Bajamos de la mano por la avenida Duarte, cruzando el puente que
tanto revuelo ha causado, pues hace poco una joven, con un lindísimo
vestido amarillo y dejando atrás sus bolsas de mercado, saltó al
río. Llegamos al piso, donde ya nos esperaban.
-Marcel y... Lucía, ¿no? -exclamó sonriente el Tortuga,
levantándose apenas cruzamos el umbral. Samuel y Camila charlaban al
fondo, inclinados el uno hacia el otro, y daban la apariencia de
estar tratando un tema sumamente interesante. Nos saludaron con las
manos.
-Pasen, pasen -invitó el Tortuga, dejando que Lucía se adelantase
mientras me retenía a mí con un brazo.
-Está bien bonita, mano -me dijo, soltando el sempiterno guiño.
Pasamos a la sala, donde Lucía conoció al par. Primero pensé que
estaban enzarzados discutiendo algún film o un libro, pero no,
tenían un aire demasiado grave y hasta preocupado, como quien suda
intentando recordar si dejó el horno encendido. El Tortuga volvía
de la cocina con las bebidas.
-Entonces tú debes ser el Tortuga -se adelantó Lucía, con una
confianza admirable-. ¿Por qué te llaman así?
-Debe ser por el cuento de la liebre y la tortuga -masculló él,
aunque todos sabíamos que no era por eso.
Nos sentamos en los sofás. Yo sabía inminente la ronda de
preguntas, como es usual cuando tus amigos conocen a una nueva
pareja.
-Bueno, ¿cómo se conocieron ustedes dos? -inició Samuel, risueño.
Lucía, viendo mi falta de iniciativa, comenzó el relato. Debí
tomar la palabra yo, pero me distraje; había vuelto la imagen de
Samuel y Camila hablando, tan interesados, y me preguntaba de qué.
Dejé que Lucía terminara, mirándola todo el tiempo con una sonrisa
aprobatoria.
-Pero qué lindo, mira, ¿y a qué te dedicas tú, si se puede saber?
-dijo el Tortuga.
Pasaron varios minutos en esa semientrevista que, al concluir,
pareció dejar a todos satisfechos. Era mi oportunidad.
-Sam, Cami, esto podrá sonarles raro pero, ¿de qué hablaban
ustedes hace rato, cuando nosotros llegamos? -inquirí.
No se hicieron rogar.
-Ah, no sé si están enterados -dijo Camila-, pero hace unos días
una muchacha saltó del puente Colonia.
-Sí -dijo Samuel, caviloso.
-Leí sobre eso en la prensa. La joven del vestido y las bolsas. ¿Tú
estabas al tanto? -pregunté a Lucía.
-Lo peculiar -dijo
Samuel, incorporándose-, no es el hecho en sí, sino las
circunstancias que lo rodean. La joven (creo que tenía 23 años,
algo así) sale de casa con su mejor vestido, un vestidito amarillo
con flores blancas, va a algún mercado de la ciudad y, de regreso a
casa, pasando por el puente, deja las bolsas en el suelo, sube al
pretil y se arroja al vacío. Ahora bien, ¿por qué hacer las
compras antes? ¿Para qué vestirse de esa manera tan coqueta (y
algunos hasta dicen que la sacaron del agua con maquillaje corrido),
si tenía en mente lanzarse? No puedo sino pensar que ella salió de
casa en un estado de ánimo de lo más normal, me arriesgaría a
decir que hasta feliz, y que algo
ocurrió en el camino entre su
casa y el mercado, que la impulsó a terminarlo todo ahí mismo, sin
más ni más.
-¿Y cómo sabe usté que ese era su mejor vestido? -preguntó el
Tortuga, sin entender mucho.
-Y justo le decía yo -intervino Camila- que no es necesariamente tan
insólito como él lo pinta. Mil cosas pueden pasar en un trayecto
del mercado a la casa, ¿quién sabe? Pudo haber recibido una llamada
en el camino de vuelta: un novio llamándola para dejarla, algún
amigo que sufrió un accidente fatal, pudo haber muerto un familiar
querido (Dios no quiera), etcétera.
-Encontraron el cuerpo sin ningún efecto personal; además, era un
vestido sin bolsillos -sentenció Samuel.
-Salió policía, este -dijo el Tortuga.
-No, Samuel tiene razón -tercié, pues estaba algo informado-. La
encontraron sin nada encima.
Por un segundo recordé por qué estábamos ahí, y volteé a ver a
Lucía. Tenía una expresión que nunca le había visto, como
asustada, y creo que de haber estado más lejos o más oscuro no la
hubiese reconocido. Sin embargo, eso duró apenas un segundo, y al
siguiente ya era la Lucía de siempre, que parecía decirme con la
mirada “anda, Marce, hablen de la muchacha, tanto mejor por mí.”
-Eso no quiere decir nada -dijo Camila-. Ponte que llevaba una
cartera con su celular y sus cosas, se subió al pretil y saltó.
Como es natural, la corriente se llevó la cartera, dejando al cuerpo
sin nada, que es como la encontraron.
-Pero sí soltó las bolsas... -musitó Samuel, dubitativo.
-Total, es imposible descubrir por
qué se lanzó la chacha, con solo pensarlo en el apartamento -dijo
el Tortuga, con una sensatez que me tomó por sorpresa.
De
repente me sentía muy apegado al tema, cosa rara, pues cuando leí
la noticia apenas me turbó.
Había
algo más. Quizás
en ese apartamento, ese día, con esas personas, se daban las
circunstancias que inexorablemente tenían que darse, como un
titiritero invisible que hala sus hilos cósmicos, llevándome al
puente Colonia. Vi a Lucía a mi lado, que ahora tenía su mano en mi
pierna,
y me sentí un poco mal, un poco lejano a ella, como si hubiésemos
sido arrastrados hasta el puente lado a lado, pero cuando volteaba a
verla resultaba que no, que ella estaba en un extremo y yo en el
otro, y no podíamos avanzar hacia el centro. El sol empezaba a caer.
-El Tortuga tiene razón -dijo Camila-. No podemos llegar a ninguna
certidumbre.
Esa última palabra pasmó al Tortuga, que sonrió satisfecho, como
implicando “justo lo que quise decir.”
-Seguro tienen razón -dijo Samuel-, pero me perturba de igual forma,
es como una picazón en un lugar que no llego a rascar. Una joven tan
normal... ¿Han visto ustedes las fotos? El periódico publicó fotos
de ella mientras vivía, fotos con sus amigos, su familia, y les
digo: una joven perfectamente normal, bastante bonita, si me permiten
decirlo, sin duda de buen estrato, en fin...
-¿A qué viene si era bonita o no? -preguntó Camila.
-A nada, pero lo era -dijo él.
Fue entonces cuando el Tortuga propuso que subiéramos a la azotea,
que era muy bonita de noche, además de poder ver las estrellas desde
ahí (dependiendo de las nubes, ustées saben). Accedimos. Al cabo de
pocos minutos estábamos instalados arriba, sentados en un círculo
de sillas plegables, con los correspondientes tragos y pasabocas.
Mientras Lucía relataba a mis amigos las peripecias que la llevaron
a mudarse a la ciudad, pensé en lo que había dicho el Tortuga.
Quizá no se sabría nunca qué
llevó a esa joven a su destino, qué la habrá hecho cambiar de
parecer y preferir el río a la calle. Me la imaginé saliendo
de casa con su vestidito amarillo, paseando como cualquiera pasea,
respirando como respiraría yo o Camila o Samuel, y me pareció de lo
más natural suponer que, así como nadie sabía el por qué, quizá
tampoco se estaba muy seguro del suceso en sí, cuantas lindas
jóvenes con vestido amarillo no habrá un día normal en una ciudad
tan enorme, porque las confusiones se dan, y bien dijo Samuel que
todas las fotos del periódico eran de antes y no después, así que
ella podría haber estado caminando de lo más tranquila hoy (por la
avenida México, o la Galdós, o quizás incluso la Duarte), sin
enterarse siquiera del fallecimiento de su doble. Sí, eso era. Los
tontos éramos nosotros, debatiendo, teorizando, cuando lo cierto era
que nada de eso importaba, que éramos como niños intentando
aprender una sinfonía sin antes conocer cada nota del piano.
Cuando tuve la oportunidad, quise contarle a Samuel mis
descubrimientos. Él me vio más bien desconcertado, como si yo
estuviese loco, y se reintegró al grupo tras unas pocas palabras que
no venían al caso. Entre tanto, Lucía se había metido a mis amigos
en el bolsillo. Todos sonreían amenamente.
Tras mucho palique, el Tortuga
solicitó ayuda: se habían acabado los pasabocas. Samuel y Camila se
ofrecieron, dejándonos a Lucía y a mí solos.
Su mano encontró la mía, y casi
me hace saltar por lo helada. Me dijo que hoy estaba un
tanto raro, que si me pasaba algo. No respondí; de hecho me
sorprendió el timbre de su voz, como si fuera la primera vez que la
oyese hablar. Pasó otra brisa gélida, cerré los ojos, y vi a la
chica del vestido que me sonreía (y qué bella sonrisa, qué rasgos
tan regios), me decía con la mirada que ignorase la presión de los
benditos hilos cósmicos, que cada vez se ceñían más a mi cintura,
que uno se acostumbraba. Su voz, la ciudad, la noche; todo era un
escenario que me sumía en una dulce impotencia, como quien se deja
llevar por un tobogán sin saber bien a dónde. Entonces ella apretó
mi mano con más fuerza, devolviéndome a la realidad, y pensé que
convendría ofrecerle mi chaqueta; mira que estar afuera de noche,
con este frío, y encima empapada.

Cuánto vértigo! Tu camino luce despejado :)
ResponderEliminarGracias, gracias, gracias
Gracias de nuevo, Pedro.
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