aquel disco, y todo se tornó muy negro y así se
quedó. Punto final. Augusto bajó el manuscrito en estado de estupor: García lo
había vuelto a hacer.
Augusto había conocido a García el año pasado, en un
café de la calle Moira. Lo reconoció de inmediato, como es natural tratándose
de un autor de su talla. Se acercó a él aturrullado, sin saber bien qué diría o
cómo lo diría. Pero García lo recibió cálidamente, como si fueran amigos, y en
efecto lo fueron desde ese día. Pronto empezaron las reuniones en el
apartamento de García, donde, con un buen whiskicito, hablaban hasta altas
horas de la madrugada de literatura, filosofía, política, etc. García respetaba
el criterio literario de Augusto. No fue mucho tiempo antes de que le dejase
leer y hasta comentar sus cuentos inéditos.
Al día siguiente, Augusto despertó ante un terrible
descubrimiento: el manuscrito había desaparecido. Buscó y revolvió la casa como
un loco. Nada. Estaba seguro de que lo había dejado ahí, en el escritorio.
¿Cómo pudo ocurrir esto? Augusto descartó de inmediato la posibilidad de un
robo. Nadie habría pasado el trabajo de burlar los seguros (que estaban
intactos, por cierto) y adentrarse en su apartamento, solo para llevarse un
montón de hojas. Además, nadie sabía que él lo tenía, excepto el mismo García. Augusto
esperó que no fuese la única copia existente, pues sería una lástima perder el relato
a costa de una torpeza suya.
Llamó a García para explicarle lo sucedido. Una voz
robótica le respondió: “Este número no existe o ha sido desconectado, para más
información…” Insólito. Cuántas veces no había hablado con él por teléfono, y
tenía que pasar esto hoy. Justo hoy. Augusto tuvo una ocurrencia excéntrica: ¿habría
alguna conexión entre la desaparición del manuscrito y la desaparición
telefónica de García? Inmediatamente se sacudió la idea. Era ridículo pensar
eso, lo más probable era que García hubiese perdido el celular y que el
manuscrito hubiese desaparecido al mismo tiempo. Una gran coincidencia, nada
más. Pero Augusto no encontraba esa respuesta satisfactoria.
Salió a la calle, encaminado hacia el apartamento de
García. Bajando por la avenida Ananque oyó a un obrero silbar desde la otra acera.
Eran las primeras notas del tema de la Pantera Rosa. Augusto, casi por impulso,
retomó la melodía por donde la había dejado el otro.
-Qué curioso –pensó Augusto-, como ese hombre
empieza una cancioncita y yo la sigo, aunque no tengamos mucho o nada en común.
Vienen unas notas de una acera o un plano y aterrizan en otro, que las acoge
como si fuesen suyas. Un pájaro bate sus alas, el fuego de una vela se apaga, una
gota rompe contra el piso, y se escribe la Ética de Spinoza. Son como dos
líneas en un espacio infinito, que se cruzan en un solo punto y luego cada cual
sigue hacia su infinito, y ese punto es el obrero o la avenida o soy yo mismo.
Llegó al edificio de García. Estar al frente de ese
edificio una vez más le produjo una extraña zozobra. Era como si no fuese el
mismo, como si la noche anterior hubiese sido demolido por completo y reemplazado
por una copia exacta. Quizás era el color de la fachada, o la forma de las
ventanas; pero algo parecía distinto. Aunque, claro, nada lo era.
Subió en el ascensor hasta el piso once. Tocó el
timbre. Nada. Entonces golpeó con el puño, pero al primer golpe la puerta cedió
y se abrió de par en par. El apartamento estaba vacío. Ni un mueble. Ni un
alma.
Augusto, de vuelta en la calle, no hallaba que hacer
o pensar. ¿Se había mudado García de repente, sin avisar? Y, si así era, ¿por
qué? La otra alternativa era que todo esto fuese una broma de mal gusto, que lo
estuviesen acechando cámaras para hacerle la gran revelación de un momento a
otro. Pero García no era la clase de hombre que gasta bromas, y menos de este
tipo. Augusto tenía el estómago revuelto. Le temblaban las manos.
Decidió ir al café Tebas, donde había conocido a
García. No esperaba encontrárselo ahí, pero no le importó mucho, a falta de más
opciones. Se sentó en la misma mesa de aquel día, y volteó a ver dos mesas más
allá. La mesa de García estaba vacía. La verdad, era un café muy bonito. Uno de
los pocos que aún tenían una rocola en funcionamiento, y en ese momento se
escuchaba:
Life can be so sweet,
On the sunny side of the street.
-Qué día. Otra vez el café, otra vez la música –empezaba
a divagar de nuevo la mente de Augusto-. Un botón se aprieta, luego la rocola se
activa, luego Louis canta. Y cómo canta. Yo lo escucho, y asumo que detrás de
eso hay un disco, como lo haría cualquiera. Una bola de billar choca y otra se
mueve, etcétera. Pero no son giros felices. Cada giro es aciago, cada giro es
un alma en el Hades que sufre en contrapaso, cada giro soy yo buscando a García
en apartamentos vacíos. O yo soy uno
de los condenados y ni me entero, entonces el disco gira por siempre y ya Louis
no canta, porque el disco está rayado y solo logra rechinar.
Augusto se fue tras un rato. Subió al carro y
decidió que lo mejor sería volver a casa, dormir un poco, intentar olvidar esa
jornada de pesadillas. Iba a tomar el camino habitual, pero algo le dijo que
no, que convendría más la autopista. Augusto estaba al volante cuando empezó a
llover, pero no aminoró la marcha. Vio las gotas de agua corriendo por la
ventana, y pensó en cómo narraría García a alguien observándolas. “Augusto
miró las gotas cariacontecido, pensando que eso era la felicidad, una cosa
justo fuera del alcance de tus dedos (a Augusto le causaba mucha gracia este
ejercicio), el pelo de una mujer sacudido por una brisa en las playas de la memoria
(Augusto, distraído, no notaba que el carro iba cada vez más rápido), las gotas
de agua en el otro lado de mi ventana.” Augusto reía a carcajadas, pensando que
le había quedado muy bien la imitación estilística, todo esto mientras el carro
derrapaba y se iba contra la defensa, y Augusto pensó que todo eso era muy extraño
pero a la vez muy natural, que ahora estuviese girando y girando como una
piedra por una colina o como aquel disco, y todo se tornó muy negro y así se
quedó.
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