Lucas Ambrosio despertó ese lunes, como tantos otros, ansiando un cambio. Salió del apartamento, caminó un poco y se puso a esperar; ya conocía por nombre a todos los autobuseros que trabajaban esa ruta. Al fin llegó Reynaldo. Lucas lo saludó de mala gana y se adentró en el vehículo; quedaban muchos asientos libres y, pese a su costumbre, decidió sentarse en la fila derecha. A medida que avanzaban, la mente de Lucas recreaba lo que estaría viendo de haberse sentado en su hilera habitual. Pero a través del cristal veía personas trotando, árboles, perros. Una escuela primaria, con niños en impecables uniformes blancos. Un vagabundo descansando sobre cajas de cartón. En el reflejo del vidrio, Lucas contempló su propio rostro. Es pelirrojo, el cabello peinado hacia atrás. Su nariz chata, demasiado cercana a la boca para su gusto, atrapaba el sol antes que los finos labios y cejas. Sus ojos café le devolvían la mirada, y los notó un tanto cansados. Frenan. No se percata de que es su parada hasta que voltea a la izquierda, hacia la ventana opuesta. Sobre la cabeza de una anciana se reencuentra con la calle en la que trabaja.
Es
un gran cuarto blanco, una oficina de cubículos transitada por una
marea de manos con tazas de café, de pies incansables, de frenéticos
dedos tecleando. Al fondo, en la esquina opuesta a la entrada
principal, hay una pequeña sala de conferencias que hace veces de
comedor. A su lado, la oficina del jefe, el señor Zarcota. Cuatro
hileras de cubículos en la sala principal, dos pegados a cada pared
y el otro par unido en el centro, forman como resultado dos pasillos:
Lucas trabaja en uno al centro y a la izquierda. A su derecha está
la pared del cubículo, soporte para fotos de su perro, sus padres y
viejos amigos. A la izquierda puede ver el cubículo vacío de un
compañero que renunció hace poco y, junto al mismo, la ventana.
Lucas cumplió 29 años el mes pasado. Se graduó de contable con
honores a los 24, y desde entonces trabaja en la misma compañía, en
el mismo puesto. A menudo se repite que no ha tenido tiempo para
casarse, que es aún joven, que necesita terreno firme para caminar
semejantes sendas. Y reflexionaba en líneas similares mientras
miraba más allá del cubículo a su lado, hacia la ventana.
Una bandada de pájaros atravesó el cielo frente al cristal. Lucas
sonrió.
Se perdía entre los
papeles y sus interminables números con expresión abúlica, cuando
oyó una caja asentarse de golpe en el escritorio del cubículo
vacío. Volteó sobre su hombro
despacio, entre temeroso y esperanzado, y tardó en asimilar
la figura femenina que le daba la espalda, instalándose en su nuevo
puesto de trabajo. Sacaba esta de una pequeña caja de cartón un
portarretratos de madera, una bolsita con tachuelas y un cilindro
metálico con varios bolígrafos dentro. Entonces los tacones rojos
giraron sobre sí, y Lucas pudo apreciarla a plenitud. Llevaba una
chaqueta azul marino cerrada, de esas que tienen solapas anchas y
vistosas. Una falda de
color idéntico alcanzaba casi a tocar sus rodillas. Su pelo negro le
ondulaba con ligereza hasta el pecho. Lucas admiró aquella nariz
pequeña y elegante, los carnosos labios rojos y las mejillas
coloradas. Sin embargo, fueron los ojos el cenit de su asombro. El
verde intenso jugaba con sus facciones de una forma peculiar que
Lucas creyó, además de bella, propia de un carácter sencillo y
amigable.
Pasó el resto de la
jornada más ocupado en contemplarla que en trabajar. Antes de que
pudiera darse cuenta -y antes de lo que hubiese deseado- había
concluido el día; el unísono de recoger documentos, levantarse y
marchar a la puerta se accionó con precisión cronométrica.
Saliendo del edificio paró en seco; acababa de pisar un charco y su
media estaba empapada. Solo entonces notó que había llovido.
Cuando se sentó en
su cubículo al día siguiente, ella ya había llegado. La miró de
soslayo: esta vez lucía un atuendo rojo, más atractivo que el del
lunes, y Lucas no pudo sacudirse la idea de que esa mejora giraba en
torno a él. Dedicó el resto del día casi exclusivamente a mirarla,
como buscando una verdad oculta en los meandros de sus piernas y el
arco de sus caderas, en la
curvatura de sus labios, en la tierna prominencia de sus pómulos
y las constelaciones de sus pecas. El anular desnudo de
ella golpeaba rítmicamente la mesa, mientras Lucas se esforzaba
urdiendo planes y maniobras. Es evidente que es más joven que yo, lo
más probable es que sea hasta soltera. El tiempo es la esencia; si
tardo demasiado en iniciar una interacción ya sería muy tarde, no
habría esperanza. Hablarle directamente, aunque estemos tan cerca,
no sería bueno; se ven muy transparentes mis intenciones. Lo mejor
sería algo fortuito; hablarle en la sala de conferencias, quizás a
la hora de almuerzo... Pero no, habría demasiada gente ahí que
puede escuchar, entrometerse, todos almorzamos en la sala. Preferiría
algo a solas, así es más libre la conversación, más honesta.
Podría esperar a que fuera a servirse del botellón de agua en la
sala, para yo excusarme con motivo idéntico. Así, todo se reduce a
'toparme' con ella allá e iniciar una charla casual, amigable. Se
perdía en estas cavilaciones, tan inmerso en ellas que ni se enteró
cuando ella se paró de su silla, tomó un vaso de agua del botellón
de la sala, y volvió a su trabajo.
Empleó el resto del
día y el siguiente en perfeccionar su teatro imaginario, preparando
de antemano respuestas y actitudes para satisfacer las más
inverosímiles de las situaciones. Al llegar el jueves, se encontraba
notablemente seguro de sí mismo: solo quedaba esperar. Pero ella no
se dignó a buscar agua el resto de la semana, dejando a Lucas con
semblante sombrío. Aun con sus intenciones frustradas, Lucas hurgaba
en el fondo de su memoria y creía desenterrar señales que lo
motivaban; por ejemplo, a veces siente que ella lo esta mirando,
pero cuando decide voltearse es como si ella se le anticipase, y mas
bien la atrapa examinando una hoja o un bolígrafo. Lucas no salió
de casa en todo el fin de semana; lo aplastaba la irremediable
sensación de que mientras más la pensaba, más lejos se hallaban.
¿Dónde estaría ella ese sábado? ¿Qué ocupaba su mente?
Finalmente llegó el
lunes. En un parpadeo, Lucas se encontraba observándola una vez más.
Así pasaban las horas, con él atrapado en el mutismo de la vigilia
hacia esa figura hermosa pero inmóvil y concentrada. Y en el
momento en que parecía más decidida que nunca a no moverse jamás,
detuvo el trabajo en seco y empezó a desfilar por el pasillo. Lucas
le concedió varios pasos de ventaja y se alzó de igual forma,
inundado por el encanto de la anticipación.
Abrió la puerta de
la sala, donde ella tomaba agua de un vaso plástico desechable.
Caminó hasta allá, tomó un vaso y lo llenó. Levantó la vista con
disimulo y sintió que sus rodillas cedían; apreciarla de tan cerca
la revelaba más hermosa que antes, y Lucas se reprendió mentalmente
por no haber tomado las previsiones adecuadas. Empezaba a ocurrir
algo que no se explicaba: en ese momento crucial, teniéndola a una
distancia en la que bastaría dar un paso para abrazarla, se decía
ya no tener ganas de hablar, que no necesitaba complicarse más
introduciendo a una mujer en su ya atareada vida, y subterfugios
afines que buscaban cubrir el inmenso terror que sentía. Entre
tanto, había tragado dos vasos de agua e iba por el tercero. Ella
terminó el suyo, arrugó el plástico en su mano y lo echó al
cesto; luego miró a Lucas y, dedicándole una sonrisita educada, se
marchó.
A partir de ese día,
Lucas desistió en sus intentos. Se limitaba a verla con más
detenimiento que nunca; hilando encuentros, soñando despierto.
Bajaban las escaleras al mismo tiempo y tropezaban en su apuro. Él
soltaba la palabra justa para impresionarla, el toque adecuado y
oportuno que la cautivaría; las escaleras solitarias se oscurecían
mientras sus dedos se entrelazaban, sorprendidos de aquella conexión
tan natural, tan evidente. Ella tardaba en recoger sus cosas al
terminar la jornada; él imitaba su ritmo, calculador, y en pocos
minutos se encontraban solos en la oficina. Los únicos testigos de
lo que ocurre sobre la mesa son los papeles, las sillas, el
ventilador de techo; a Lucas le parece que se sonríen en
complicidad.
Así pasan semanas,
un mes, dos meses...
Un sábado invita a
un viejo amigo a tomarse unos tragos, para ponerse al día. Después
de varias cervezas, memorias evocadas, unos rones, risas y anécdotas,
la lengua de Lucas empieza a aflojar, y le cuenta al amigo de ella.
Relata como le pareció “algo bonita” desde que llegó a la
oficina, que ha tenido que contenerse para no hablarle.
-¿Pero... por qué
no le hablas y ya? -pregunta el amigo.
Tras una pausa,
Lucas repone sentencioso:
-Porque no se caga
donde se come.
-¿Como así?
Al fondo del bar
resuena la voz de Louis Armstrong; la melodía trae a la mente de
Lucas aquella sonrisa, esos dientes como perlas que siempre luce ella
cuando saluda, por ejemplo, al maldito señor Zarcota.
Moonriver, wider
than a mile
I'm crossing you
in style, someday
-Es lógico -dice
Lucas con una sonrisa que quiere pasar por confiada-, supongamos que
le hablo, nos gustamos, etcétera. Lo que no estás viendo, amigo, es
que desde ese punto las cosas no pueden sino empeorar. Después de
esa primera etapa de flores, besos, chocolates; viene el desencanto,
las realizaciones y... ¡En fin! ¿Qué sería de mí? Me separo de
ella, pero aún debo verla todos los días en el cubículo de la
izquierda. Estamos tan cerca, ni te imaginas... ¿Y cuantos años
llevo en esa compañía? ¿Cuatro? ¿Cinco? No puedo sencillamente
irme, y menos por una razón tan banal.
La canción parece
muy larga, y Lucas habla demasiado rápido.
Two drifters, off
to see the world
There's such a
lot of world to see
-¿Qué
te importa a ti eso? -dice el amigo, entretenido- si la cosa no
funciona lo peor que podría pasar es que no se vuelvan a hablar, o
la ocasional mirada desdeñosa. ¿No es casi lo mismo que tu
situación actual?
-No, no... Hay otras
razones, tú no comprendes...
We're after the
same rainbow's end
-¡Claro
que sí! Explícame, pues, qué estoy pasando por alto.
Waitin' 'round
the bend
-No consideras el
encanto de la idealización -dice Lucas, no sin antes pensarlo largo
rato.
-¿Cómo dices?
-vocifera el amigo, ya con una sonrisa burlona.
-Si yo le hablo, si
intento enamorarla, bien puedo descubrir en el proceso algo de ella
que simplemente deteste. Puede ser cualquier cosa: es una idiota
inculta, es antipática, tiene mal aliento, ¡quién sabe! Por eso es
mejor dejarlo así. Si nunca interactuamos, en cambio, siempre podré
mantener la imagen que yo quiera de ella, siempre será bella,
educada, feliz, de fácil conversación... Y creo que, a fin de
cuentas, prefiero eso.
Y llegan dos
cervezas más a la mesa, y continúa
My huckleberry
friend
-Pues a mi me parece
-dice el amigo ya rojo, intentando aguantar la carcajada- que estás
hablando puras mariqueras, Lucas.
Moonriver, and me
Pero ya Lucas ni
escucha, perdido de nuevo en aquel rostro tan bello, en ese cuerpo
tan sublime. El amigo supone que se ha pasado de la raya; ya nadie
habla. Se entromete en el silencio la dulce trompeta y Lucas la
escucha muy lejos de ahí, mas allá de la puerta del bar y de la
oficina, más allá de su sonrisa y sus caderas, de la ventana y de
los pájaros.

Puedes seguir dibujando todos los Nyan Cat que quieras en todos los salones del mundo, si detrás de ellos se esconden estas maravillas.
ResponderEliminarGracias por compartir, guei
Gracias a ti por leer y comentar, Pedro.
EliminarDime que alli no termina el cuento......
ResponderEliminarPues sí.
EliminarMi sobrino bello quede picada, quiero seguir leyendo .... Te auguro mucho éxito como escritor!! TQM, DTB!!
ResponderEliminarGracias, bendición.
EliminarSencillamente alucinante...Tiene gracia y soltura y ese entremezclar la reflexión propia con el diálogo y la sugestión musical le da una sabrosa vivacidad. Que se siente uno como si estuviera allí, perece cinematográfico...
ResponderEliminarGood for you, Andre!
Gracias, che.
EliminarPerdón, quise decir "parece" y no "perece".
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