jueves, 13 de marzo de 2014

La máquina de escribir

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Como todo diplomado en letras, mi sueño era escribir. Cuentos, novelas, (¿ensayos? ¿Poesía?). Otra parte de mi idiosincrasia letrística consistía en tener amigos dudosos y frecuentar locales oscuros, generalmente en sótanos, donde tocaban bandas d’avant-garde, se leía poesía onomatopéyica, pornográfica o psicoanalítica, y se hablaba entre pseudointelectuales con una gravedad risible. Así conocí a Enrique Acevedo.
Él era un técnico de informática con una pasión por la literatura. (Solo se puede hablar de sus sentimientos; en la práctica era un hombre de cultura quebradiza.) Admito que me daba un tanto de lástima ver a ese hombre de treinta y cinco años, casi calvo, de barriga incipiente y barba de tres días, hablar sobre la metáfora de la Casa tomada -para él una crítica al marxismo-, o del solipsismo en la isla de Morel.
Yo lo escuchaba en silencio. También escribo, me dijo una noche, no me digas, repuse con sorna. Lo suponía. Pero detrás de su candidez, de la distancia que él no veía o no quería ver entre nosotros, se asomaba un honesto y ardiente deseo de superación. Teníamos eso en común, y quizás fue la razón por la que nos hicimos amigos.
Un día, Enrique se presentó en mi porche con unas ojeras temibles.
-Ven a mi casa –dijo-. Te quiero mostrar algo.
Cuando llegamos, me dirigió a la sala. Su exaltación era evidente; se frotaba las manos y de vez en cuando rompía en una risita involuntaria. En su sala había una docena de computadoras negras, conectadas entre sí por una maraña de cables que apenas permitía entrever el piso de mármol. Le pregunté, como es natural, qué era todo aquello.
-Esto, mon ami –dijo-. Son computadoras Dell conectadas en serie, trabajando juntas. Tienen procesadores state-of-the-art, sí me entiendes, de lo último en el mercado (y de lo más costoso). Leía yo a Kafka el otro día, cuando me dije: ojalá tú pudieras escribir así, Enrique. La idea se quedó rondando en mi cabeza por un tiempo, hasta que al fin la desarrollé en lo que tienes ante tus ojos. Estas computadoras, mientras hablamos, escriben la próxima obra maestra del siglo XXI. Primero, combinan palabras al azar del diccionario de la RAE, estamos hablando de millones de páginas por segundo. La mayoría de estas son desechadas en la segunda parte del proceso, donde un software analiza de forma sintáctica y semántica los textos, y solo sobreviven aquellos que sean legibles. Ahora bien, tú y yo podemos redactar un texto legible, y eso no quiere decir que sería un buen relato o novela. Por eso, en la tercera etapa, las computadoras comparan cada texto producido con otra base de datos, que contiene todas las obras publicadas por la humanidad desde la Épica de Gilgamesh. Esta última inquisición la sobreviven solo las obras que tengan cierto grado de coincidencia estilística, temática, narrativa, etcétera; es decir, obras que serían consideradas en general como buenos textos. Lo cual no significa que se trate de imitaciones ni mucho menos, ya que las computadoras son influidas en igual medida por toda la literatura universal. Te estoy explicando esto en términos muy simplificados, aunque ya ves que el resultado final no puede ser sino satisfactorio e indiscernible de la más alta literatura humana.
No sabía qué hacer o qué decirle a Enrique, el cual me miraba con una sonrisa expectante. Al final logré preguntarle qué haría con los supervivientes al tercer ciclo, a lo que respondió: leerlos, escoger los mejores, y llevarlos a una editorial.
Ya de vuelta en casa, me instalé en mi escritorio, con el deseo de retomar la escritura de un cuento en proceso. No fue posible. A cada línea volvía a mi mente la imagen de aquella sala, produciendo literatura día y noche. Puesto que si leía una obra escrita por las máquinas, y era tan buena como Enrique prometía, el único prejuicio posible sería efecto de conocer su origen. ¿Sería yo tan presuntuoso, pues, como para no llamar a eso literatura?

Así pasaron varios días, hasta que una mañana llamó Enrique y me pidió que lo visitara de nuevo. Al entrar vi la mesa de la cocina abarrotada de manuscritos. Me explicó que cada vez tenía más material que revisar, y me pidió que lo ayudara con ciertos textos particularmente complejos. Los leí. Ah, si diosito existe, ¡que me perdone cuando digo que los disfruté más que “El ruido y la Furia” o “Madame Bovary!” Fue así como se desvaneció mi última reticencia, y juro que desde ese día nunca volví a ser el mismo.
Hice lo posible por reprimir el desencanto que me procuraba todo aquello. Hablé con Enrique, le expliqué los textos como pude, discutimos su fondo y los memorables personajes hasta altas horas de la noche. Al terminar, me dijo que había decidido publicar un manuscrito que acabábamos de analizar. Yo le di mi aprobación, ¿qué más podía hacer? Asumí correctamente que lo publicaría a su nombre, sin mencionar en absoluto el tema de las computadoras a sus editores. Yo haría lo mismo, pensé. No había nada que reprocharle. Al poco rato me marché.
Mientras manejaba a casa pensé en abandonar la escritura. Dedicarme a algo más productivo, sobre todo más realista. Es el siglo XXI. Hace no muchos años habría sido descabellado pensar en un carro eléctrico; ahora debía aceptar la posibilidad de una computadora galardonada con el Nobel de literatura, profiriendo un calculado discurso en su voz robótica: aplausos, sollozos, regocijo universal.
Mi decisión, esa fatídica noche, llegó a mí mediante imágenes: pensé en el arsénico de Emma, en el hacha de Raskólnikov, en el cuchillo de Carlos Wieder. Me apropiaría de su operación de literatura clandestina, publicaría esas grandes obras bajo mi firma. Justifiqué mis intenciones diciéndome que el artista en realidad persigue la fama, las mujeres, y sobre todo el reconocimiento. Palabra de Freud. Con esta acción catalizadora lograría ahorrarme el infinito trabajo, el sudor, la agonía del escritor. El objeto de mi crimen, pues, se podía resumir en una palabra: un atajo.
Dos días después fui a su hogar de madrugada, con una navaja, cuerdas y un pañuelo. Aparqué una cuadra más atrás para no llamar la atención, y me aproximé con el sigilo de una sombra. Las únicas luces eran las de los faroles que alumbraban la calle. Una vez fuera de su casa, empecé a buscar ventanas abiertas. En realidad ese era mi único plan, y no sé qué hubiera hecho de haberlas encontrado todas cerradas. Al fin di con una, alta y estrecha, por la que me escurrí no con poco esfuerzo.
***
Parecía más calmado. Pobre Enrique, una lividez preocupante se apoderaba de su rostro. Por momentos pensaba en desatarlo, darle un abrazo y decirle que todo era una broma, que estaba siendo grabado. No hice tal cosa.
-Mira, Enrique –dije-. Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero eso no quiere decir que no te considere mi amigo. Lo que va a pasarte es cosa de negocios, como dicen los mafiosos. Va a parecer que acabaste con tu propia vida, que te ahorcaste por la razón de tu preferencia. Por eso, antes de consumar el acto, voy a dejar que escribas tu nota de despedida. No hay otra salida, por lo que sugiero que te tomes tu tiempo y te esfuerces. Este será tu legado.
Me sorprendió la dureza de mis palabras, pero qué más daba; estaba siendo honesto, lo cual él sin duda apreciaría. Le liberé la mano derecha y puse su silla frente al escritorio, papel y bolígrafo preparado. Me paseé silbando por la habitación, dándole espacio al pobre hombre para que pensara y desahogara su corazón en el papel. No obstante, por más tiempo que transcurría, Enrique no se dignaba a escribir una sola palabra. Parecía atormentado, como un niño frente a un examen para el que no estudió. Tras lo que se sintió como una eternidad, Enrique señaló a su mordaza (pañuelo) con el bolígrafo. Le rogué que no gritase y se la removí. Me dijo que se le hacía imposible redactar la nota, que como un último favor, por la caridad de mi alma, le permitiese utilizar las computadoras. Me quedé estupefacto. No puedo imaginar algo más personal que una nota de suicidio, sin embargo este hombre deseaba abdicar en metal y cables y pantallas. Que así sea, pensé.
Bajo unas simples indicaciones logré programar a las máquinas para que produjesen la nota. Al terminar su lectura, Enrique tenía los ojos empapados. Yo también estaba al borde de las lágrimas, pero me contuve en nombre de la congruencia. Como su reacción saldaba el prólogo, puse en efecto el mecanismo que simularía su fin. ¿Es necesario explicar con exactitud su funcionamiento? Columna, cuerda, silla… Como el juego de la soga en la que dos equipos tiran en direcciones contrarias, solo que en vertical y siendo el peso de un cuerpo mi única resistencia.
***
Volví un día de una reunión con mis editores, mis voraces receptáculos, para hallar en el obituario del Nacional el nombre de Enrique. (Habían hallado el cuerpo tras varios días. Tanto mejor.) Noté que le dedicaban mucho más espacio que a sus congéneres. Pronto entendí que dicha concesión se debía a su nota, la cual se había vuelto célebre casi al instante. Revisé otros diarios, los cuales eran aún más entusiastas sobre el tema, uno de ellos incluso dedicándole un artículo de dos columnas, lleno de especulaciones y frases como “atormentado poeta”, “posiblemente una de las grandes mentes de nuestro tiempo” y “en vida, anónimo por elección.”
En los meses subsecuentes, un misticismo envolvió la figura de Enrique, consumiéndola a fuego lento, hasta no dejar ni un resquicio para la verdad. Sus amigos de los antros, un tanto desconcertados, fueron entrevistados hasta el cansancio. Yo no emití opinión alguna, pese a las peticiones de periodistas. Creo que a Enrique le hubiese gustado todo esto. De una manera, le hice un favor: a duras penas hubiese podido él mantener la facade de autor en vida. Lo salvé del desencanto, de la humillación y del fracaso. Sí: las cosas salieron de la mejor manera para todos.
En ocasiones pienso en qué hubiese ocurrido de no haber tomado el atajo. Juego un rato con esa idea, como una papa caliente, y finalmente la desecho. Tout est bien. El único efecto secundario de mi decisión es que con frecuencia dudo de mis palabras, de mi sintaxis, de si tal comentario estará a la altura de los presentes o de mi propia imagen. Incluso ahora, mientras escribo estas páginas (que no han de ser publicadas jamás, y que guardaré bajo llave), no puedo evitar leer y releer los párrafos precedentes, en busca de fallas, ambigüedades, cacofonías... Veo la luz rebotando sobre la superficie de mis computadoras, que parecen llamarme y prometer un texto limpio, atrapante, digno de ovación. Es una idea seductora, incluso ante la posibilidad de que las máquinas, genios indómitos, tergiversen los hechos. Empero, si tal cosa sucediese, no habría de preocuparme, puesto que tendría la seguridad de que estas divergencias existen por el bien de la historia. Así me encuentro, con la cabeza volteada hacia mis serviciales plumas, torrente de mi éxito, sopesando en qué casos la Verdad ha de rendirse ante el Arte.


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