domingo, 29 de enero de 2017

The Pool as a Symbol



Belano usually opened a story by narrating the protagonist’s infancy: he would sculpt the character in the reader’s mind through interpretable moments. Recently he had discovered that his obsession with early stages, with the development of people both real and imagined, was in good measure due to his compulsion to classify it all, to chart the world and compel it until it fit in his grids. He wasn’t thus unlike a bad reader of philosophy or fiction, those who open the book and check the number of pages straight away, how many days and hours until the climax of having read this, a process which resulted in zero change for both reader and book (unlike the river, which rapes you ontologically).
Belano’s biggest success coincided with Lena’s greatest defeat. That night, they met at the Pompidou museum. He barely mustered the courage to tell her he had won the ghost writer competition. His vocabulary didn’t contemplate Lena’s suffering.
‘Can’t blame you’ she said in French, suspicious of his guilt. ‘For a nègre a personal defeat is damn near impossible.’
The French term nègre, although perhaps politically incorrect in his language, made more sense to him than the English alternative, a ‘ghost writer’. Lately, after a long writing session, Belano would dream that he had died and was slowly crawling through an ink swamp, an infinite tour through the words of every nègre in history, even Homer’s protonegros! He kept going like so until it occurred to him to check his pockets, where he would find a pill. Unlike so many dreams that end right before the protagonist’s death, Belano’s always finished by taking the pill meant to bring him back to life.

viernes, 19 de febrero de 2016

Sobre el Discutidor de Saint-Michel (versión imprimible y de libre distribución)



Escribo estas páginas en parte por recordar a alguien que, tras un solo encuentro, logró dejar una impresión duradera en mí, y en parte con la esperanza de que alguien en París (o sus alrededores) lo vuelva a encontrar. La vaga culpa que sentí tras nuestro altercado se ha desvanecido. Poco importa si algún lector se enfurece por lo que hice: la reacción del Discutidor era imprevisible y la conciencia no me pesa.

Oí de él por primera vez en The Abbey Bookshop, en la rue de la Parcheminerie, a menos de cinco minutos del lugar donde el Discutidor trabajó. Ametrano, un amigo que frecuentaba ese quartier y con quien yo me topaba en circunstancias cada vez más sospechosas, me comentó que acababa de mantener un magnífico debate sobre Baudelaire con el hombre de la Place St. A- des Arts. A mí me sorprendió el uso del artículo definido, le pregunté qué hombre. Fue entonces cuando mi amigo cesó de escanear las estanterías y me miró con genuina sorpresa.

-Mais, ¡el Discutidor de Saint-Michel! –dijo. Me encogí de hombros.

Me explicó con mucho ripio dónde se situaba el hombre, luego se despidió sin elucidar nada más allá de su ubicación, aunque urgiéndome que fuera a visitarlo de inmediato. Pero se me hacía tarde, así que hube de esperar un par de días antes de conocerlo.

Llegué a la plaza especificada una tarde. Dos hombres charlaban sentados en pequeños taburetes plegables. Esperé. A los pocos minutos uno de ellos se levantó, le estrechó la mano al otro, y se marchó. El hombre restante levantó un letrero de cartón que leía:

Débat
Argument
Debate
// 2eu – 5min.

domingo, 14 de febrero de 2016

Charles Baudelaire, Parisian Sisyphus

-‘D'où vous vient, disiez-vous, cette tristesse étrange,
 Montant comme la mer sur le roc noir et nu?’

The Man

When Charles-Pierre Baudelaire was but six years old, his father died, leaving his mother a substantial inheritance. To this misfortune others would follow, all losses and defeats neither extraordinary –as the youths of Rimbaud or Genet were to be replete of— nor commonplace. Some twenty months after becoming a widow, Catherine Archimbaut-Dufays, Baudelaire’s mother, remarried: this time to a neighbor who held the title of Lieutenant Colonel. Young Charles felt betrayed and predictably turned his ire against his stepfather, whom he would always despise. These opening facts, when transferred to the ambit of his works, translate into a sense of rebelliousness, dissatisfaction and an ardent longing for escape.

As a young man, he was expelled from boarding school for systematically disobeying its rules. He showed habile avoidance of his stepfather’s schemes. He wanted for young Charles a diplomatic career: instead, the latter declared he would pursue literature, and soon after started abusing drugs and frequenting brothels. It was during one of these idylls with prostitutes when he most likely contracted the syphilis that would, in time, end his life. Indeed, sex and narcotics being a characteristic circumvention of tormented men, Baudelaire lived in a cloud of ephemeral pleasures. The effect these vices create, namely a displacement of consciousness outside the subject, will be examined afterwards in the context of one of his poems. For Baudelaire, these addictions were as normal as they were necessary. Yet his quest was not a circular one –as the search of pleasure for pleasure’s sake would be—, rather, it was propelled by the terror of the other, which under his pen takes the name of Ennui.
In the poem “To the Reader”, he writes:

There is one uglier, more wicked and more foul than all!
Although he does not make great gesture or great cries,
He would gladly make the earth a shambles
And swallow the world in a yawn;

It is boredom! His eyes weeping an involuntary tear,
He dreams of gibbets as he smokes his hookah.
You know him, reader, this delicate monster,
-Hypocrite reader –my twin- my brother![1]

These last stanzas of the poem are an approximation, by use of antithesis, to the central Baudelarian problem of boredom, inasmuch as they reflect the poet’s dichotomic view: if not Vice, then Ennui; if not excess, then lethargy. For Baudelaire, everything existed and revolved around one of the two extremes of Horror.

domingo, 19 de abril de 2015

Catarsis

A Alina, mi sobrina y admiradora número uno
resolución a todos los problemas




















Estoy escribiendo un cuento sobre un cuentista, o por lo menos tengo la idea del cuento dándome vueltas en la cabeza. El cuentista es un tipo perfeccionista, neurótico, nada lo satisface. Lleva años sin poder terminar un cuento. Eso sí, le sobran comienzos de cuentos. Pero llega un punto en el que se queda atascado, no sabe a dónde van sus historias por lo general ligeras en trama, y se termina convenciendo de que nada de lo ya escrito tiene valor, que más vale suprimirlo y empezar de nuevo. Es bastante posible que el cuentista esté en lo cierto, que los comienzos de sus cuentos sean tan desechables como sus potenciales conclusiones, pero esto lo tiene sin cuidado. Se considera ante todo un ser racional, sin embargo cree con una pasión que raya en lo supersticioso que si logra terminar un cuento, tan solo un bendito cuento, saldrá por fin de su sequía productiva, y que el próximo intento será pasable, y el próximo mejor, y así sucesivamente.
Queda visto que, en lo que respecta al retrato del cuentista, tengo su imagen bastante clara[1]. Su arte es otro asunto. Ella sería un reflejo del alma que inventé, y sin embargo no logro imaginar su idiosincrasia[2]. Supongo que hay una estructura o una serie de factores que reaparecen en cada uno de sus abortos literarios, y que el cuentista sabe que esos son los temas que quiere tratar, aunque no halle cómo. Él, como sus protagonistas, es un exilado. Se mudó a París desde algún país latinoamericano. Las razones por las que escogió esta ciudad entre tantas otras son evidentes desde el punto de vista de un literato latino; pero en efecto mudarse, después de que todos los exponentes del boom latinoamericano muriesen[3], demuestra una ingenuidad propia del adolescente idealista, ese que se cree un anacronismo, un engranaje desencajado en la gran maquinaria social (y que probablemente se da demasiado crédito explicándose de tal forma). Además, en todos sus cuentos subyace un miedo a lo moderno, sobre todo a la tecnología y a la manera de ver el mundo del hombre de hoy[4]. Por ende, sus cuentos están plagados de simbolismos demasiado evidentes y que no vienen al caso, parisinos caminando con iPhones bajo la sombra de edificios medievales, una pancarta enorme de Sony cubriendo (y en parte financiando) los trabajos de renovación de la Sainte Chapelle, a fin de cuentas un mundo interconectado hasta negar la privacidad, una sobredosis de información que hace imposible encontrar algo valioso y demasiado fácil distraerse por horas ante una pantalla cualquiera.

lunes, 11 de agosto de 2014

El trile

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El señor y la señora Brahms llegaron a París un viernes por la noche. El señor Brahms trabajaba en un banco en Hamburgo y tenía permiso hasta el lunes. Elena Brahms, su esposa, hacía mucho que no trabajaba. No tenían hijos, pero la enorme casa en la que vivían (tres cuartos, un estudio, dos baños, un sótano, etcétera) daba mucho trabajo, y alguien tenía que ocuparse de ella. Además de limpiar, Elena Brahms cocinaba para su marido dos veces al día. El desayuno antes de que este fuera al trabajo y la cena al regresar. A veces Elena Brahms almorzaba por su cuenta en un restaurant. Otras veces cocinaba su propio almuerzo, pero no podía sentarse a comerlo sin sentirse muy sola, y entonces caminaba por toda la casa con el plato en una mano y el tenedor en la otra. Asimismo, cada día limpiaba pequeñas porciones de la casa para nunca quedarse sin nada que hacer. Aunque pasase tanto tiempo dentro del hogar, su vida no carecía de pequeños eventos y sorpresas. Varias veces le había ocurrido que, mientras limpiaba la sala o el sótano, se quedaba mirando fijamente a una de sus pinturas sin lograr reconocerla. Se le ocurría que alguien cambiaba los cuadros mientras dormía, que cada semana eran diferentes. Pero por la noche llegaba su marido y le aseguraba que no, que habían comprado esa naturaleza muerta en una galería en Londres años atrás, y ella decía ah, claro, ya recuerdo, ya recuerdo.

El Hotel Odéon Saint-Germain era tan lujoso como los Brahms esperaban. El armario, el escritorio, las sillas y la cabecera de la cama eran todos de caoba al estilo isabelino. Detrás de la cama había una cortina de seda roja con estampados de rosas doradas. Un gran espejo con un marco ornamentado reposaba a un lado de la cama. Desde la ventana del último piso se podían apreciar las azoteas del boulevard Saint-Germain, los carros y taxis incesantes, las personas que iban y venían en pasos cortos pero veloces como si tuvieran una cita urgente.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Tres días de playa

Enrique, un nuevo rico de la capital, invitó a su viejo amigo Fernando a pasar el fin de semana en un club de playa. Fernando, después de graduarse, se había mantenido en pie a duras penas, incapaz de ejercer su profesión por falta de oportunidades, y en cambio trabajando como mesonero, como vendedor, como cajero de supermercado. El viernes temprano, un chofer designado por Enrique lo recogió en su humilde vivienda. De camino al club entraron a un pueblo muy pobre y antiguo, conformado por casas de barro de cuyos huecos asomaban raíces e hibiscos rosa. Fernando empezaba a creer que Enrique no era tan acomodado como sospechaba, cuando dieron de bruces con las murallas del club. Eran de piedra, como los castillos antiguos, y el sol no permitía vislumbrar dónde acababan.
Adentro, la opulencia era inverosímil. Los pisos eran de oro, los empleados nobles ingleses, los espejos embellecían y reducían la edad de todo el que se mirase en ellos y había decenas de mujeres hermosas caminando por doquier (Enrique sostenía que eran modelos contratadas con ese propósito). La seguridad era presidencial. Además de las murallas titánicas, había guardas enterrados en la arena de la playa, debajo de los tapetes de los pasillos, colgados de las arañas victorianas y detrás de los espejos mágicos. Una gran reja de acero inoxidable trazaba un cuadrado enorme en la playa del club para separarla de las playas públicas. Sin duda alguna era un fortín pero, en su interior, Fernando se sentía más encarcelado que seguro.
El fin de semana transcurrió sin mayor acontecimiento. Comieron en el restaurant francés del club, recibieron masajes expertos a la orilla del mar, tomaron de una botella de ron añejada desde el siglo antepasado y se bañaron en la piscina olímpica. Desde el último trampolín Fernando podía ver la barriada donde había vivido toda su vida, donde lo esperaba su casucha de refrigerador vacío y electricidad a ratos. Cuando llegó el domingo, los amigos se despidieron en la puerta del club con un abrazo. En la vía de vuelta a su hogar (una vez más llevado por el chofer), Fernando se durmió, y soñó que él y todos sus vecinos se armaban de antorchas y rastrillos, que salían de la barriada como una marea incontenible, que tomaban el club para ellos y se asentaban en él, y las creppes y el escargot para ellos, y las masajistas tailandesas a la orilla del mar para ellos, y el ron medieval para ellos, mientras que Enrique y todos los hombres como Enrique eran forzados a asentarse en la barriada. Fernando despertó al llegar a la puerta de su hogar, y desde ese entonces le tuvo tal fobia a las tailandesas y a los franceses que se volvió eremita, convencido de que apenas pusiese un pie afuera de la puerta lo acribillarían a caracoles muertos, oh-lalás y uñas postizas afiladas como navajas.

jueves, 13 de marzo de 2014

La máquina de escribir

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Como todo diplomado en letras, mi sueño era escribir. Cuentos, novelas, (¿ensayos? ¿Poesía?). Otra parte de mi idiosincrasia letrística consistía en tener amigos dudosos y frecuentar locales oscuros, generalmente en sótanos, donde tocaban bandas d’avant-garde, se leía poesía onomatopéyica, pornográfica o psicoanalítica, y se hablaba entre pseudointelectuales con una gravedad risible. Así conocí a Enrique Acevedo.
Él era un técnico de informática con una pasión por la literatura. (Solo se puede hablar de sus sentimientos; en la práctica era un hombre de cultura quebradiza.) Admito que me daba un tanto de lástima ver a ese hombre de treinta y cinco años, casi calvo, de barriga incipiente y barba de tres días, hablar sobre la metáfora de la Casa tomada -para él una crítica al marxismo-, o del solipsismo en la isla de Morel.
Yo lo escuchaba en silencio. También escribo, me dijo una noche, no me digas, repuse con sorna. Lo suponía. Pero detrás de su candidez, de la distancia que él no veía o no quería ver entre nosotros, se asomaba un honesto y ardiente deseo de superación. Teníamos eso en común, y quizás fue la razón por la que nos hicimos amigos.
Un día, Enrique se presentó en mi porche con unas ojeras temibles.
-Ven a mi casa –dijo-. Te quiero mostrar algo.
Cuando llegamos, me dirigió a la sala. Su exaltación era evidente; se frotaba las manos y de vez en cuando rompía en una risita involuntaria. En su sala había una docena de computadoras negras, conectadas entre sí por una maraña de cables que apenas permitía entrever el piso de mármol. Le pregunté, como es natural, qué era todo aquello.
-Esto, mon ami –dijo-. Son computadoras Dell conectadas en serie, trabajando juntas. Tienen procesadores state-of-the-art, sí me entiendes, de lo último en el mercado (y de lo más costoso). Leía yo a Kafka el otro día, cuando me dije: ojalá tú pudieras escribir así, Enrique. La idea se quedó rondando en mi cabeza por un tiempo, hasta que al fin la desarrollé en lo que tienes ante tus ojos. Estas computadoras, mientras hablamos, escriben la próxima obra maestra del siglo XXI. Primero, combinan palabras al azar del diccionario de la RAE, estamos hablando de millones de páginas por segundo. La mayoría de estas son desechadas en la segunda parte del proceso, donde un software analiza de forma sintáctica y semántica los textos, y solo sobreviven aquellos que sean legibles. Ahora bien, tú y yo podemos redactar un texto legible, y eso no quiere decir que sería un buen relato o novela. Por eso, en la tercera etapa, las computadoras comparan cada texto producido con otra base de datos, que contiene todas las obras publicadas por la humanidad desde la Épica de Gilgamesh. Esta última inquisición la sobreviven solo las obras que tengan cierto grado de coincidencia estilística, temática, narrativa, etcétera; es decir, obras que serían consideradas en general como buenos textos. Lo cual no significa que se trate de imitaciones ni mucho menos, ya que las computadoras son influidas en igual medida por toda la literatura universal. Te estoy explicando esto en términos muy simplificados, aunque ya ves que el resultado final no puede ser sino satisfactorio e indiscernible de la más alta literatura humana.
No sabía qué hacer o qué decirle a Enrique, el cual me miraba con una sonrisa expectante. Al final logré preguntarle qué haría con los supervivientes al tercer ciclo, a lo que respondió: leerlos, escoger los mejores, y llevarlos a una editorial.
Ya de vuelta en casa, me instalé en mi escritorio, con el deseo de retomar la escritura de un cuento en proceso. No fue posible. A cada línea volvía a mi mente la imagen de aquella sala, produciendo literatura día y noche. Puesto que si leía una obra escrita por las máquinas, y era tan buena como Enrique prometía, el único prejuicio posible sería efecto de conocer su origen. ¿Sería yo tan presuntuoso, pues, como para no llamar a eso literatura?

miércoles, 12 de febrero de 2014

Bassil Dacosta


Bassil Dacosta, en su atolondramiento mañanero, eligió unos zapatos resistentes pero viejos, propicios para la larga jornada que le esperaba. Se despidió de su madre. Quién iba a saber que, al finalizar el día, su nombre sería el más clamado, su rostro el más propagado por los medios del país. Pero sería por las razones más infaustas, en esas que ni se piensa, mucho menos se dicen, precisamente por la verdad y la posibilidad que encierran. Punto sensible, hablar de la Muerte, tópico que no admite ni periplos ni alusiones, porque de inmediato resuena el: “no digas eso ni en broma.”
Cuando llegó, la plaza estaba abarrotada. Ahí se estaba muy apretujado, había que estirar el cuello para respirar, y era inconcebible moverse en otra dirección que hacia delante. Dicen que la multitud tiene mente propia. Esa mañana, más que mente, la multitud tenía sentimiento, fervor, esperanza. Una esperanza de mecha corta, que pronto intentaría ser sojuzgada.
La concentración avanzaba por la avenida como una marea, entre coloridos paraguas para protegerse del sol, gorras con la bandera nacional, letreros de cartón con lemas de protesta. Las horas se acortaban. Daba la impresión de que en diez minutos se habían recorrido varios kilómetros, así como la gente que dice ver su vida con lujo de detalles cuando el frío metal de un arma se cierne sobre su frente. En otro rincón de la ciudad, las balas se deslizaban en sus recámaras.
La manifestación llegó a su destino. El sol estaba en su cenit, el calor era insoportable. En este punto, la muchedumbre se dispersaba en diferentes direcciones, dizque cada quien hacia su hogar. Fue entonces cuando Bassil Dacosta sintió la amarga amalgama de la impotencia y la satisfacción. Por una parte, se alegraba de haber marchado, de haber hecho algo, pues veía al país en su paroxismo. Por otra, un profundo y lóbrego desasosiego surgía en él mientras atisbaba a las personas que se habían alejado más, ahora puntitos en la distancia. ¿Eso era todo? Las gotas de sudor le corrían por la mejilla, y de repente las sintió más lentas, más presentes sobre su piel. Recordó que una vez había leído un manual de meditación, “una de esas rarezas orientales”, pensó. En él, se explicaba cómo había que sentarse en una posición relajada, cerrar los ojos, concentrarse en sentir la propia piel, luego imaginar que esta se desvanecía como hojas al viento… Así, sin quererlo, se sentía Bassil. Su piel, su cuerpo parecía desaparecer, junto a todos los demás, y solo quedaba el sol, o las gotas de sudor, o los paraguas de colores. En otra parte de la ciudad (más cerca ahora), las ruedas de una moto giraban.
Bassil Dacosta se vio, pues, en la necesidad de disgregarse también. Empezó a caminar hacia una estación de metro un tanto lejana, que esperaba encontrar menos concurrida que las locales. Solo entonces se dio cuenta de que las piernas le dolían. (La moto, más cerca.) Dobló la primera esquina y se sorprendió de la poca gente que albergaba. (Las ruedas giran más rápido.) “Claro”, pensó, “vengo de compartir espacio vital con miles de personas; así cualquier calle me parecerá desolada”. (Un arma se acomoda en la parte posterior de un pantalón.)
No tuvo miedo. Quizás debió tenerlo, pero lo cierto es que no tuvo. La moto bajó por la calle como un relámpago, el parrillero reveló el arma. Bassil, en ese instante crítico, vio todo como una película en pausa, con mucho detalle: las franelas cubriendo los rostros de los dos hombres, los cauchos del vehículo, el arma plateada destellando. “La fatalidad”,  pensó. Una dejada abnegación se apoderó de él, y creyó observar muy bien dentro del cañón, dentro de esa negrura de sima, de la recámara, sobre la curvatura de la bala. Si se esforzaba un poco, incluso podía ver la caja de balas reposando sobre la mesa, el rostro del portador esa mañana, vistiéndose, poniéndose los zapatos, deslizando bala por bala en la recámara de su revólver. Tac. Otro humano, qué más. Pero los separaba un abismo tremendo, artificial. “Sí, la fatalidad. Alguien había de cruzar esa esquina, la esquina. ¿Por qué la fatalidad, hasta cuando las esquinas? Así va la cosa, si no era esta, sería otra; si no yo, pues alguien más.” La moto se había descongelado, se hallaba ahora muy cerca, a menos de un metro. “Qué suerte de perros, que tenía que ser yo.”
El fragor de la detonación se escuchó a lo lejos, y los gritos de la no-tan-lejana manifestación callaron por un segundo. No echaron vuelo palomas desde un tejado, como suele pasar en las películas y los cuentos.

Hacía ya rato que las palomas se habían largado.

martes, 4 de febrero de 2014

El optimista

Juan notó que el fregadero de la cocina se había tapado, y que el agua llegaba justo a la mitad de sus paredes.
Miró fijamente el agua, pensando que podría estar bajando, solo tan lento que era imposible darse cuenta. Entonces, como optimista que era, urdió un plan: daría unos pasos atrás, de modo que su punto de vista le revelase, oblicuamente, el borde superior del fregadero al ras del agua. Utilizando este punto de referencia, se dispondría a esperar un cambio de perspectiva. Cuando dejase de ver el agua, el estancamiento se habría resuelto por sí solo.
Tenía entonces quince años. Tanto tiempo esperó parado en ese punto, que fue aumentando en estatura, y entonces oteaba aterrorizado como el nivel del agua era más elevado que nunca. 
Y seguía subiendo.
Lamentablemente, Juan habría de ser un joven excepcionalmente alto, por lo que, al cumplir los veinte años, la inundación de la casa –y su propia muerte- eran inminentes. Pensó que lo sensato habría sido tomar acción desde el primer momento, mas era ahora inconcebible. Según sus cálculos, el agua sería para entonces tan profunda, que cabrían varios hombres adultos en el fregadero, y no disponía de un equipo de buceo para intentar remediar la obstrucción. 
Juan Preciado tenía cuarenta y seis años cuando murió de un ataque cardíaco. Sus últimos momentos fueron empleados en maldecir de mil formas a los camilleros, pues había perdido su puesto, y ahora nunca sabría si el nivel del agua bajaría o no.


domingo, 26 de enero de 2014

Gotas en la ventana



aquel disco, y todo se tornó muy negro y así se quedó. Punto final. Augusto bajó el manuscrito en estado de estupor: García lo había vuelto a hacer.
Augusto había conocido a García el año pasado, en un café de la calle Moira. Lo reconoció de inmediato, como es natural tratándose de un autor de su talla. Se acercó a él aturrullado, sin saber bien qué diría o cómo lo diría. Pero García lo recibió cálidamente, como si fueran amigos, y en efecto lo fueron desde ese día. Pronto empezaron las reuniones en el apartamento de García, donde, con un buen whiskicito, hablaban hasta altas horas de la madrugada de literatura, filosofía, política, etc. García respetaba el criterio literario de Augusto. No fue mucho tiempo antes de que le dejase leer y hasta comentar sus cuentos inéditos.
Al día siguiente, Augusto despertó ante un terrible descubrimiento: el manuscrito había desaparecido. Buscó y revolvió la casa como un loco. Nada. Estaba seguro de que lo había dejado ahí, en el escritorio. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Augusto descartó de inmediato la posibilidad de un robo. Nadie habría pasado el trabajo de burlar los seguros (que estaban intactos, por cierto) y adentrarse en su apartamento, solo para llevarse un montón de hojas. Además, nadie sabía que él lo tenía, excepto el mismo García. Augusto esperó que no fuese la única copia existente, pues sería una lástima perder el relato a costa de una torpeza suya.
Llamó a García para explicarle lo sucedido. Una voz robótica le respondió: “Este número no existe o ha sido desconectado, para más información…” Insólito. Cuántas veces no había hablado con él por teléfono, y tenía que pasar esto hoy. Justo hoy. Augusto tuvo una ocurrencia excéntrica: ¿habría alguna conexión entre la desaparición del manuscrito y la desaparición telefónica de García? Inmediatamente se sacudió la idea. Era ridículo pensar eso, lo más probable era que García hubiese perdido el celular y que el manuscrito hubiese desaparecido al mismo tiempo. Una gran coincidencia, nada más. Pero Augusto no encontraba esa respuesta satisfactoria.