Juan notó que el fregadero de la cocina se había tapado, y que el agua
llegaba justo a la mitad de sus paredes.
Miró fijamente el agua, pensando que podría estar
bajando, solo tan lento que era imposible darse cuenta. Entonces, como
optimista que era, urdió un plan: daría unos pasos atrás, de modo que su punto
de vista le revelase, oblicuamente, el borde superior del fregadero al ras del
agua. Utilizando este punto de referencia, se dispondría a esperar un cambio de
perspectiva. Cuando dejase de ver el agua, el estancamiento se habría resuelto
por sí solo.
Tenía entonces quince años. Tanto tiempo esperó
parado en ese punto, que fue aumentando en estatura, y entonces oteaba
aterrorizado como el nivel del agua era más elevado que nunca.
Y seguía subiendo.
Lamentablemente, Juan habría de ser un joven excepcionalmente alto, por
lo que, al cumplir los veinte años, la inundación de la casa –y su propia
muerte- eran inminentes. Pensó que lo sensato habría sido tomar acción desde el
primer momento, mas era ahora inconcebible. Según sus cálculos, el agua sería
para entonces tan profunda, que cabrían varios hombres adultos en el fregadero,
y no disponía de un equipo de buceo para intentar remediar la
obstrucción.
Juan Preciado tenía cuarenta y seis años cuando murió de un ataque
cardíaco. Sus últimos momentos fueron empleados en maldecir de mil formas a los
camilleros, pues había perdido su puesto, y ahora nunca sabría si el nivel del
agua bajaría o no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario