domingo, 26 de enero de 2014

Gotas en la ventana



aquel disco, y todo se tornó muy negro y así se quedó. Punto final. Augusto bajó el manuscrito en estado de estupor: García lo había vuelto a hacer.
Augusto había conocido a García el año pasado, en un café de la calle Moira. Lo reconoció de inmediato, como es natural tratándose de un autor de su talla. Se acercó a él aturrullado, sin saber bien qué diría o cómo lo diría. Pero García lo recibió cálidamente, como si fueran amigos, y en efecto lo fueron desde ese día. Pronto empezaron las reuniones en el apartamento de García, donde, con un buen whiskicito, hablaban hasta altas horas de la madrugada de literatura, filosofía, política, etc. García respetaba el criterio literario de Augusto. No fue mucho tiempo antes de que le dejase leer y hasta comentar sus cuentos inéditos.
Al día siguiente, Augusto despertó ante un terrible descubrimiento: el manuscrito había desaparecido. Buscó y revolvió la casa como un loco. Nada. Estaba seguro de que lo había dejado ahí, en el escritorio. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Augusto descartó de inmediato la posibilidad de un robo. Nadie habría pasado el trabajo de burlar los seguros (que estaban intactos, por cierto) y adentrarse en su apartamento, solo para llevarse un montón de hojas. Además, nadie sabía que él lo tenía, excepto el mismo García. Augusto esperó que no fuese la única copia existente, pues sería una lástima perder el relato a costa de una torpeza suya.
Llamó a García para explicarle lo sucedido. Una voz robótica le respondió: “Este número no existe o ha sido desconectado, para más información…” Insólito. Cuántas veces no había hablado con él por teléfono, y tenía que pasar esto hoy. Justo hoy. Augusto tuvo una ocurrencia excéntrica: ¿habría alguna conexión entre la desaparición del manuscrito y la desaparición telefónica de García? Inmediatamente se sacudió la idea. Era ridículo pensar eso, lo más probable era que García hubiese perdido el celular y que el manuscrito hubiese desaparecido al mismo tiempo. Una gran coincidencia, nada más. Pero Augusto no encontraba esa respuesta satisfactoria.
Salió a la calle, encaminado hacia el apartamento de García. Bajando por la avenida Ananque oyó a un obrero silbar desde la otra acera. Eran las primeras notas del tema de la Pantera Rosa. Augusto, casi por impulso, retomó la melodía por donde la había dejado el otro.
-Qué curioso –pensó Augusto-, como ese hombre empieza una cancioncita y yo la sigo, aunque no tengamos mucho o nada en común. Vienen unas notas de una acera o un plano y aterrizan en otro, que las acoge como si fuesen suyas. Un pájaro bate sus alas, el fuego de una vela se apaga, una gota rompe contra el piso, y se escribe la Ética de Spinoza. Son como dos líneas en un espacio infinito, que se cruzan en un solo punto y luego cada cual sigue hacia su infinito, y ese punto es el obrero o la avenida o soy yo mismo.
Llegó al edificio de García. Estar al frente de ese edificio una vez más le produjo una extraña zozobra. Era como si no fuese el mismo, como si la noche anterior hubiese sido demolido por completo y reemplazado por una copia exacta. Quizás era el color de la fachada, o la forma de las ventanas; pero algo parecía distinto. Aunque, claro, nada lo era.
Subió en el ascensor hasta el piso once. Tocó el timbre. Nada. Entonces golpeó con el puño, pero al primer golpe la puerta cedió y se abrió de par en par. El apartamento estaba vacío. Ni un mueble. Ni un alma.
Augusto, de vuelta en la calle, no hallaba que hacer o pensar. ¿Se había mudado García de repente, sin avisar? Y, si así era, ¿por qué? La otra alternativa era que todo esto fuese una broma de mal gusto, que lo estuviesen acechando cámaras para hacerle la gran revelación de un momento a otro. Pero García no era la clase de hombre que gasta bromas, y menos de este tipo. Augusto tenía el estómago revuelto. Le temblaban las manos.
Decidió ir al café Tebas, donde había conocido a García. No esperaba encontrárselo ahí, pero no le importó mucho, a falta de más opciones. Se sentó en la misma mesa de aquel día, y volteó a ver dos mesas más allá. La mesa de García estaba vacía. La verdad, era un café muy bonito. Uno de los pocos que aún tenían una rocola en funcionamiento, y en ese momento se escuchaba:

Life can be so sweet,
On the sunny side of the street.

-Qué día. Otra vez el café, otra vez la música –empezaba a divagar de nuevo la mente de Augusto-. Un botón se aprieta, luego la rocola se activa, luego Louis canta. Y cómo canta. Yo lo escucho, y asumo que detrás de eso hay un disco, como lo haría cualquiera. Una bola de billar choca y otra se mueve, etcétera. Pero no son giros felices. Cada giro es aciago, cada giro es un alma en el Hades que sufre en contrapaso, cada giro soy yo buscando a García en apartamentos vacíos. O yo soy uno de los condenados y ni me entero, entonces el disco gira por siempre y ya Louis no canta, porque el disco está rayado y solo logra rechinar.
Augusto se fue tras un rato. Subió al carro y decidió que lo mejor sería volver a casa, dormir un poco, intentar olvidar esa jornada de pesadillas. Iba a tomar el camino habitual, pero algo le dijo que no, que convendría más la autopista. Augusto estaba al volante cuando empezó a llover, pero no aminoró la marcha. Vio las gotas de agua corriendo por la ventana, y pensó en cómo narraría García a alguien observándolas. “Augusto miró las gotas cariacontecido, pensando que eso era la felicidad, una cosa justo fuera del alcance de tus dedos (a Augusto le causaba mucha gracia este ejercicio), el pelo de una mujer sacudido por una brisa en las playas de la memoria (Augusto, distraído, no notaba que el carro iba cada vez más rápido), las gotas de agua en el otro lado de mi ventana.” Augusto reía a carcajadas, pensando que le había quedado muy bien la imitación estilística, todo esto mientras el carro derrapaba y se iba contra la defensa, y Augusto pensó que todo eso era muy extraño pero a la vez muy natural, que ahora estuviese girando y girando como una piedra por una colina o como aquel disco, y todo se tornó muy negro y así se quedó.

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