lunes, 16 de diciembre de 2013

Las espinas de la rosa




Lucas Ambrosio despertó ese lunes, como tantos otros, ansiando un cambio. Salió del apartamento, caminó un poco y se puso a esperar; ya conocía por nombre a todos los autobuseros que trabajaban esa ruta. Al fin llegó Reynaldo. Lucas lo saludó de mala gana y se adentró en el vehículo; quedaban muchos asientos libres y, pese a su costumbre, decidió sentarse en la fila derecha. A medida que avanzaban, la mente de Lucas recreaba lo que estaría viendo de haberse sentado en su hilera habitual. Pero a través del cristal veía personas trotando, árboles, perros. Una escuela primaria, con niños en impecables uniformes blancos. Un vagabundo descansando sobre cajas de cartón. En el reflejo del vidrio, Lucas contempló su propio rostro. Es pelirrojo, el cabello peinado hacia atrás. Su nariz chata, demasiado cercana a la boca para su gusto, atrapaba el sol antes que los finos labios y cejas. Sus ojos café le devolvían la mirada, y los notó un tanto cansados. Frenan. No se percata de que es su parada hasta que voltea a la izquierda, hacia la ventana opuesta. Sobre la cabeza de una anciana se reencuentra con la calle en la que trabaja.

Es un gran cuarto blanco, una oficina de cubículos transitada por una marea de manos con tazas de café, de pies incansables, de frenéticos dedos tecleando. Al fondo, en la esquina opuesta a la entrada principal, hay una pequeña sala de conferencias que hace veces de comedor. A su lado, la oficina del jefe, el señor Zarcota. Cuatro hileras de cubículos en la sala principal, dos pegados a cada pared y el otro par unido en el centro, forman como resultado dos pasillos: Lucas trabaja en uno al centro y a la izquierda. A su derecha está la pared del cubículo, soporte para fotos de su perro, sus padres y viejos amigos. A la izquierda puede ver el cubículo vacío de un compañero que renunció hace poco y, junto al mismo, la ventana. Lucas cumplió 29 años el mes pasado. Se graduó de contable con honores a los 24, y desde entonces trabaja en la misma compañía, en el mismo puesto. A menudo se repite que no ha tenido tiempo para casarse, que es aún joven, que necesita terreno firme para caminar semejantes sendas. Y reflexionaba en líneas similares mientras miraba más allá del cubículo a su lado, hacia la ventana. Una bandada de pájaros atravesó el cielo frente al cristal. Lucas sonrió.
Se perdía entre los papeles y sus interminables números con expresión abúlica, cuando oyó una caja asentarse de golpe en el escritorio del cubículo vacío. Volteó sobre su hombro despacio, entre temeroso y esperanzado, y tardó en asimilar la figura femenina que le daba la espalda, instalándose en su nuevo puesto de trabajo. Sacaba esta de una pequeña caja de cartón un portarretratos de madera, una bolsita con tachuelas y un cilindro metálico con varios bolígrafos dentro. Entonces los tacones rojos giraron sobre sí, y Lucas pudo apreciarla a plenitud. Llevaba una chaqueta azul marino cerrada, de esas que tienen solapas anchas y vistosas. Una falda de color idéntico alcanzaba casi a tocar sus rodillas. Su pelo negro le ondulaba con ligereza hasta el pecho. Lucas admiró aquella nariz pequeña y elegante, los carnosos labios rojos y las mejillas coloradas. Sin embargo, fueron los ojos el cenit de su asombro. El verde intenso jugaba con sus facciones de una forma peculiar que Lucas creyó, además de bella, propia de un carácter sencillo y amigable.

Pasó el resto de la jornada más ocupado en contemplarla que en trabajar. Antes de que pudiera darse cuenta -y antes de lo que hubiese deseado- había concluido el día; el unísono de recoger documentos, levantarse y marchar a la puerta se accionó con precisión cronométrica. Saliendo del edificio paró en seco; acababa de pisar un charco y su media estaba empapada. Solo entonces notó que había llovido.
Cuando se sentó en su cubículo al día siguiente, ella ya había llegado. La miró de soslayo: esta vez lucía un atuendo rojo, más atractivo que el del lunes, y Lucas no pudo sacudirse la idea de que esa mejora giraba en torno a él. Dedicó el resto del día casi exclusivamente a mirarla, como buscando una verdad oculta en los meandros de sus piernas y el arco de sus caderas, en la curvatura de sus labios, en la tierna prominencia de sus pómulos y las constelaciones de sus pecas. El anular desnudo de ella golpeaba rítmicamente la mesa, mientras Lucas se esforzaba urdiendo planes y maniobras. Es evidente que es más joven que yo, lo más probable es que sea hasta soltera. El tiempo es la esencia; si tardo demasiado en iniciar una interacción ya sería muy tarde, no habría esperanza. Hablarle directamente, aunque estemos tan cerca, no sería bueno; se ven muy transparentes mis intenciones. Lo mejor sería algo fortuito; hablarle en la sala de conferencias, quizás a la hora de almuerzo... Pero no, habría demasiada gente ahí que puede escuchar, entrometerse, todos almorzamos en la sala. Preferiría algo a solas, así es más libre la conversación, más honesta. Podría esperar a que fuera a servirse del botellón de agua en la sala, para yo excusarme con motivo idéntico. Así, todo se reduce a 'toparme' con ella allá e iniciar una charla casual, amigable. Se perdía en estas cavilaciones, tan inmerso en ellas que ni se enteró cuando ella se paró de su silla, tomó un vaso de agua del botellón de la sala, y volvió a su trabajo.
Empleó el resto del día y el siguiente en perfeccionar su teatro imaginario, preparando de antemano respuestas y actitudes para satisfacer las más inverosímiles de las situaciones. Al llegar el jueves, se encontraba notablemente seguro de sí mismo: solo quedaba esperar. Pero ella no se dignó a buscar agua el resto de la semana, dejando a Lucas con semblante sombrío. Aun con sus intenciones frustradas, Lucas hurgaba en el fondo de su memoria y creía desenterrar señales que lo motivaban; por ejemplo, a veces siente que ella lo esta mirando, pero cuando decide voltearse es como si ella se le anticipase, y mas bien la atrapa examinando una hoja o un bolígrafo. Lucas no salió de casa en todo el fin de semana; lo aplastaba la irremediable sensación de que mientras más la pensaba, más lejos se hallaban. ¿Dónde estaría ella ese sábado? ¿Qué ocupaba su mente?
Finalmente llegó el lunes. En un parpadeo, Lucas se encontraba observándola una vez más. Así pasaban las horas, con él atrapado en el mutismo de la vigilia hacia esa figura hermosa pero inmóvil y concentrada. Y en el momento en que parecía más decidida que nunca a no moverse jamás, detuvo el trabajo en seco y empezó a desfilar por el pasillo. Lucas le concedió varios pasos de ventaja y se alzó de igual forma, inundado por el encanto de la anticipación.
Abrió la puerta de la sala, donde ella tomaba agua de un vaso plástico desechable. Caminó hasta allá, tomó un vaso y lo llenó. Levantó la vista con disimulo y sintió que sus rodillas cedían; apreciarla de tan cerca la revelaba más hermosa que antes, y Lucas se reprendió mentalmente por no haber tomado las previsiones adecuadas. Empezaba a ocurrir algo que no se explicaba: en ese momento crucial, teniéndola a una distancia en la que bastaría dar un paso para abrazarla, se decía ya no tener ganas de hablar, que no necesitaba complicarse más introduciendo a una mujer en su ya atareada vida, y subterfugios afines que buscaban cubrir el inmenso terror que sentía. Entre tanto, había tragado dos vasos de agua e iba por el tercero. Ella terminó el suyo, arrugó el plástico en su mano y lo echó al cesto; luego miró a Lucas y, dedicándole una sonrisita educada, se marchó.
A partir de ese día, Lucas desistió en sus intentos. Se limitaba a verla con más detenimiento que nunca; hilando encuentros, soñando despierto. Bajaban las escaleras al mismo tiempo y tropezaban en su apuro. Él soltaba la palabra justa para impresionarla, el toque adecuado y oportuno que la cautivaría; las escaleras solitarias se oscurecían mientras sus dedos se entrelazaban, sorprendidos de aquella conexión tan natural, tan evidente. Ella tardaba en recoger sus cosas al terminar la jornada; él imitaba su ritmo, calculador, y en pocos minutos se encontraban solos en la oficina. Los únicos testigos de lo que ocurre sobre la mesa son los papeles, las sillas, el ventilador de techo; a Lucas le parece que se sonríen en complicidad.
Así pasan semanas, un mes, dos meses...
Un sábado invita a un viejo amigo a tomarse unos tragos, para ponerse al día. Después de varias cervezas, memorias evocadas, unos rones, risas y anécdotas, la lengua de Lucas empieza a aflojar, y le cuenta al amigo de ella. Relata como le pareció “algo bonita” desde que llegó a la oficina, que ha tenido que contenerse para no hablarle.
-¿Pero... por qué no le hablas y ya? -pregunta el amigo.
Tras una pausa, Lucas repone sentencioso:
-Porque no se caga donde se come.
-¿Como así?
Al fondo del bar resuena la voz de Louis Armstrong; la melodía trae a la mente de Lucas aquella sonrisa, esos dientes como perlas que siempre luce ella cuando saluda, por ejemplo, al maldito señor Zarcota.
Moonriver, wider than a mile
I'm crossing you in style, someday
-Es lógico -dice Lucas con una sonrisa que quiere pasar por confiada-, supongamos que le hablo, nos gustamos, etcétera. Lo que no estás viendo, amigo, es que desde ese punto las cosas no pueden sino empeorar. Después de esa primera etapa de flores, besos, chocolates; viene el desencanto, las realizaciones y... ¡En fin! ¿Qué sería de mí? Me separo de ella, pero aún debo verla todos los días en el cubículo de la izquierda. Estamos tan cerca, ni te imaginas... ¿Y cuantos años llevo en esa compañía? ¿Cuatro? ¿Cinco? No puedo sencillamente irme, y menos por una razón tan banal.
La canción parece muy larga, y Lucas habla demasiado rápido.
Two drifters, off to see the world
There's such a lot of world to see
-¿Qué te importa a ti eso? -dice el amigo, entretenido- si la cosa no funciona lo peor que podría pasar es que no se vuelvan a hablar, o la ocasional mirada desdeñosa. ¿No es casi lo mismo que tu situación actual?
-No, no... Hay otras razones, tú no comprendes...
We're after the same rainbow's end
-¡Claro que sí! Explícame, pues, qué estoy pasando por alto.
Waitin' 'round the bend
-No consideras el encanto de la idealización -dice Lucas, no sin antes pensarlo largo rato.
-¿Cómo dices? -vocifera el amigo, ya con una sonrisa burlona.
-Si yo le hablo, si intento enamorarla, bien puedo descubrir en el proceso algo de ella que simplemente deteste. Puede ser cualquier cosa: es una idiota inculta, es antipática, tiene mal aliento, ¡quién sabe! Por eso es mejor dejarlo así. Si nunca interactuamos, en cambio, siempre podré mantener la imagen que yo quiera de ella, siempre será bella, educada, feliz, de fácil conversación... Y creo que, a fin de cuentas, prefiero eso.
Y llegan dos cervezas más a la mesa, y continúa
My huckleberry friend
-Pues a mi me parece -dice el amigo ya rojo, intentando aguantar la carcajada- que estás hablando puras mariqueras, Lucas.
Moonriver, and me

Pero ya Lucas ni escucha, perdido de nuevo en aquel rostro tan bello, en ese cuerpo tan sublime. El amigo supone que se ha pasado de la raya; ya nadie habla. Se entromete en el silencio la dulce trompeta y Lucas la escucha muy lejos de ahí, mas allá de la puerta del bar y de la oficina, más allá de su sonrisa y sus caderas, de la ventana y de los pájaros. 

9 comentarios:

  1. Puedes seguir dibujando todos los Nyan Cat que quieras en todos los salones del mundo, si detrás de ellos se esconden estas maravillas.

    Gracias por compartir, guei

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  2. Dime que alli no termina el cuento......

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  3. Mi sobrino bello quede picada, quiero seguir leyendo .... Te auguro mucho éxito como escritor!! TQM, DTB!!

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  4. Sencillamente alucinante...Tiene gracia y soltura y ese entremezclar la reflexión propia con el diálogo y la sugestión musical le da una sabrosa vivacidad. Que se siente uno como si estuviera allí, perece cinematográfico...
    Good for you, Andre!

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  5. Perdón, quise decir "parece" y no "perece".

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