I.
Mijbuti, líder indiscutible del poblado, guiaba cauteloso a su escuadrón. Varias semanas se habían invertido ya en la empresa de explorar minuciosamente cuanto existiese fuera de su perímetro acostumbrado, en búsqueda de más alimentos (que últimamente escaseaban alrededor de la aldea, producto –posiblemente- de cambios en la naturaleza provocados por lo que el viejo sabio Siahartas denominaba “Calentis Globalescus”). Ah, el viejo Siahartas, el pobre Siahartas, al cual la mitad de la comunidad lo había tildado irrevocablemente de loco y la otra de intelectual empedernido; hombre de pocas palabras pero de pensamientos profundísimos, tan lejanos del entendimiento del aldeano común que ni valía la pena entablar una conversación con él.
Ocurrió el quinto día de expedición. Nunca antes habían estado tan separados de su pueblo, de sus queridas familias. Vivían en churuatas –una por familia- organizadas en un orden circular, siendo la churuata central –ligeramente más grande que el resto- la de Mijbuti. Un único camino, desprovisto de vegetación por obra de los aborígenes, conducía al pueblo. El grupo de búsqueda estaba conformado por los cinco hombres más valerosos de la aldea; eran: Drestaint, Reguiremet, Gru-Gru, Jaques (extranjero) y, por supuesto, Mijbuti. Atravesaron un denso matorral con dificultad; su lozanía parecía absorber todo el verde que le rodeaba, tornando lastimera la tarea de romper sus suplicantes extremidades. Inmediatamente detrás de la densa vegetación pisaron un área menos poblada por el reino vegetal, transmitía la zona una sensación de que otros como ellos habían pisado todo aquello antes, y que por alguna razón no estaban ya aquí para contarlo. Los cinco hombres, tras una vacilación nublada, prosiguieron su camino; después de apenas cinco minutos de recorrido, lo vieron: una visión monstruosa, aunque a la vez infundía un respeto aplastante; como un grano de arena que se hunde sumiso ante los pies mojados de algún caminar desprevenido. Se trataba de una estructura metálica que concluía en una aguda punta, de cincuenta metros de altura aproximadamente, la cual se erguía ante los temerosos indígenas, con partes que se entrecruzaban formando equis y otras sugestiones a letras arábicas que los desdichados no entendían por no ser su alfabeto predilecto; objeto, pues, de aún más terror. A lo largo del cuerpo de la visión nacían seis extremidades –tres por cada lado. Cada uno de estos brazos sostenía un respectivo cable, que para los pálidos nativos (color anti-natura entre ellos, todos morenos a excepción de Jaques, que se había tornado en cambio a un morazulado) parecían serpientes infinitas, perdiéndose de vista a distancias incalculables. Se abstuvieron de frotarse los ojos y zarandear la cabeza verticalmente, como se acostumbra, todo acompañado de la inequívoca exposición con entrada ovalada de dentadura parda, sino que se conformaron por unanimidad tácita a contemplar a lo que significaría un giro perenne en sus vidas, por ahora sólo abrazándolos comprensivamente con su sombra, que se deslizaba trascendente sobre sus cabezas.
II.
Esa misma tarde llegaron a la aldea empapados de cuestionamientos metafísicos, los cuales no se encontraban respuesta y, desesperados, se suicidaban escurriéndose por pronunciadas mejillas. Explicaron como pudieron a sus familiares y compañeros lo sucedido. Un monstruo –más bien alguna forma de ser superior, resultaba injusto condenarle por discernir en aspecto a ellos, accedieron tras discutir- los había encontrado durante su expedición. Designio evidente de “la gran torre”, la ocurrencia los había conmovido profundamente. Consideraron brevemente la posibilidad de que esta fuera no más que un mensajero terrenal, un comisionado elegido por algún otro ser de todavía mayor envergadura en la novedosa jerarquía teísta, para enviarles un mensaje divino, alguna enseñanza que cambiaría el rumbo de su existencia, un pasaje que revelaría secretos que atesorarían por generaciones. No tardaron en descartar tal hipótesis, a falta de evidencia que la respaldara (si de algo se jactaban los habitantes de la aldea, era de su gran habilidad para el pensamiento crítico, objetivo. Los otros quehaceres de carácter filosófico o abstracto se los dejaban al viejo Siahartas, al pobre Siahartas; al menos la mitad del pueblo así lo promovía).
Después de sopesar la situación, los habitantes de la aldea tomaron rumbo hacia la gran estructura metálica. Después de un arduo trayecto, toda la población de la aldea se encontraba bajo la sombra de la temible torre. Se dieron reacciones tan variadas como personas presentes. Algunos, víctimas del sobresalto, se desmayaron y no retomaron la conciencia sino media hora después, si acaso más tiempo. Tantos otros vomitaron, gritaron de júbilo desenfrenado, se asustaron terriblemente o se ocultaron tras los árboles, como si esto les pudiese defender de la voluntad del gigante de acero.
Después del sobresalto inicial, harto claro que si el gigante así lo deseara, ya todos habrían perecido, la iniciativa la tomó un jovencito de no más de siete años. De un solo movimiento se arrodilló vehemente ante la imponente figura, ofreciendo repetidas reverencias elevando ambas manos al cielo y bajándolas con delicadeza hasta la tierra, una y otra vez, en prueba infalible de la lealtad y obediencia que seguramente se esperaba de ellos. Pronto le siguieron –admirados de tan ejemplar gesto- los demás. Después de mucha reverencia y plegaria, Gru-Gru llevó su inédito deber un paso más adelante: dada la amistosa pero seria respuesta de su superior, se envalentonó y resolvió por acercarse al Él lentamente, con objeto de propiciarle una caricia, algún toque con insondable respeto implícito, cualquier contacto que transmitiese su honesto afecto.
Apenas Gru-Gru posó su mano sobre el metal, ocurrió lo insólito: ¡Luces, chispas, explosiones intermitentes! En cuestión de segundos –no sin antes una violenta convulsión- el desdichado había sido reducido a un insignificante montón de cenizas, que alzaron vuelo contra la mínima ventisca. Una conmoción mística, curiosa, se enredó entre los huesos de los espectadores, con temperatura helada.
Inmediatamente empezó el cuchicheo, la formulación de hipótesis, de complejos silogismos que todos rechazaban o consideraban en iguales proporciones, pero aun así no descartando nada del todo, víctimas de una excitación musitada y vertiginosa (entre todo aquello también se escapaba el casual comentario de Siahartas, ovacionado a medias y criticado simétricamente). Tras mucha especulación, alguien aseveró que, sin duda alguna, lo recién acontecido tenía su base en una suerte de relación metafísica entre la deidad y cada individuo, por lo que se produciría un desenlace distinto cada vez que alguien le tocase, dependiendo del ejecutor. Esta teoría fue ampliamente aceptada y, en espíritu consecuente, infirieron que la desgraciada suerte de Gru-Gru se debía únicamente a su bien sabida fama de adúltero, incorregible muchacho. Tal actitud, recién aprendieron, no la aprobaba su nuevo líder moral; el acero juicioso, omnisapiente.
III.
Desde lo acontecido, nadie más se había aventurado a tocar la torre, aceptando que se tenía que considerar el asunto desde todas las perspectivas posibles, sólo así siendo capaces de llegar a la verdad y de superar el desafío moral impuesto.
Sobre esta premisa, en la aldea no se perdía tiempo: se había puesto en movimiento toda la población en un incansable trabajo con su motor en el respeto, la admiración, el miedo. En poco tiempo, se había construido una churuata aún más grande que las del resto de las familias, incluso de mayor envergadura que la churuata de Mijbuti. Esta churuata, con además una forma particular y diferente a la habituada –la separación entre lo mundano y las grandes bendiciones que se han provisto o proveerán es fundamental, solía decir Sahartas- se había construido a pocos metros de los límites del poblado, con una réplica a escala de la torre colocada en la cima, hecha de pequeñas ramas pintadas plata con una sustancia improvisada, la cual fabricaban mezclando líquidos obtenidos de las entrañas de diferentes insectos. Nombraron a varios habitantes –hombres únicamente- como voceros de la torre, representantes e intérpretes de sus mensaje, su profunda significancia, de las bases filosóficas y éticas que sugería el frío gris que los contemplaba, juzgando.
Semanalmente, la aldea en su totalidad acudía a un congreso –liderado por Mijbuti- donde se discutía la validez de ciertos argumentos, proposiciones o ideas que guardaran relación a su nueva fe. Bien se sabe que si tenemos, por ejemplo, una manzana, la única manera de que esta ruede es si alguien o algo la impulsara físicamente a ello. Del mismo modo, esa manzana vino de la rama de un árbol, que vino de una semilla, que vino de otra manzana y, con una regresión sumamente extensa, llegamos a la conclusión de que la torre, que en algún punto sobrevoló la nada, la oscuridad (pues el mundo real no pudo surgir de la nada, sólo una fuerza externa como la torre pudo haberle dado inicio), por decisión propia –cuya base aún no se entiende, si es que se llega a ese punto algún día- se colocó en los alrededores de su aldea. Sí, ellos fueron elegidos, la torre, en su eterna benevolencia (sin olvidar la justicia, probada con anterioridad a todos, no se trata de una benevolencia débil) los escogió como delegados, supo que su intelecto (también de propia creación) era el adecuado para desentrañar los misterios que albergaba, al menos gran parte de ellos y, cada paso que daban adelante los convertidos hacia la verdad, más emoción se transpiraba, más expectativa a la liberación espiritual, a la inmortalidad que aparentaba ya poseer con dejadez el metal.
Ahora todo era comprensible, todo lo que hace días resultaba inexplicable (¿por qué sale el sol?) se derivaba de un solo posible –un solo necesario- argumento. Todo lo que era evidentemente diseñado, sin saberse por quién (animales con camuflaje natural, árboles de colores peregrinos, el mismo raciocinio), ya era tan evidente que el ignorarlo por tantas generaciones era inadmisible, punzaba en el pecho con clara desazón. La habilidad de compararse a un ser superior, antes sin un objetivo certero, había encontrado un cálido huerto en la torre. Se enseñaba a los niños desde muy pequeños a fabricar la improvisada pintura, y se les aconsejaba fuertemente que no salieran de su churuata sin el velo plata, a los ojos de la torre su parecido era grato, la perfección yacía de lleno en él.
Otros aldeanos, de los más puros de corazón a la opinión de la comunidad –¡más unida que nunca!-, como Gru-Gru, intentaron tocar la torre, con resultados réplica. Apenas sobre el agudo chisporroteo venía a la mente una perdida remembranza de los olvidados vicios del fiambre, que se traducía en un leve comentario, en muchas ocasiones vago, seguido de afirmaciones con la cabeza al unísono.
La justicia infinita ya conocida, de la mano de la eterna benevolencia de la torre, representaban una situación paradójica para muchos, pero se acordó no reparar tanto en ello ya que, si procuraba zozobra en los hombres, el martirio de la amante torre respecto al tópico no cabría en el entendimiento humano. El deber de carbonizar al último atrevido, por ejemplo, debió ser una dificultad tremenda para la torre, ya que se trataba de un hombre tan justo como venían al ser, pero que sin embargo había sido sorprendido murmurando el nombre de la esposa de otro en sus sueños, víctima de la lujuria no física, de corazón. El entender por qué fue condenado por un acto inconsciente, significó una dificultad inmensa –en la misma medida que fue una gloriosa prueba de fe.
En efecto, abundaban las pruebas de fe del desconfiado gigante en esos días. Infantes muertos sin razón aparente, golpeados por enfermedades furtivas; mujeres incapaces de quedar en estado; la muerte de un adolescente en un río cercano por acción de un enorme cocodrilo. Cuantos las superaban, volvían al camino correcto con aún más auge que antes, más impulso y ánimos para superar la prueba final. Los que, por su parte, no retornaban prontamente a la vía inmaculada, que desvariaban en su moral, eran sacrificados en el camino principal del pueblo, asados hasta la muerte. La justificación del radicalismo siempre se encuentra en la gratitud; el fin, especialmente sobre la premisa de la fe, siempre justifica los medios.
Cada vez que se observaba la torre se notaba un nuevo rasgo, otra pulida perfección que daba vuelo a la conmoción y al aprecio de haber recibido dones tan gratos. Sobre la hierba –regalo también de la torre-, examinándole con detenimiento, una profunda convicción se adentraba en los aldeanos. Era, sin la más mínima duda, el ser más perfecto que sus mentes podrían concebir jamás. La mera presencia de Él, su visión monumental, probaba que era el creador de todo, el juez del universo y las leyes que lo componen, el rey de todo lo material e inmaterial; la inhabilidad de imaginar algo más perfecto, como lo imposible que les resultaba pensar en un nuevo color, era evidencia infalible de lo anterior.
IV.
Ya hacía muchos años que nadie se atrevía a entrar en contacto con la insondable torre, y la fe permanecía estática pero en vigilia sobre la atmósfera de la aldea. El aldeano común había esparcido su atención en diversas tareas banales y rutinarias al pasar del tiempo, tomando por sentado el código moral estricto bajo el que vivía. Tras el descubrimiento y aceptación, la gracia del entendimiento universal, el fervor se escurría. Latentes aún, de cuando en cuando se asomaban tímidas reminiscencias de tiempos más simples.
¡Pero que muchacho!Impresionante mi niño,¡Qué letras! Agobiante, me sumerges en otro planeta literario. Joven,Tiene futuro. ¡ADELANTE!
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