sábado, 1 de junio de 2013

Últimas palabras de un personaje secundario

 

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Yo que gozaba de una vida tan plena, que no conocía la dicha de carecer de preocupaciones e incluso me quejaba de ella, ¡ay! Digo con seguridad que sólo vive verdaderamente, sólo experimenta ampliamente la vida el que ha cruzado el umbral, el que ha sufrido en piel ese zarandeo que se mofa del destino, esa finalidad que se intercambia en un instante como el voltear de una hoja. Tengo la triste obligación, no sé si por verdadero deber o tan solo porque siento que si no lo grito al blanco cielo explotaré, de informar a la nada que mi autor ha muerto esta mañana.

Presencié todo el suceso, pues el sillón de la sala se ve sin problema desde este escritorio. Estaba tan sereno, como siempre es (¡fue, fue! Dios mío, aún me desgarra el pecho aceptar su partida), escuchando las noticias, cuando sus ojos se tornaron quebradizos como caramelo y empezaron a mirar nerviosos a los lados sin cesar, como buscando a la muerte que ya se encontraba a sus espaldas. Después los cerró muy lento, como queriendo absorber su último vistazo a este mundo que tan mal lo trató.

El pobre dejó esta novela inconclusa. No lo puedo aseverar con seguridad, pero diría que no llegó ni a la mitad el manuscrito. La naturaleza le arrebató esas páginas que jamás serán. En su historia soy un personaje secundario, espero que esto no reste importancia a lo que diga.

No diría que estoy demasiado bien escrita y construida, son notables un par de contradicciones en ciertas conversaciones, sobre todo entre los capítulos II y IX. Además, la descripción que me otorgaron no es la más provechosa. Lo cierto es que no puedo explicar con demasiada certeza quien soy. No me molesta esto, más bien confié en Ernesto, confío en que hay una razón por la que sea menos y no más.

Ernesto nunca llegó a ser uno de esos escritores exitosos, aquellos de los que se hablan incontables años después de muertos, con todos sus libros y cartas publicadas hasta el cansancio. No será jamás un Kafka (le oía hablar de él con sus colegas en ocasiones), al que le publiquen novelas inacabadas.

¿Qué será de mí, encerrada en este altercado tan particular? Casi siento la brisa de la ventana que dejó abierta llevarse mi pelo y mis palabras como polvo… ¿Habrá un sentimiento más aplastante y que conceda mayor impotencia (…y con qué ligereza la concede) que conocer con certeza el despropósito de la propia existencia? ¡Conocer, conocer! Otra empresa frustrada incluso antes de proponérmela. ¿Qué podré conocer yo, tan indefensa en esta resma inmóvil y condenada?

Siento como se atrofian una a una, con suma crueldad, todas mis extremidades. Mi mente las sigue… Camino de lado a lado para intentar airearlas, sin ningún rumbo posible. ¿Y qué camino puedo pretender obtener, con el cuerpo tieso a pocos metros de mí…? La vaharada post-mortem da las primeras bofetadas a mi rostro lacio. Ya no habrá nadie quien me escriba, nadie que tome las decisiones que definan mi desenlace. No deseo el barco a la deriva de la resignación, pero ¿me queda opción?

No, las páginas no se escriben solas, mi vida pasa a ser en un cerrar de ojos, en la última inhalación de este buen hombre, una roca precipitándose por una montaña sin fin. Estoy sentada en el piso, esperando con ansias absolutamente nada.

¡Pobre el que niega la necesidad de dirección en la vida! En la misma medida, ¿es admisible que sea yo tan arrogante como para pretender darle una propia? ¡Imposible! Precisamente para eso existió él, y degradarme a una impúdica rebelión sería inadmisible. Ante todo, debe prevalecer el respeto en mi alma que tanto le debe…

Aun así, no puedo evitar que prevalezca la nostalgia… Quise haber conocido más el mundo exterior, haber visto alguna vez el cielo, oído más pájaros cantar, quizá oír más música que la que ofrecían acá. Ernesto nunca sacó el manuscrito de la casa. No se lo reprocho, pero tampoco es la añoranza un fenómeno racional.

Soy de las que sostienen la opinión de que decir algo exalta aún más la emoción que encierra a reservárselo y, por lo mismo, estos pensamientos errantes van inundando poco a poco mis ojos. Una vez más, sin intención alguna de ofender a lo superior a mí, ¿por qué hubo de tocarme esta suerte tan espantosa, la merezco acaso? ¡Preferiría mil muertes a la incertidumbre, al timón roto, a este campo blanco e infinito! Imagino como algunos se quejarán de la ignominia de ser los únicos en el planeta conocedores de su finitud, y a ellos replico: ¿no sería peor aún ser conocedores del infinito o no saber absolutamente nada del destino, aunque aceptando que debe de haber uno? ¡Enloquecerían! Yo que he conocido ambos pesares, les aseguro que mucho más degradante es este último.

A esto me reduzco. El tiempo que lo reduce todo, ha reducido a Ernesto a una figura petrificada y me ha reducido a mí a este discursillo de polvo, un divagar ceniciento. De nada sirve, nada soy, no es más que un desperdicio de energía seguir pensando y profiriendo las dulces melancolías que me presionan. Verdaderamente, es el fin. ¡Me rindo, me rindo! Sí, ¡me entrego a lo que pida el universo de mí, me resigno a callar, entiendo que jamás fui libre y que osar conseguir algo más por mis humildes medios es la ridiculez más ciega concebible! Todo este blanco sustrae de mi corazón el último hálito de esperanza…

¡Ay! Ya veo a los uniformados marchar dentro del apartamento, el hedor nos debe haber delatado… Algo cambiará al fin, aunque sea para mal. ¡Es ahora todo claro, siento como una alegría incomparable invade hasta el último rincón de mi cuerpo! Escapo del nefasto hoyo que pensé que no abandonaría jamás. Vuelve a mí la sonrisa, vuelve algo de poder, qué importa que sea tan solo psicológico... ¿Es esto a lo que llaman coloquialmente la “luz al final del túnel”? Es la más dulce recompensa conocer mi fin venidero. ¡Gracias, Ernesto! ¡Gracias, oficial! Ahora me propongo a reposar, es sólo cuestión de tiempo para que empiecen a deshacerse de los efectos hallados de importancia menor. Estoy tan acostumbrada a esperar. Sin embargo, espero una vez más. Pero esta vez espero con júbilo ante algo distinto. ¡Espero la hoguera y su amoroso fuego que me llama, que me abraza y entiende! ¡Espero volverme uno con ella, para no retornar jamás a este mundo implacable!

 

***

 

Estas páginas anexadas fueron halladas sobre el manuscrito de una novela inconclusa del fallecido boletero de trenes y escritor Ernesto García, en su apartamento en la calle Mayor.

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