Después de tanta espera, el futuro estaba aquí. El legado de Holger Hyden llegó a su cenit tras años de ardua investigación. Hyden, un neurobiólogo sueco, fue el primero en investigar sobre los diferentes compuestos químicos que rigen procesos cerebrales como la memoria, el pensamiento, las sensaciones, etc.
Se anunció mediante una serie de ruedas de prensa
que los laboratorios Pinotech lograron clasificar metódicamente todos y cada
uno de los susodichos químicos, además del preciso orden y cantidades
necesarias para evocar una memoria, provocar tal o cual sensación, y así
sucesivamente.
Al
principio de manera tímida, luego con holgura y hasta vanagloria, el gobierno
decidió que el pueblo tendría permitido el uso de la nueva ciencia. La cosa
funcionaba así: se organizaron campañas a nivel nacional de vacunación, siendo
cada inyección no una vacuna, sino un chip que se aplicaba directamente al
cuello. Las personas que se aplicaron la inyección (los índices de abstención
fueron bajísimos, por cifras oficiales) ahora eran neurosusceptibles. Esto
quería decir que, con tan solo oír un código, la persona experimentaba su
significado. Cada código representaba un químico determinado o bien un
conglomerado de ellos, arreglado en cierta forma. Así, decir “Z-10-4312”
equivalía a decir “oxitocina, serotonina, y apenas una pizca de acetilcolina,”
que era como recibir un masaje de cuerpo completo con savia. Además, al decir un
código con el prefijo “KK”, solo se produciría el efecto en la persona que lo
dijo, evitando así lamentables confusiones.
Sin
embargo, pronto la gente empezó a abusar de los códigos. Un químico de apellido
Albura, que llevaba diez años eludiendo cargos por posesión de narcóticos,
divulgó por fuentes no esclarecidas una serie de códigos equivalentes a drogas
potentísimas, al amor que se podría sentir por una joven una noche de verano,
etc. Otros le siguieron. Así, se empezaban a ver focos de sublevación neural.
Se cuenta que en las calles de los barrios más bajos de la ciudad se podía
escuchar libremente “¡KK-14-C-13!” o “¡KK-97443!” y, si se estaba en una zona
verdaderamente paupérrima, de esos lugares de los que uno no espera salir con
vida, incluso se llegaba a oír el nefasto KKX-42-P.
Pero
la desgracia no se detuvo en los usos para gozo personal. Así como los códigos
de Albura, otras mentes se preocuparon en producir códigos deletéreos. La gente
caía como moscas. Hasta las enemistades más vanas se resolvían en un
intercambio de palabras, y muchas veces se concertaron duelos a la forma del
lejano oeste, en los que los contrincantes daban diez pasos y se daban vuelta,
de modo que la persona que resultase más lenta en decir el código perecía.
El
gobierno se vio forzado a tomar acción. Censuraron como pudieron los códigos
inconvenientes, creando en poco tiempo un gran catálogo de códigos prohibidos.
Las personas guardaban sus códigos en la forma de pequeñas placas de metal grabado,
y no tardaron en verse casos de allanamientos sin órdenes de cateo y brutalidad
policial. Cualquier cosa con tal de recuperar las benditas placas. Después de
ser confiscada una placa a alguien, se le leía ceremoniosamente: “¡H-4402!”,
que era el código del olvido, de forma que la persona no pudiese repetir la
clave confiscada. Tras una extensa recolección, el gobierno llevó a cabo la
Gran Quema de los Códigos, evento televisado y realizado en una plaza
importantísima, al son del himno nacional y con muchos militares parados bien
derechitos y que además se ponían la mano izquierda sobre el corazón.
Aun
así no cesaron los infortunios. Códigos como los del amor, la memoria y el
saber seguían siendo de uso común, pues no existía razón suficiente para
declararlos ilícitos. Los sociólogos que permanecían activos advertían sobre el
paulatino distanciamiento de las personas. Como la más fervorosa pasión u orgasmo
era igual a exclamar “KKP-V-3” o “KKT-142”, la gente no se preocupaba por
perseguir posibles intereses románticos, mucho menos por sacar a una chica a
cenar o llevarle flores. Asimismo, se habían vuelto comunes los neurofilósofos
de café, que discutían temas como la relación materia-idea o qué era el
conocimiento en circunloquios y periplos infinitos, pues ya uno sabía lo que
iba a decir el otro, y se llevaban la contraria por puro formalismo. Otros eran
propensos a sobredosis de códigos de la memoria (que podían contener cualquier memoria). Se pasaban el día
sonriendo solos, recordando el atardecer más bello de la historia o la
crucifixión de Cristo, hasta tal punto en que no podían discernir sus recuerdos
de los implantados, y no era raro ver a un idiota a caballo que se creía
Napoleón y urgía a la gente en las calles a que buscaran sus armas de una buena
vez, que partían a Waterloo.
El
gobierno tuvo que interceder. Los militares, a los que nunca se les permitió
implantarse los chips, entraron marchando a la capital armados con fusiles
contraneurales. Al recibir un disparo, que más bien era un dardo, se descargaba
en el torrente sanguíneo una sustancia que inutilizaba los chips. La masacre
neural fue terrible. Se veía gente en la calle volviéndose loca, gritando
porque no sentían la pasión a la que tan bien se habían acostumbrado. Una
viejecita se entristeció muchísimo, pues con el pinchazo volvió el dolor de
espaldas que había aliviado en cuatro letras y dos números, y que ningún doctor
había sido capaz de curar en veinte años. El Napoleón jamás volvió a proferir
palabra, ya que la destrucción del chip acarreaba consigo la de las memorias, y
justo entonces recordó lo aburridos que eran sus recuerdos. Tampoco faltó un
desgraciado que perdiera el ojo de un dardazo.
La
reintegración a la sociedad fue un proceso lento y complejo. La gente, sumida
en el inmenso mundo neural, había olvidado las cosas más básicas del día a día,
por ejemplo cómo vestirse de manera congruente, cómo preparar la carne en brasa
o cómo llevarse en las más simples de las interacciones. Por estas razones no
era raro ver –sobre todo en los primeros meses- adolescentes dándose cabezazos
en tentativas de un primer beso en el parque. Las primeras personas que
redescubrieron cosas de importancia fueron prodigios instantáneos. Charlie
Brosowski, un niño ucraniano, fue el primero en descifrar el antiguo juego del
ajedrez, convirtiéndose por tanto en Gran Maestro, y pasaría a ser llamado por
la prensa “el más brillante jugador de su generación.”
Eventualmente
logramos volver a como éramos. Ahora la Gran Época de los Códigos está muy a
nuestras espaldas, y es la clase de cosa que le contamos a nuestros nietos, que
escuchan siempre muy atentos y con expresión de asombro. Así vivimos, entre
felices memorias y un latente espanto; no vaya a ser que mañana Brosch o
QuemStar o la misma Pinotech desate sobre nosotros la nueva gran invención, y
vayan a hacer de mi único nieto, el pequeño Lucas, el próximo Napoleón.

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