martes, 21 de enero de 2014

El puente


Bajamos de la mano por la avenida Duarte, cruzando el puente que tanto revuelo ha causado, pues hace poco una joven, con un lindísimo vestido amarillo y dejando atrás sus bolsas de mercado, saltó al río. Llegamos al piso, donde ya nos esperaban.
-Marcel y... Lucía, ¿no? -exclamó sonriente el Tortuga, levantándose apenas cruzamos el umbral. Samuel y Camila charlaban al fondo, inclinados el uno hacia el otro, y daban la apariencia de estar tratando un tema sumamente interesante. Nos saludaron con las manos.
-Pasen, pasen -invitó el Tortuga, dejando que Lucía se adelantase mientras me retenía a mí con un brazo.
-Está bien bonita, mano -me dijo, soltando el sempiterno guiño.
Pasamos a la sala, donde Lucía conoció al par. Primero pensé que estaban enzarzados discutiendo algún film o un libro, pero no, tenían un aire demasiado grave y hasta preocupado, como quien suda intentando recordar si dejó el horno encendido. El Tortuga volvía de la cocina con las bebidas.
-Entonces tú debes ser el Tortuga -se adelantó Lucía, con una confianza admirable-. ¿Por qué te llaman así?
-Debe ser por el cuento de la liebre y la tortuga -masculló él, aunque todos sabíamos que no era por eso.
Nos sentamos en los sofás. Yo sabía inminente la ronda de preguntas, como es usual cuando tus amigos conocen a una nueva pareja.
-Bueno, ¿cómo se conocieron ustedes dos? -inició Samuel, risueño.
Lucía, viendo mi falta de iniciativa, comenzó el relato. Debí tomar la palabra yo, pero me distraje; había vuelto la imagen de Samuel y Camila hablando, tan interesados, y me preguntaba de qué. Dejé que Lucía terminara, mirándola todo el tiempo con una sonrisa aprobatoria.
-Pero qué lindo, mira, ¿y a qué te dedicas tú, si se puede saber? -dijo el Tortuga.
Pasaron varios minutos en esa semientrevista que, al concluir, pareció dejar a todos satisfechos. Era mi oportunidad.
-Sam, Cami, esto podrá sonarles raro pero, ¿de qué hablaban ustedes hace rato, cuando nosotros llegamos? -inquirí.
No se hicieron rogar.
-Ah, no sé si están enterados -dijo Camila-, pero hace unos días una muchacha saltó del puente Colonia.
-Sí -dijo Samuel, caviloso.
-Leí sobre eso en la prensa. La joven del vestido y las bolsas. ¿Tú estabas al tanto? -pregunté a Lucía.
-No, no... -dijo ella, visiblemente afectada por el brusco cambio a un tema tan lóbrego.
-Lo peculiar -dijo Samuel, incorporándose-, no es el hecho en sí, sino las circunstancias que lo rodean. La joven (creo que tenía 23 años, algo así) sale de casa con su mejor vestido, un vestidito amarillo con flores blancas, va a algún mercado de la ciudad y, de regreso a casa, pasando por el puente, deja las bolsas en el suelo, sube al pretil y se arroja al vacío. Ahora bien, ¿por qué hacer las compras antes? ¿Para qué vestirse de esa manera tan coqueta (y algunos hasta dicen que la sacaron del agua con maquillaje corrido), si tenía en mente lanzarse? No puedo sino pensar que ella salió de casa en un estado de ánimo de lo más normal, me arriesgaría a decir que hasta feliz, y que algo ocurrió en el camino entre su casa y el mercado, que la impulsó a terminarlo todo ahí mismo, sin más ni más.
-¿Y cómo sabe usté que ese era su mejor vestido? -preguntó el Tortuga, sin entender mucho.
-Y justo le decía yo -intervino Camila- que no es necesariamente tan insólito como él lo pinta. Mil cosas pueden pasar en un trayecto del mercado a la casa, ¿quién sabe? Pudo haber recibido una llamada en el camino de vuelta: un novio llamándola para dejarla, algún amigo que sufrió un accidente fatal, pudo haber muerto un familiar querido (Dios no quiera), etcétera.
-Encontraron el cuerpo sin ningún efecto personal; además, era un vestido sin bolsillos -sentenció Samuel.
-Salió policía, este -dijo el Tortuga.
-No, Samuel tiene razón -tercié, pues estaba algo informado-. La encontraron sin nada encima.
Por un segundo recordé por qué estábamos ahí, y volteé a ver a Lucía. Tenía una expresión que nunca le había visto, como asustada, y creo que de haber estado más lejos o más oscuro no la hubiese reconocido. Sin embargo, eso duró apenas un segundo, y al siguiente ya era la Lucía de siempre, que parecía decirme con la mirada “anda, Marce, hablen de la muchacha, tanto mejor por mí.”
-Eso no quiere decir nada -dijo Camila-. Ponte que llevaba una cartera con su celular y sus cosas, se subió al pretil y saltó. Como es natural, la corriente se llevó la cartera, dejando al cuerpo sin nada, que es como la encontraron.
-Pero sí soltó las bolsas... -musitó Samuel, dubitativo.
-Total, es imposible descubrir por qué se lanzó la chacha, con solo pensarlo en el apartamento -dijo el Tortuga, con una sensatez que me tomó por sorpresa. De repente me sentía muy apegado al tema, cosa rara, pues cuando leí la noticia apenas me turbó. Había algo más. Quizás en ese apartamento, ese día, con esas personas, se daban las circunstancias que inexorablemente tenían que darse, como un titiritero invisible que hala sus hilos cósmicos, llevándome al puente Colonia. Vi a Lucía a mi lado, que ahora tenía su mano en mi pierna, y me sentí un poco mal, un poco lejano a ella, como si hubiésemos sido arrastrados hasta el puente lado a lado, pero cuando volteaba a verla resultaba que no, que ella estaba en un extremo y yo en el otro, y no podíamos avanzar hacia el centro. El sol empezaba a caer.
-El Tortuga tiene razón -dijo Camila-. No podemos llegar a ninguna certidumbre.
Esa última palabra pasmó al Tortuga, que sonrió satisfecho, como implicando “justo lo que quise decir.”
-Seguro tienen razón -dijo Samuel-, pero me perturba de igual forma, es como una picazón en un lugar que no llego a rascar. Una joven tan normal... ¿Han visto ustedes las fotos? El periódico publicó fotos de ella mientras vivía, fotos con sus amigos, su familia, y les digo: una joven perfectamente normal, bastante bonita, si me permiten decirlo, sin duda de buen estrato, en fin...
-¿A qué viene si era bonita o no? -preguntó Camila.
-A nada, pero lo era -dijo él.
Fue entonces cuando el Tortuga propuso que subiéramos a la azotea, que era muy bonita de noche, además de poder ver las estrellas desde ahí (dependiendo de las nubes, ustées saben). Accedimos. Al cabo de pocos minutos estábamos instalados arriba, sentados en un círculo de sillas plegables, con los correspondientes tragos y pasabocas.
Mientras Lucía relataba a mis amigos las peripecias que la llevaron a mudarse a la ciudad, pensé en lo que había dicho el Tortuga. Quizá no se sabría nunca qué llevó a esa joven a su destino, qué la habrá hecho cambiar de parecer y preferir el río a la calle. Me la imaginé saliendo de casa con su vestidito amarillo, paseando como cualquiera pasea, respirando como respiraría yo o Camila o Samuel, y me pareció de lo más natural suponer que, así como nadie sabía el por qué, quizá tampoco se estaba muy seguro del suceso en sí, cuantas lindas jóvenes con vestido amarillo no habrá un día normal en una ciudad tan enorme, porque las confusiones se dan, y bien dijo Samuel que todas las fotos del periódico eran de antes y no después, así que ella podría haber estado caminando de lo más tranquila hoy (por la avenida México, o la Galdós, o quizás incluso la Duarte), sin enterarse siquiera del fallecimiento de su doble. Sí, eso era. Los tontos éramos nosotros, debatiendo, teorizando, cuando lo cierto era que nada de eso importaba, que éramos como niños intentando aprender una sinfonía sin antes conocer cada nota del piano.
Cuando tuve la oportunidad, quise contarle a Samuel mis descubrimientos. Él me vio más bien desconcertado, como si yo estuviese loco, y se reintegró al grupo tras unas pocas palabras que no venían al caso. Entre tanto, Lucía se había metido a mis amigos en el bolsillo. Todos sonreían amenamente.
Tras mucho palique, el Tortuga solicitó ayuda: se habían acabado los pasabocas. Samuel y Camila se ofrecieron, dejándonos a Lucía y a mí solos.
Su mano encontró la mía, y casi me hace saltar por lo helada. Me dijo que hoy estaba un tanto raro, que si me pasaba algo. No respondí; de hecho me sorprendió el timbre de su voz, como si fuera la primera vez que la oyese hablar. Pasó otra brisa gélida, cerré los ojos, y vi a la chica del vestido que me sonreía (y qué bella sonrisa, qué rasgos tan regios), me decía con la mirada que ignorase la presión de los benditos hilos cósmicos, que cada vez se ceñían más a mi cintura, que uno se acostumbraba. Su voz, la ciudad, la noche; todo era un escenario que me sumía en una dulce impotencia, como quien se deja llevar por un tobogán sin saber bien a dónde. Entonces ella apretó mi mano con más fuerza, devolviéndome a la realidad, y pensé que convendría ofrecerle mi chaqueta; mira que estar afuera de noche, con este frío, y encima empapada.

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