autorretrato, afectó considerablemente a Elena, que no pudo dejar de pensar en él en todo el día, como si hubiese sido buena amiga del pintor años atrás o como si hubiese presenciado la producción de la obra, cosas evidentemente imposibles. Qué te parece, cariño, había dicho Elena señalándoselo. Muy bonito, dijo él, aunque este tipo era un loco que se cortó la oreja, por si no lo sabías, se cortó la oreja y se la envió a una mujer o algo así, lo cual lo pone más o menos en el mismo escalafón que cualquier poeta, porque se puede ser pintor y a la vez ser un hombre respetable y además ganar bastante dinero, muchos pintores modernos lo hacen, pero si mal no recuerdo este tipo además de loco era un fracasado, y se murió pobre y solo y más le habría valido no andarse con cabronadas y conseguir un empleo.
Los Brahms decidieron caminar de vuelta al hotel. Tenían un mapa y la ruta era bastante sencilla. A medio camino, por el borde del Sena, divisaron a un grupo de gente que formaba un círculo. Se aproximaron. En el centro del círculo había un hombre sentado en el piso. Frente a sí tenía una alfombrita de fieltro y, sobre ella, tres cajas rojas y una bolita blanca. El juego era sencillo: el hombre colocaba la bolita bajo una de las tres cajas y procedía a barajarlas por varios segundos. Luego se detenía y uno de los espectadores apostaba a una de las cajas. Si acertaban la ubicación de la bolita, duplicaban su inversión; si erraban, perdían el billete. La señora Brahms rogó a su marido que siguieran caminando, pero este no le presto la más mínima atención y se quedó mirando absorto a las personas que apostaban. En ocasiones, la ubicación de la bolita era muy evidente. Y sin embargo varias personas apostaban por cajas incorrectas y perdían veinte o cincuenta euros. Esto frustraba al señor Brahms, que no entendía como alguien podía ser tan idiota para apostar al centro cuando la bolita estaba, sin el menor resquicio de duda, a la izquierda. Otras veces apostaban y acertaban, y el hombre de las cajas les entregaba sus ganancias sin chistar. Esto era, quizás, aún más frustrante para el señor Brahms, puesto que cada vez que alguien ganaba él sabía de antemano dónde estaba la bolita, y sentía que le arrebataban sus ganancias en potencia. Los que apostaban eran siempre los mismos y daba la impresión de que llevaban horas jugando.
El señor Brahms, que sin darse cuenta se había acercado hasta formar parte del círculo de apostadores, vio como el hombre revolvía las cajas una vez más. La bolita había ido a parar al centro. Estaba claro como el agua. Mientras pensaba esto, el hombre de las cajas lo miró a los ojos y le preguntó en francés si quería jugar. El señor Brahms no comprendió las palabras, pero sí el ademán, y sacó su billetera como un resorte. A todas estas Elena Brahms lo miraba entre emocionada y preocupada. Algo olía mal. Cien euros al centro, dijo el señor Brahms señalando con un dedo, y extendió el billete al señor de las cajas. Este lo tomó y movió la caja central ligeramente hacia adelante como para confirmar la elección de Brahms. Sí, sí, dijo el señor Brahms con la cabeza. Entonces el hombre volteó la caja central y estaba vacía. Inmediatamente descubrió la de la derecha y la bolita estaba ahí. Se escuchó una exclamación compasiva entre los apostadores. Esto avergonzó mucho a Elena, que no había seguido el juego con atención y asumía que su marido había pasado por alto una respuesta muy obvia. Veía al señor Brahms, que parecía al borde de un ataque nervioso; sudaba de improviso e intentaba con movimientos desesperados desabrocharse el último botón de la camisa. Estaba a punto de sacar otro billete de su cartera cuando Elena lo cogió por un brazo y le dijo al oído déjalo, no tiene punto. Abatido, Brahms bajó la vista y empezó a marcharse, pero no antes de que uno de los apostadores experimentados le sugiriese en un inglés con acento polaco que, la próxima vez, intentase pisar la caja que había seleccionado para así evitar que el hombre se aprovechase y cambiase la bolita subrepticiamente. Esto fue el colmo. El señor Brahms, además de sudar aún más profusamente, se puso rojo como un tomate y parecía a punto de estallar. ¡El pie! ¡Había que poner el pie!, dijo con un hilo de voz.
Caminaron diez minutos por el borde del Sena. Vieron botes llenos de turistas. Libros antiguos de vendedores ambulantes. Una pareja besándose sobre el Pont Neuf. Parecía que el señor Brahms empezaba a olvidarse del asunto, cuando vieron un anuncio rojo pegado a un poste que mostraba tres vasos y una bola entre ellos. La imagen a su vez estaba tachada por una línea blanca y, bajo ella, una inscripción leía:
Ceci est un piège / It’s a trap!
El señor Brahms se quedó contemplando el letrero un buen rato. Elena lo veía aterrada: temía su reacción. Finalmente el señor Brahms se dio la vuelta, miró a su esposa a los ojos y le dijo alzando la voz: ¡tan evidente es la estafa que hasta ponen señales, y tú ni pendiente! ¡Has debido advertirme, no dejarme perder el dinero como un imbécil frente a tanta gente! Ridículo, ridículo, el hazmerreír de París. Solo me faltaron los pañales, coño. No lo vio tanta gente, dijo la señora Brahms e intentó poner una mano en el hombro de su marido, pero este la rechazó con un manotón. La señora Brahms no lo podía creer. Después de una acalorada discusión (en plena calle, ni más ni menos), Elena Brahms le informó a su esposo que cenaría sola esa noche y que ya hablarían cuando regresase al hotel. El señor Brahms estuvo de acuerdo, dijo que él haría lo mismo, y ambos partieron enfurecidos por calles distintas, ninguno de los dos sabiendo a ciencia cierta a dónde irían a parar sin antes consultar el mapa.
Elena Brahms se adentró en la rue Bonaparte. Era una calle estrecha y concurrida, con galerías de arte en ambas aceras. La vitrina de una le llamo particularmente la atención. Era un cuadro enorme. Una mujer estaba sentada dando la espalda en la cima de una colina. Miraba a lo lejos, a otra colina muy distante y casi invisible tras una capa de fina niebla. El cuerpo de la mujer, aunque tenía una pose muy relajada (o quizás resignada), estaba lleno de cortes y magulladuras microscópicas que solo se apreciaban muy de cerca. Dos pájaros negros surcaban el cielo. Elena sintió de repente mucho frío, como si la noche hubiese caído de un momento a otro. También se sintió húmeda y pesada. Se pasó la mano por la frente: estaba sudando. Abrió su nueva cartera y buscó con mucho recato un pañuelo.
A las once de la noche el señor Brahms llegó a la habitación. Había tomado varios wiskis de más y se sentía de perlas. Abrió la puerta, encendió el televisor y se recostó en la cama vacía para ver jugar a su equipo favorito.
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