domingo, 19 de abril de 2015

Catarsis

A Alina, mi sobrina y admiradora número uno
resolución a todos los problemas




















Estoy escribiendo un cuento sobre un cuentista, o por lo menos tengo la idea del cuento dándome vueltas en la cabeza. El cuentista es un tipo perfeccionista, neurótico, nada lo satisface. Lleva años sin poder terminar un cuento. Eso sí, le sobran comienzos de cuentos. Pero llega un punto en el que se queda atascado, no sabe a dónde van sus historias por lo general ligeras en trama, y se termina convenciendo de que nada de lo ya escrito tiene valor, que más vale suprimirlo y empezar de nuevo. Es bastante posible que el cuentista esté en lo cierto, que los comienzos de sus cuentos sean tan desechables como sus potenciales conclusiones, pero esto lo tiene sin cuidado. Se considera ante todo un ser racional, sin embargo cree con una pasión que raya en lo supersticioso que si logra terminar un cuento, tan solo un bendito cuento, saldrá por fin de su sequía productiva, y que el próximo intento será pasable, y el próximo mejor, y así sucesivamente.
Queda visto que, en lo que respecta al retrato del cuentista, tengo su imagen bastante clara[1]. Su arte es otro asunto. Ella sería un reflejo del alma que inventé, y sin embargo no logro imaginar su idiosincrasia[2]. Supongo que hay una estructura o una serie de factores que reaparecen en cada uno de sus abortos literarios, y que el cuentista sabe que esos son los temas que quiere tratar, aunque no halle cómo. Él, como sus protagonistas, es un exilado. Se mudó a París desde algún país latinoamericano. Las razones por las que escogió esta ciudad entre tantas otras son evidentes desde el punto de vista de un literato latino; pero en efecto mudarse, después de que todos los exponentes del boom latinoamericano muriesen[3], demuestra una ingenuidad propia del adolescente idealista, ese que se cree un anacronismo, un engranaje desencajado en la gran maquinaria social (y que probablemente se da demasiado crédito explicándose de tal forma). Además, en todos sus cuentos subyace un miedo a lo moderno, sobre todo a la tecnología y a la manera de ver el mundo del hombre de hoy[4]. Por ende, sus cuentos están plagados de simbolismos demasiado evidentes y que no vienen al caso, parisinos caminando con iPhones bajo la sombra de edificios medievales, una pancarta enorme de Sony cubriendo (y en parte financiando) los trabajos de renovación de la Sainte Chapelle, a fin de cuentas un mundo interconectado hasta negar la privacidad, una sobredosis de información que hace imposible encontrar algo valioso y demasiado fácil distraerse por horas ante una pantalla cualquiera.

No es de extrañar, pues, que los personajes del cuentista salgan tan desconfiados y paranoicos como él. El cuentista es tal como el “hombre perseguido” que alguna vez describió Bertrand Russell[5], alguien que ve la amenaza del mundo externo condensada y personificada en uno o varios hombres que lo siguen, que conocen un secreto terrible y no se detendrán ante nada para ¿aprehenderlo? ¿chantajearlo? ¿”borrarlo del mapa”? Lo aterra caminar de noche al regresar del supermercado, vive mirando sobre sus hombros, inspecciona a la gente en el metro tratando de descubrir a un policía encubierto. Aunque sabe que no ha cometido ningún crimen grave, y su mente racional le diga que no hay de qué preocuparse, el cuentista no puede evitar sentirse de esta manera[6].
En el cuento que voy a escribir, nuestro héroe va una tarde al café Old Navy, donde Cortázar y García Márquez solían juntarse. Pide un café negro y nota a una hermosa mujer sentada en una mesa cercana. Recuerda que Hemingway, en “París era una fiesta”, relata haber estado en una situación similar, haberse enamorado a primera vista de una joven mientras intentaba escribir un cuento en un café. También recuerda a Vila-Matas recordando haber estado en una situación similar[7]. Es la primera vez que el cuentista toma consciencia de hasta qué punto su vida está invadida por lo ficticio, y se pregunta si le quedará un ápice de originalidad. Soy una moneda invisible en el fondo de una fuente sucia, un laberinto de espejos, una errónea señal de tránsito, piensa el cuentista, y se le ocurre que podría emplear esas tres metáforas en un cuento. A falta de libreta, anota las dos primeras –la última ya no le gusta tanto- en su Samsung Galaxy[8].
Días más tarde, pensando precisamente en García Márquez y en varios cuentos que el cuentista escribió mientras estaba en secundaria, se pregunta qué lo hizo pasar del realismo mágico al realismo pleno. Recuerda los cuentos que llegó a terminar: la mayoría seguían el modelo real-fantástico. Me interesé más por el contenido que por la estructura, arguyó el cuentista para sus adentros, los juegos literarios me aburrieron, no se me acabó la gasolina sino la motivación. ¿Debe volver al estilo al que renunció o de lo contrario abandonar la escritura? La posible dicotomía le revuelve el estómago, y tras mucho lucubrar no llega a una decisión. Esa noche le cuesta trabajo dormirse. Él cree que la autenticidad es clave en toda obra de arte, pero la idea de abandonar su sueño de la infancia le resulta terrible. Finalmente se duerme. No me extrañaría si tuviera pesadillas.
Los próximos días son duros. El cielo está tan nublado como su mente[9]. Tiene un mal temperamento, algo rarísimo en él. Esta parte del cuento no la tengo tan clara. Imagino que ocurren cosas, cosas palpables, ominosas. No obstante, por ahora solo se me ocurren aproximaciones poco útiles. Quizá una noche el cuentista se emborracha y conoce a alguien que llegará a ser importante en su vida; quizá tiene un grave accidente, ¡un atropellamiento en el boulevard Montparnasse! Lo importante aquí es establecer una atmósfera tenebrosa donde, sin embargo, se aviste una luz al final del túnel, el devaneo o la catástrofe esclarecedora que por su propia fuerza sacará al cuentista de su bloqueo de escritor.
Esta feliz resolución no debe ocurrir, claro, por previsible y trillada. Lo que ocurre, por ejemplo, es que el cuentista va al Pont des Arts una noche, y en el cuento el puente está solo pese a ser, en la realidad real, un popular destino turístico[10]. De modo que el cuentista, en un apropiado arrebato lírico, se adentra en una larga reflexión sobre el arte como espejo de la realidad, posiblemente escrita como un monólogo interior, a la manera de Woolf o Faulkner o Joyce, y con lo distraído que es no nota que se está inclinando más de lo deseable sobre el pretil, un pretil más bien bajo, y finalmente resbala y cae en el agua helada. Lo peor del caso es que el cuentista no sabe nadar[11]. Ahí está, pataleando patéticamente a altas horas de la noche ante un puente inexplicablemente desolado, cuando siente una fuerza, una corriente que lo mueve y literalmente lo saca del agua y lo deja en un plano inclinado que da al río, desde donde el cuentista logra arrastrarse hasta tierra firme. Se va a casa y cuelga su indumentaria empapada sobre una silla. Se duerme agradecido de estar con vida, mas con un extraño sentimiento de culpa hacia la manera insólita en la que se salvó.
Cuando despierta a la mañana siguiente, su ropa está perfectamente seca. El cuentista sonríe satisfecho ante este final abierto; siempre le ha causado disgusto la gente que acepta solo historias redondas, límpidas, con tres actos bien diferenciados. El cuentista se sienta en su escritorio y se pone a redactar una historia autobiográfica, sobre sus andanzas por París, que culmina con su caída al Sena. Una vez más no logra resistir el impulso de aderezar la trama con tonos de paranoia; habla de teléfonos y fotos, del internet y las redes sociales, de los medios y la manipulación de información. Al fin le sale un cuento abigarrado, donde la simpleza de la historia se ve diluida por tantas capas y filtros que no vienen al caso. De cualquier modo, el cuentista no caerá en cuenta de la calidad de su relato hasta que lo relea la mañana siguiente. Por ahora sale de su departamento con energía renovada, dispuesto a caminar sin rumbo, “perderse constructivamente”. El día esta nublado, y el cuentista da gracias a dios que la vida no es como en los libros.

[1] En retrospectiva, redacté un buen sumario de sus problemas artísticos, pero faltan alusiones a su vida social. Bien, me imagino que es escasa. El arquetipo del literato es un hombre solitario, incomprendido, quizá con algunas amantes fugaces, si es que este logra transformar su bruta energía psíquica en algo que se asemeje al carisma. Probablemente mi cuentista carezca de este último atributo.
[2] Tampoco se me escapa que, a fin de cuentas, estamos tratando con un tipo que no culmina sus obras.
[3] A excepción de Vargas Llosa, que ya está en la recta final de la vida.
[4] El cuentista probablemente utilizaría aquí la palabra alemana Weltanschauung.
[5] En mi edición: Russell, B., “The Conquest of Happiness”, pág. 74, ed. Liveright, ISBN 978-0871401625, ligeras manchas de café en la esquina superior derecha.
[6] Yo, el autor de este texto, me identifico fácilmente con esta sensación. Desde pequeño tengo miedo a los tiburones. Cuando alcancé la edad para hacer mis propias pesquisas, encontré que un ataque de tiburón es rarísimo (1 en 3.748.067) y que el miedo generalizado que se les tiene es, en realidad, otro producto mediático. Y sin embargo hasta el sol de hoy soy incapaz de nadar en un mar que no sea perfectamente cristalino; de lo contrario intuyo la presencia de una figura enorme bajo mis pies, lista para atacar y llevarse una extremidad entre sus fauces.
[7] En mi edición: Vila-Matas, E., “París no se acaba nunca”, pág. 14, ed. Punto de lectura. Nunca terminé este libro.
[8] Y, si el cuentista sabe lo que le conviene, también desechará la segunda metáfora al releerla esa noche (tiene la evidente influencia borgiana que todo escritor latinoamericano sabe que debe rehuir). Aunque, si soy sincero, yo desecharía las tres.
[9] Detalle innecesario. Dos días tras escribir esta línea leí sobre la “falacia patética”, que ocurre cuando el clima refleja el estado interior de los personajes (véase Jane Austen). Por el nombre intuyo que no es algo bien visto en los círculos literarios. Lo dejo en el texto tan solo porque mi sobrinita, que es mi mayor admiradora, ha leído un borrador y ha dicho que la frase es más bien bonita; rompería su corazón leer la versión final y no encontrarla.
[10] Este es el mítico puente a donde las parejas van, cierran un candado en la rejilla del pretil y tiran la llave al río, un símbolo de su amor inquebrantable. Algunos amantes posmodernos utilizan en cambio un candado de combinación, dejando una nota explicativa: “por si acaso”.
[11] Esto lo habría dicho antes en el cuento, quizás bajo la forma de un flashback; aquella vez que casi se ahogó cuando era chico. Este episodio resultará importante para la comprensión del personaje como un ser humano.
















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