Allende las montañas, en esa casa vacacional a la orilla del mar,
nos encontramos aquel verano. Llegaste a eso de las cinco, poco
después que yo, que te esperaba pateando la arena y lanzando piedras
al mar. Recuerdo como te bajaste del destartalado taxi con una
sonrisita lozana, me saludaste de un abrazo y cruzaste el umbral con
tu maleta de flores. Clara, mi amiga Clara, un fin de semana más
conmigo antes de irse por siempre a Praga.
Ese viernes fue de acomodarse, deshacer el equipaje, dar el tour por
la casa, ver la habitación de cada quien... Casi ni hablamos en el
ajetreo. Nos dormimos temprano, yo acompañado por las estrellas que
asomaban al tragaluz de mi techo (vieja costumbre, como llegué
antes, tomé el mejor dormitorio), tú seguramente intentándolo pese
al traqueteo desasosegante del ventilador de madera.
Al día siguiente me levantaste casi al son del alba, solo por
molestar. Hablamos mientras caminábamos incesantemente por la arena,
hasta el punto en que reencontramos nuestras huellas tres o hasta
cuatro veces. Entre tanto yo pensaba en los momentos que vivimos
juntos desde que te conocí en el colegio, recordaba especialmente
como yo de chico tenía esa obsesión con el sueño, o más bien esa
transición intangible de la lucidez al sueño, y tú me dejabas
observarte cuando tomabas una siesta en el sofá de tu casa; cada vez
parpadeabas más lento, como si todo a tu alrededor fuese en
slow-motion, hasta que ya no
los abrías más. Furtivas se escurrieron las manillas de mi
Swatch, y el sol se despidió entre rutilantes pinceladas amarillas y
naranja. Nos sentamos en la arena, exhaustos. En el mar, algo lejos
de la orilla, descubrimos una boya por su intermitencia roja. Atesoré
tus palabras incluso antes de que las pronunciases, como un desdichado
soldado que sabe que está disparando, oliendo, pisando la historia.
-A que no nadas hasta la boya, Rafa.
-Nada tú, que te va mejor -te respondí-. A mí no me da miedo ir
nadando a un sitio; lo que me aterra es el retorno.
-A mí, en cambio, lo que me pasa es que estoy nadando tranquilita,
cuando me viene un no-sé-qué, una zozobra que murmura Clara, una
gran bestia marina está a punto de saltar fauces-abiertas y
devorarte enterita. Entonces empiezo a patalear más duro hacia la
orilla, tan tonta, porque sé que en mi desesperación está la
fruición del monstruo, por decirlo así, que estoy sellando más a
prisa mi destino. ¿No te pasa a ti, Rafa?
-Nunca lo había pensado.
-Qué cosas... ¿Te he contado la vez que quedé atrapada en la bomba
de una piscina?
Me lo habías contado mil veces, pero me sentí vagamente apocado, y
arrojé mi aquiescencia al silencio.
-Estábamos en casa de una prima... -empezaste, con la misma frase de
tantas veces. La luz roja parecía brillar con más fulgor, y te juro
que estuve a punto de pararme y lanzarme a la oscuridad del mar, a
brazadas lánguidas hacia la seductora, inasequible luz.
-Sabes, Clara, es una verdadera lástima que te vayas -te interrumpí
(¿o ya habías terminado?).
-Pero es lo mejor -dijiste-. El trabajo que me ofrecieron me viene de
perlas, además, allá se vive mejor y... Bueno, si ya tu sabes estas
cosas.
-Nos volveremos a ver, ¿no, Clarita? La vida es muy larga -dije, y
de inmediato me sentí como un tonto.
-No sé, Rafa. Yo ya no vuelvo aquí. No creo.
Recibí la punzada de tu honestidad calurosamente, entre nosotros
hacía años que no valía la pena andar con circunloquios y
mentiras. Las olas más briosas lamían las plantas de nuestros pies;
el cielo desnudo, impúdico, alumbraba nuestros ojos con sus cientos
de lucecitas. Recostaste tu cabeza en mi hombro; yo suspiré porque
no tenía sino eso que ofrecer al firmamento.
-Quiero que seas feliz allá, ¿oíste? -dije-.
Estuvimos callados cinco eternos minutos, luego levantaste la cabeza
y respondiste:
-Rafa, discúlpame, pero cuando tú me dices que sea feliz, no sé de
qué me hablas. ¿Qué puedo decirte? No sé si soy feliz, no sé si
lo he sido, no sé como se sentirá eso siquiera. Veo en las pelis y
los libros una pareja abrazándose en el ocaso de un puente parisino,
sonríen y sus ojos resplandecen, y me pregunto para qué viven. ¿Son
el uno por el otro, y viceversa? ¿Son felices cuando cada quien está
en su respectivo hogar? ¿Y cuando todo eso acabe, qué? Es un
ejemplo, no te lo tomes a pecho, solo me parece que, entre todas las
personas que conozco, algunos se comen el almanaque recordando cuando
fueron felices o creyeron serlo, y otros viven trabajando, matándose
para ser felices en un futuro, como la luz al final de un infinito y
redundante túnel. Tú, por ejemplo. A mí no me engañas, sé que no
te consideras feliz; siempre hay una melancolía detrás de tus
palabras, y de la peor estofa: de esas melancolías que el portador
intenta ocultar como un enfermo.
-¿Y tú? -dije tras una pausa
pensativa.
-¿Yo qué?
-No te hagas la tonta; tú, tú tampoco vives pelando los dientes.
-Ya sé, ya sé. A veces me siento
como suspendida en el espacio, ¿sabes?. Como en pause.
Como si estuviese esperando algo que extrañar.
El silencio y el aire litoral nos sumió en la modorra, y nos fuimos
a nuestras respectivas alcobas tras un largo abrazo en la playa. Esa
noche no osé mirar al tragaluz de mi cuarto, como si contemplar las
estrellas sin ti fuese una ruda perfidia.
Llegó el domingo, nuestro último día juntos, junto al mar.
Desayunamos tostadas con la mermelada de fresa que te compré,
intentamos sonreír en la mesa con desgano. Ese último día pasó
como un rayo, ¿no te parece? Es peregrino sentarse en esta mesa una
vez más, esta mesa cubierta por un velo de polvo, y creo que, si me
esfuerzo y entrecierro los ojos, podría verte una vez más en la
silla frente a mí. ¿Por qué volví, Clara? Me parece que todos,
aunque sea bien en el fondo, somos masoquistas empedernidos. Tuviste
que irte en la tarde, tu avión salía el mismo día a las nueve.
Déjame ayudarte con la maleta, tonta, ¿no se te queda nada?
Te llevé en mi carro, tú veías compungida al mar mientras manejaba
en esa carretera paralela a él, y pensé que la persona que decidió
construir esa calle ahí, ha debido hacerlo con morbosa alevosía.
Creo haber visto una lágrima asomar a tus ojos.
-Hoy, Rafa, me despido del mar por muchos años, quién sabe si por
siempre. ¿No te parece extraño? Con lo cerca que está, podría
abrir esta puerta, saltar del carro y correr a abrazarlo. Lo lograría
en unos treinta segundos.
En ese momento tuve franco miedo, con lo impulsiva que eres, de que
en efecto saltarías del carro en movimiento, darías vueltas por el
arcén, y toda magullada correrías como loca al encuentro del agua.
Quise distraerte, aun sabiendo que adivinarías mis intenciones o
puede que justo por eso.
-¿Sabes -dije- como alguna gente llama al mar “la mar”?
-Ajá -dijiste tú.
-No sé cual prefiero. Me gustaría pensar del mar como una mujer,
como una inmortal dama cubierta de velos y misterios y deseos que
solo conocen los que se hunden en ella.
-Qué feo eso, Rafa. Si puedes conocerla sin morir en el intento.
-Lo dudo. Quizá podría aproximarme a ella, pero lo cierto es que
estaría rozando o viendo una arista nada más; feo es aproximarme a
esas cosas fundamentales oblicuamente, al menos fundamentales para
mí. Soy como un niñito que otea desde una colina lejana un punto
brillante, pero no puede discernir desde tan alto qué es eso
exactamente y, si bajase, ya no sabría dónde encontrar el
puntito o cómo acercársele, perdería la referencia.
-Déjalo así, entonces. Olvídate del puntito, qué más da, si te
gastas la vida en eso. ¿Qué pasa si al fin das con el puntito
brillante y resulta ser un viejo abalorio, una bisutería rota?
-Pero qué dices, Clara, si todos tomamos riesgos semejantes a
diario.
Llegamos y nos despedimos en la puerta del aeropuerto muy callados,
como si fuéramos a reencontrarnos mañana, como un niño que se cae
pero no llora hasta que ve la cortada. Bon voyage,
dije, cuídate Rafa, fueron tus palabras.
Ahora, una vez más pisando la madera que compartimos ese fin de
semana, me pregunto qué ha sido de mi vida para venir a parar solo
en esta casa, recordándote, recordándonos; me pregunto también que
será de la tuya, no te he visto desde entonces y tengo la certeza de
que moriré sin volver a hacerlo. Mira, Clara, ha caído la noche. Tú
en Praga, yo en esta casa junto al mar, aunque admiremos la misma
luna. Fíjate como la gente nace y muere, pierden o ganan, se mueven
y toman drásticas decisiones, pero la lucecita roja de la boya
resplandece igual que aquellos días.
Quizá esta noche sea la
noche, la noche en que no podré
resistirme más y nadaré al encuentro del rojo con una sonrisa
esperanzada, sin pensar en cómo haré para devolverme, porque sé
que no lo haré. Sí, quizás hoy confunda un graznido por tu voz,
piense que eres tú quien me espera del otro lado, que eres tú la
que prende y apaga la lucecita de la lejana y sempiterna boya.
¿Qué podemos hacer? Le doy vueltas
a tus palabras, les busco un caudal que me lleve a ti o a mí mismo,
cavilo sobre tu teoría de la felicidad. Yo, feliz.
¿Lo fui esos tres días? En retrospectiva... Quizá la felicidad es
eso que pasa cuando tienes los ojos cerrados, un perro persiguiendo
su propia cola, el flash de una cámara, un último abrazo sobre la
arena.

Es como que te montas en un ascensor hasta el penthouse y cuando la puerta se abre descubres que hay otro ascensor esperándote para seguir subiendo. Así me siento con cada nueva entrada de tu blog.
ResponderEliminarNuevamente gracias, dude :)
El mejor comentario que me han hecho, gracias a ti Pedro.
Eliminar