martes, 4 de febrero de 2014

El optimista

Juan notó que el fregadero de la cocina se había tapado, y que el agua llegaba justo a la mitad de sus paredes.
Miró fijamente el agua, pensando que podría estar bajando, solo tan lento que era imposible darse cuenta. Entonces, como optimista que era, urdió un plan: daría unos pasos atrás, de modo que su punto de vista le revelase, oblicuamente, el borde superior del fregadero al ras del agua. Utilizando este punto de referencia, se dispondría a esperar un cambio de perspectiva. Cuando dejase de ver el agua, el estancamiento se habría resuelto por sí solo.
Tenía entonces quince años. Tanto tiempo esperó parado en ese punto, que fue aumentando en estatura, y entonces oteaba aterrorizado como el nivel del agua era más elevado que nunca. 
Y seguía subiendo.
Lamentablemente, Juan habría de ser un joven excepcionalmente alto, por lo que, al cumplir los veinte años, la inundación de la casa –y su propia muerte- eran inminentes. Pensó que lo sensato habría sido tomar acción desde el primer momento, mas era ahora inconcebible. Según sus cálculos, el agua sería para entonces tan profunda, que cabrían varios hombres adultos en el fregadero, y no disponía de un equipo de buceo para intentar remediar la obstrucción. 
Juan Preciado tenía cuarenta y seis años cuando murió de un ataque cardíaco. Sus últimos momentos fueron empleados en maldecir de mil formas a los camilleros, pues había perdido su puesto, y ahora nunca sabría si el nivel del agua bajaría o no.


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