Desde la calle Suipacha.
Cuentos y misceláneos literarios.
domingo, 29 de enero de 2017
The Pool as a Symbol
viernes, 19 de febrero de 2016
Sobre el Discutidor de Saint-Michel (versión imprimible y de libre distribución)
domingo, 14 de febrero de 2016
Charles Baudelaire, Parisian Sisyphus
domingo, 19 de abril de 2015
Catarsis
Estoy escribiendo un cuento sobre un cuentista, o por lo menos tengo la idea del cuento dándome vueltas en la cabeza. El cuentista es un tipo perfeccionista, neurótico, nada lo satisface. Lleva años sin poder terminar un cuento. Eso sí, le sobran comienzos de cuentos. Pero llega un punto en el que se queda atascado, no sabe a dónde van sus historias por lo general ligeras en trama, y se termina convenciendo de que nada de lo ya escrito tiene valor, que más vale suprimirlo y empezar de nuevo. Es bastante posible que el cuentista esté en lo cierto, que los comienzos de sus cuentos sean tan desechables como sus potenciales conclusiones, pero esto lo tiene sin cuidado. Se considera ante todo un ser racional, sin embargo cree con una pasión que raya en lo supersticioso que si logra terminar un cuento, tan solo un bendito cuento, saldrá por fin de su sequía productiva, y que el próximo intento será pasable, y el próximo mejor, y así sucesivamente.
Queda visto que, en lo que respecta al retrato del cuentista, tengo su imagen bastante clara[1]. Su arte es otro asunto. Ella sería un reflejo del alma que inventé, y sin embargo no logro imaginar su idiosincrasia[2]. Supongo que hay una estructura o una serie de factores que reaparecen en cada uno de sus abortos literarios, y que el cuentista sabe que esos son los temas que quiere tratar, aunque no halle cómo. Él, como sus protagonistas, es un exilado. Se mudó a París desde algún país latinoamericano. Las razones por las que escogió esta ciudad entre tantas otras son evidentes desde el punto de vista de un literato latino; pero en efecto mudarse, después de que todos los exponentes del boom latinoamericano muriesen[3], demuestra una ingenuidad propia del adolescente idealista, ese que se cree un anacronismo, un engranaje desencajado en la gran maquinaria social (y que probablemente se da demasiado crédito explicándose de tal forma). Además, en todos sus cuentos subyace un miedo a lo moderno, sobre todo a la tecnología y a la manera de ver el mundo del hombre de hoy[4]. Por ende, sus cuentos están plagados de simbolismos demasiado evidentes y que no vienen al caso, parisinos caminando con iPhones bajo la sombra de edificios medievales, una pancarta enorme de Sony cubriendo (y en parte financiando) los trabajos de renovación de la Sainte Chapelle, a fin de cuentas un mundo interconectado hasta negar la privacidad, una sobredosis de información que hace imposible encontrar algo valioso y demasiado fácil distraerse por horas ante una pantalla cualquiera.
lunes, 11 de agosto de 2014
El trile
El señor y la señora Brahms llegaron a París un viernes por la noche. El señor Brahms trabajaba en un banco en Hamburgo y tenía permiso hasta el lunes. Elena Brahms, su esposa, hacía mucho que no trabajaba. No tenían hijos, pero la enorme casa en la que vivían (tres cuartos, un estudio, dos baños, un sótano, etcétera) daba mucho trabajo, y alguien tenía que ocuparse de ella. Además de limpiar, Elena Brahms cocinaba para su marido dos veces al día. El desayuno antes de que este fuera al trabajo y la cena al regresar. A veces Elena Brahms almorzaba por su cuenta en un restaurant. Otras veces cocinaba su propio almuerzo, pero no podía sentarse a comerlo sin sentirse muy sola, y entonces caminaba por toda la casa con el plato en una mano y el tenedor en la otra. Asimismo, cada día limpiaba pequeñas porciones de la casa para nunca quedarse sin nada que hacer. Aunque pasase tanto tiempo dentro del hogar, su vida no carecía de pequeños eventos y sorpresas. Varias veces le había ocurrido que, mientras limpiaba la sala o el sótano, se quedaba mirando fijamente a una de sus pinturas sin lograr reconocerla. Se le ocurría que alguien cambiaba los cuadros mientras dormía, que cada semana eran diferentes. Pero por la noche llegaba su marido y le aseguraba que no, que habían comprado esa naturaleza muerta en una galería en Londres años atrás, y ella decía ah, claro, ya recuerdo, ya recuerdo.
El Hotel Odéon Saint-Germain era tan lujoso como los Brahms esperaban. El armario, el escritorio, las sillas y la cabecera de la cama eran todos de caoba al estilo isabelino. Detrás de la cama había una cortina de seda roja con estampados de rosas doradas. Un gran espejo con un marco ornamentado reposaba a un lado de la cama. Desde la ventana del último piso se podían apreciar las azoteas del boulevard Saint-Germain, los carros y taxis incesantes, las personas que iban y venían en pasos cortos pero veloces como si tuvieran una cita urgente.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Tres días de playa
Enrique, un nuevo rico de la capital, invitó a su viejo amigo Fernando a pasar el fin de semana en un club de playa. Fernando, después de graduarse, se había mantenido en pie a duras penas, incapaz de ejercer su profesión por falta de oportunidades, y en cambio trabajando como mesonero, como vendedor, como cajero de supermercado. El viernes temprano, un chofer designado por Enrique lo recogió en su humilde vivienda. De camino al club entraron a un pueblo muy pobre y antiguo, conformado por casas de barro de cuyos huecos asomaban raíces e hibiscos rosa. Fernando empezaba a creer que Enrique no era tan acomodado como sospechaba, cuando dieron de bruces con las murallas del club. Eran de piedra, como los castillos antiguos, y el sol no permitía vislumbrar dónde acababan.
Adentro, la opulencia era inverosímil. Los pisos eran de oro, los empleados nobles ingleses, los espejos embellecían y reducían la edad de todo el que se mirase en ellos y había decenas de mujeres hermosas caminando por doquier (Enrique sostenía que eran modelos contratadas con ese propósito). La seguridad era presidencial. Además de las murallas titánicas, había guardas enterrados en la arena de la playa, debajo de los tapetes de los pasillos, colgados de las arañas victorianas y detrás de los espejos mágicos. Una gran reja de acero inoxidable trazaba un cuadrado enorme en la playa del club para separarla de las playas públicas. Sin duda alguna era un fortín pero, en su interior, Fernando se sentía más encarcelado que seguro.
El fin de semana transcurrió sin mayor acontecimiento. Comieron en el restaurant francés del club, recibieron masajes expertos a la orilla del mar, tomaron de una botella de ron añejada desde el siglo antepasado y se bañaron en la piscina olímpica. Desde el último trampolín Fernando podía ver la barriada donde había vivido toda su vida, donde lo esperaba su casucha de refrigerador vacío y electricidad a ratos. Cuando llegó el domingo, los amigos se despidieron en la puerta del club con un abrazo. En la vía de vuelta a su hogar (una vez más llevado por el chofer), Fernando se durmió, y soñó que él y todos sus vecinos se armaban de antorchas y rastrillos, que salían de la barriada como una marea incontenible, que tomaban el club para ellos y se asentaban en él, y las creppes y el escargot para ellos, y las masajistas tailandesas a la orilla del mar para ellos, y el ron medieval para ellos, mientras que Enrique y todos los hombres como Enrique eran forzados a asentarse en la barriada. Fernando despertó al llegar a la puerta de su hogar, y desde ese entonces le tuvo tal fobia a las tailandesas y a los franceses que se volvió eremita, convencido de que apenas pusiese un pie afuera de la puerta lo acribillarían a caracoles muertos, oh-lalás y uñas postizas afiladas como navajas.


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