viernes, 19 de febrero de 2016

Sobre el Discutidor de Saint-Michel (versión imprimible y de libre distribución)



Escribo estas páginas en parte por recordar a alguien que, tras un solo encuentro, logró dejar una impresión duradera en mí, y en parte con la esperanza de que alguien en París (o sus alrededores) lo vuelva a encontrar. La vaga culpa que sentí tras nuestro altercado se ha desvanecido. Poco importa si algún lector se enfurece por lo que hice: la reacción del Discutidor era imprevisible y la conciencia no me pesa.

Oí de él por primera vez en The Abbey Bookshop, en la rue de la Parcheminerie, a menos de cinco minutos del lugar donde el Discutidor trabajó. Ametrano, un amigo que frecuentaba ese quartier y con quien yo me topaba en circunstancias cada vez más sospechosas, me comentó que acababa de mantener un magnífico debate sobre Baudelaire con el hombre de la Place St. A- des Arts. A mí me sorprendió el uso del artículo definido, le pregunté qué hombre. Fue entonces cuando mi amigo cesó de escanear las estanterías y me miró con genuina sorpresa.

-Mais, ¡el Discutidor de Saint-Michel! –dijo. Me encogí de hombros.

Me explicó con mucho ripio dónde se situaba el hombre, luego se despidió sin elucidar nada más allá de su ubicación, aunque urgiéndome que fuera a visitarlo de inmediato. Pero se me hacía tarde, así que hube de esperar un par de días antes de conocerlo.

Llegué a la plaza especificada una tarde. Dos hombres charlaban sentados en pequeños taburetes plegables. Esperé. A los pocos minutos uno de ellos se levantó, le estrechó la mano al otro, y se marchó. El hombre restante levantó un letrero de cartón que leía:

Débat
Argument
Debate
// 2eu – 5min.

Debía tener alrededor de cuarenta años, con la cabellera gris y desordenada, arrugas muy marcadas en la frente y una mirada, me pareció, a la vez inquisitiva e incapaz de sorpresa. Me acerqué a él, lo saludé en español y le alargué una moneda de plata y oro. Él la tomó y me ofreció asiento con un gesto. Entonces sacó un aparato -asumí que era un cronómetro— del bolsillo de su abrigo y presionó un botón.

-¿Qué te interesa discutir esta calurosa (o fría, si tienes calor) tarde? –preguntó con el afectado lirismo de un chiste hecho muchas veces. No logré precisar el origen de su acento. Yo no estaba preparado, perdí tiempo intentando decidir, finalmente me conformé con una generalización, una bala en la oscuridad.

-¿Qué le parece la sociedad moderna? –pregunté.

-¡Directo al grano! Me parece curioso que utilicemos la palabra “sociedad” para definirla –dijo—. Ese sustantivo sugiere la búsqueda de un bien común, una comunidad cuyas decisiones actúan a favor de todos o la gran mayoría. En latín, socius significaba compañero o aliado. Sin embargo, creo que es una aberración la forma que ha tomado la convivencia de los seres humanos en la era de los súper poderes políticos, el capitalismo y los medios de comunicación controlados por el estado, una estructura dotada de una artificialidad desalmada, que sin embargo ha logrado grandes avances tecnológicos. Los apologistas del siglo XXI usan este último hecho para justificar o alivianar el peso de todas las otras barbaridades cometidas en los últimos cien años, sin duda las más atroces de toda la historia. Conviene preguntarse quiénes son los verdaderos bárbaros. ¿Está usted de acuerdo?

-No lo creo –dije tras pensarlo un poco, y noté que el Discutidor sonrió como aliviado-. Es verdad que los hombres hemos hecho muchas cosas reprobables recientemente, pero al menos estamos mejor ahora que hay leyes más estables. Y lo de la tecnología es cierto, no creo que se use para justificar barbaridades; la medicina ha alcanzado niveles muy sofisticados, logramos una capacidad antes impensable para salvar vidas. Si dejamos por fuera las guerras y el terrorismo, etc., esta es la mejor época para estar vivos.

-Una posición bastante ingenua. Es usted otra víctima de la propaganda y de la manipulación lingüística que forma el grueso de la opinión pública. Por ejemplo: note que es “terrorismo” solo cuando ocurre de oriente a occidente, no viceversa. Usted habla de “ley estable” desde la capital de Francia, lo cual lo hace automáticamente parte de una aristocracia a escala global, sea usted residente o turista. Y si dejamos por fuera a cada país subdesarrollado, igual observamos que la mayoría del dinero está en manos de una élite minúscula, y que el resto del planeta danza a su voluntad. Vuelvo a la palabra “barbarie” para recalcar que es un epíteto únicamente aplicable, hoy en día, a acciones relacionadas con ciertos países oprimidos, menos avanzados (por ejemplo en el Medio Oriente), que están a la merced de las decisiones de sus figuras paternales en Europa y América. Si hacemos una inmensa regresión, observamos que, en la era pre-cristiana, el “fuerte” y “poderoso” era, a menudo, un grupo forastero que se hacía con una ciudad o pueblo por las buenas o por las malas. La sangre corría como dólares. Luego los pueblos más débiles, movidos por el resentimiento, se declararon “espiritualmente fuertes”, desarrollando la patética moral ascética que vendría a ser el judaísmo. Hoy en día, claro, no puede un país imponerse ante otro tan abiertamente. Tenemos modales, tenemos religión. Por eso ellos parecen ser los “bárbaros” y los retrógrados y nosotros los “justos”, a la vez que toda acción beligerante occidental resulta es llamada un acto de defensa propia. Los principios se mantienen; la terminología cambia. Son ilusiones necesarias.

-Es usted bastante crítico de esta sociedad. Si odia tanto al Occidente, ¿por qué vive en París?

-Amigo mío –dijo sonriendo-. No olvide que usted me ha pagado para tener una discusión, y que yo me he limitado a oponer mi punto de vista al suyo.

Me sentí derrotado. Era evidente que había escogido mal el tema, que no podía aportar gran cosa para rebatirle en este campo. Pensé en el cronómetro corriendo.

-De modo que, si yo hubiera dicho algo similar a lo que usted dijo, ¿usted hubiera argumentado a favor de la sociedad moderna? –pregunté.

-Naturalmente –fue su respuesta-. Mi trabajo es oponerme a cualquier afirmación tan bien como me sea posible.

-¿Y si ahora yo cambiase mi punto de vista al suyo?

-No se lo permitiría: sería deshonesto de su parte. Mejor sería cambiar el tema.

Pensé rápidamente en una alternativa evidente:

-¿Y si le digo que el mundo es real? ¿Aceptaría ese hecho?

-Acaso sus sentidos, que son el único medio del que dispone para percibir lo que llama “el mundo”, lo engañan. Pero esa es muy fácil, vamos.

-¿Me engañan cómo?

-El sol parece un disco amarillo pero es una esfera blanca. El agua a temperatura ambiente, si usted tiene frío, parecerá caliente; si tiene calor, parecerá fría. Los sueños, mientras ocurren, son indistinguibles a la realidad real. ¿Puede usted demostrar que esto no es un sueño, una ilusión? Usted podría ser un cerebro flotando en el contenedor de un científico, conectado a un programa que simula una realidad virtual. Usted podría estar siendo engañado, como pensó Descartes, por un demonio. Usted podría ser el personaje de un cuento o una película.

-Vale, vale –interrumpí-. Ya usted verá por dónde viene mi réplica: al menos sé que soy, aunque el mundo pueda ser ficticio.

-Eso a mí, como su interlocutor, me vale poco. Al fin y al cabo, yo vengo a ser parte de ese mundo exterior suyo que he intentado refutar.

Tenía razón. El cogito era razonamiento ermitaño. Me volví a rendir momentáneamente: la impresión del hombre frente a mí era mayor que mi deseo de debatir. Me pregunté cómo habría sido su debate con Ametrano sobre poesía, ¿lo habría hecho trizas a él también?

-¿Cómo se llama usted, si me permite la pregunta? –dije.

-Mi nombre carece de importancia. No es una buena fuente de polémica, un nombre o apellido –respondió, echó un vistazo al cronómetro y arqueó las cejas.

-¿Hace mucho tiempo que se dedica a esto?

-Más o menos. Se le acaba el tiempo, sabe.

-Me gustaría saber cuáles son sus verdaderas convicciones acerca de cualquier tema al final del día, cuando recoge sus taburetes y se va a casa.

-De nuevo: es irrelevante. No soy un sofista. No venero la retórica. Prefiero considerar esto una forma de actuación intelectual. Cuando un actor termina de rodar un film suele volver a quien era antes, sin importar cuán genuina su interpretación ante las cámaras. Yo, mientras trabajo, creo sinceramente en lo que arguyo.

-¿Usted cree, ahora mismo, qué existe una posibilidad razonable de que este mundo sea una simulación creada por una computadora? ¿Que yo no existo, ni mi moneda de dos euros, ni la plaza St. A- des Arts?

-No lo sé.

-Se está contradiciendo.

-No… es que se le ha acabado el tiempo –dijo, presionó un botón en su aparato y lo volvió a guardar.
Comprendí que, a menos que renováramos nuestro contrato con otra moneda, el Discutidor se limitaría ahora a estar de acuerdo o evadir cuanto yo dijera. De lo contrario estaría incurriendo en dádivas. Entonces tuve una idea. Extraje la última moneda de mi bolsillo y se la entregué.

-Más tiempo, por favor –solicité.

-Con gusto –dijo, aceptó el dinero y presionó el botón en su cronometro.

-Usted, sea cual sea su nombre, se dedica a sentarse aquí, en la Place St. A- des Arts, y a cambio de un pago en metálico ofrece debatir sobre un asunto cualquiera. ¿Está usted de acuerdo?

El Discutidor levantó las cejas hasta su cenit, luego las bajó poco a poco. Vi como el color de su rostro se desvanecía, las venas de su cuello y frente le brotaron como insectos atrapados bajo la piel. Bajó la cabeza: parecía estar sumido en una profunda reflexión. Yo, aunque ahora me da pena admitirlo, tuve que contener la risa. Así paso un buen rato, por lo menos dos de mis cinco minutos. Súbitamente, el Discutidor se levantó de su taburete y con un ademán me rogó que hiciese lo mismo. Obedecí. El Discutidor, cariacontecido, produjo dos monedas de dos euros cada una y me las entregó. Procedió a plegar ambos taburetes, recoger su letrero de cartón y marcharse sin decir palabra.

Volví a la plaza los días subsecuentes: no hubo rastro de él. Llamé a Ametrano para inquirir sobre los hábitos del hombre, este me contó que solía estar ahí de lunes a sábado, que aquello era un arte de tiempo completo, quoi. Todo esto aconteció hace poco más de un mes. A veces vuelvo para probar mi suerte y encuentro gente de toda clase esperando por el Discutidor: un hombre de negocios en un traje costoso, un joven con una patineta, una señora india en un vestido autóctono. Los he visto recostarse sobre un árbol de la plaza, zapatear impacientes sentados en el escaño verde, por fin levantarse y partir cabizbajos. Y es ahí cuando siento esa vaga culpabilidad que he referido antes, como si hubiera privado al mundo de un artista honesto. Y dudo al llamar a su oficio un arte, por admirable que me parezca el hundimiento del capitán junto a la lógica que conformaba su barco. Algunos días estoy convencido de que sí lo es, al observar a las personas cuyas vidas tocó con su talento, al rememorar el estoicismo con el que se hundió en esa oscuridad absurda tras darme la espalda. Otros días no estoy tan seguro; siento que un arte cuya cepa es llevar la contraria no puede ser original, sin importar con cuánta habilidad se ejecute. Sea como sea, me consuela saber que, de no haberse marchado, el Discutidor habría estado preparado cualquier día para tanto alabar como condenar su  propia profesión.

Si alguien tiene información sobre él, (en lo cual, como escribí arriba, aún tengo esperanza) por favor contáctenme al +33 0651181683 o dejen un comentario en www.antiametrano.blogspot.fr. Esto va en serio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario