jueves, 25 de abril de 2013

Carta de Miguel García, a quien pueda interesar.

 
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Dejo esta nota como mi último escrito, a manera de nota de suicidio.

Espero que no se apresuren a las conclusiones, ya que la vida (terrenal al menos, siempre confié en algo más allá de toda esta paranoia, vil organización material) no tiene más nada que ofrecerme, se ha tornado en mi contra, beligerante, atosigante, desbordando lo que un pobre intelecto como el mío es capaz de endurar.

La noche del 22 de abril del 2013, invité a un amigo muy cercano al lugar donde trabajo, la Wood Crate Co -una compañía maderera que queda en el centro- para darle un tour personal y tomarnos algunos tragos, ya que la compañía carecía de seguridad por los momentos y nadie permanecía en su interior después de las 6pm.

Una vez adentro (tengo mi propio juego de llaves), encendí las luces e incluso puse en marcha algunas de las grandes maquinarias con las que contaba mi lugar de trabajo, con marcada impudicia. Nos tomamos varias botellas de cerveza -las cuales recogí cuidadosamente en una bolsa negra de basura, procurando no dejar atrás ningún rastro de evidencia- y compartimos una de ron, mientras hablábamos de la vida, de las mujeres, de que caro está todo en la calle, lo que cuesta hoy en día tomarse un trago tranquilo en un bar, y ni hablar de si le pasa algo a mi auto, que ahora ando sin seguro. A excepción de esas pequeñeces –sospecho que por efecto de las bebidas- mi memoria está difusa. Recuerdo claramente, sin embargo, un intercambio particular, aislado de todo contexto por alguna razón:

-Huele a infortunio –dije yo entre risas, sospecho que hablando por hablar.

-Infortunio, mijo, es la base de la vida. El aburrimiento, la desazón de una existencia sin túmulos, es algo que no deseo ni a mis peores enemigos –proclamó mi amigo con un aire de sabio decrépito.

La continuación inmediata del breve pasaje no la recuerdo en absoluto. Creo haberme dormido momentáneamente, lo cual fue toda una hazaña, entre los graves ruidos de la maquinaria que no procuré apagar. Al despertar, no había rastro de mi amigo, de mi mejor amigo. Ya un poco repuesto de la borrachera –aunque aún afectado visiblemente- emprendí su búsqueda. Revisé los baños, los closets de servicio, las oficinas tanto cerradas como los cubículos del segundo piso, toda la planta baja, en fin, llevé a cabo una averiguación exhaustiva, al menos para un borracho.

Pese a mis esfuerzos, no hubo suerte. Salí del lugar para encontrarme con lo que temía: No se había largado, tanto su carro como el mío permanecían aún estacionados afuera.

Antes de que el lector me condene por mi decisión consecuente, debe tener en mente que verdaderamente agoté todas mis energías buscándole antes de optar por esta opción. Después de meditarlo mucho, decidí abandonarle a su suerte adentro, donde definitivamente se encontraba, aunque fuera de mis capacidades investigativas. Consideré también el aprieto en el que se vería mi amigo –y por lo tanto yo mismo- si se despertaba en la mañana a la llegada de los trabajadores, los cuales seguramente se sobresaltarían y llamarían a la policía. Sobre el peso de todas estas posibilidades, apagué la máquina trituradora de madera (¡la más grande e impresionante con la que contamos!), la máquina para serigrafía y alguna otra que no recuerdo; acto seguido me marché.

A la mañana siguiente desperté invadido por dos sentimientos que latían en mi pecho, amenazando con quebrar mis costillas desde adentro (así de fuerte los padecí, no exagero):

· La culpa de haber dejado a mi amigo a su suerte ahí, actuando a falta de toda inhibición o juicio de valor.

· El miedo a los desarrollos próximos de la mañana, que seguramente terminarían con tanto yo como mi amigo en la comisaría.

De nada vale resumir mi atropellada mañana, fue todo un festival de extremidades temblorosas, de mentadas de madre y repeticiones nerviosas. Me encaminé hacia mi trabajo en mi destartalado carro -la paga no es muy buena, ahora que lo recuerdo fue este uno de los temas de conversación de la noche anterior-, sufriendo, sudando preocupaciones culposas, temiendo al obvio desenlace.

Al llegar, vi lo que me temía: Su carro seguía estacionado afuera de la compañía, no se había ido aún.

Crucé el umbral con una vergüenza terrible, dando por hecho que ya no sólo le habían descubierto, sino que todos estaban enterados de quien fue la mente detrás de la transgresión. Apenas adentro, incurrí en mi equivocación: todos los trabajadores se encontraban en sus puestos habituales, realizando sus labores habituales, transcurriendo una mañana habitual. Mi vergüenza, mi culpa, mi miedo fueron suplantados por la aplastante incertidumbre, las ganas de saber –a medias por franca preocupación y a medias por una imperativa curiosidad- a dónde habría ido a parar el pobre.

Pero la necesidad económica –esa mañana mi carro presentaba unos molestos ruidos, inéditos- tuvo que sobreponerse momentáneamente al desasosiego que sufría por mi amigo, y me puse a trabajar.

Debo aclarar que –disculpe el lector si fallé en mencionarlo antes, pues estoy increíblemente nervioso y sudando vigorosamente mientras redacto esta carta, presa del pánico y mi evidente destino al concluirla- soy parte de la mano de obra, soy de esos que se paran todo el día frente a una correa y repiten la misma tarea una y otra vez, ad infinitum. Mi trabajo particular consiste en agarrar bloques de madera sin forma definida y cortarlos, provisto de una sierra, en bloques rectangulares. Antes de llegar a mi estación, la madera pasa por el triturador, luego por una máquina –sobre la cual me declaró ignorante en cuanto a su funcionamiento- que vuelve el producto triturado en bloques amorfos de madera y, finalmente, a donde me desempeño yo, dándole forma rectangular con mi sierra, como mencioné antes (tendrán que disculparme una vez más el estado en que veo que ahora se encuentra esta carta, no debí haberme inclinado sobre ella así, está notablemente mojada en el centro ahora, además de sucia, obra de mis manos grasientas).

El asunto es que en el preciso momento en el que yo ya me empezaba a desvincular del caso, que empezaba a otorgarle explicaciones mundanas y hasta graciosas, el terror me abofeteó de vuelta a la realidad. El bloque que tenía frente a mí, justo en el centro, se oscurecía en tres pequeñas secciones, dos pequeñas -una al lado de la otra- y otra más voluminosa, abajo de las susodichas. Fuera de toda posible explicación, cuando se alejaba la cara hasta cierto punto las tres manchitas orquestaban un claro, indiscutible rostro. ¡Era mi amigo! Sí, mi amigo, de alguna manera, me miraba fijamente desde el bloque de madera, punzándome con una mirada lastimera. El creerme o no depende completamente del lector, ¡pero les juro que estaba ahí, que prevaleció ante mis constantes y desesperados parpadeos!

No me atreví a cortarlo. De hecho, el tiempo estipulado para cortar dicho bloque pasó y la correa avanzó, imperturbable. Por mi parte, me encontraba en tal estado de desconcierto que me era incapaz mover los brazos. Así pasó otro bloque a mi estación, pasó el tiempo supuesto y se fue tal como llegó, y así pasó otro, y otro más. Los trabajadores de las estaciones siguientes protestaron. Pero al llegar el siguiente bloque, volvió a ocurrir. Una vez más ¡ahí estaba la cara, réplica exacta de la anterior, observándome decepcionada! También la dejé pasar, ya con una expresión perpleja y soñadora, con facciones de idiota en mi rostro. Los trabajadores volvieron a protestar, mientras que algunos otros murmuraron comentarios inaudibles, preocupados por mi salud física o mental. El siguiente bloque, como era de esperarse, volvió a reproducir el semblante de mi amigo.

Salí a grandes zancadas del lugar, llegué a mi carro y me encerré, con ganas de largarme por siempre de ahí, pero a la vez dudando de mis capacidades de manejo ante la terrible presión, como si el cielo se me viniese sobre los hombros. Me hundí en una atormentada reflexión.

-¡Dios! El pobre ahí, el pobre ahí y yo despreocupado, echado sobre el piso como un animal, dejándolo mientras debía estar bajo mi supervisión estricta, pues es mi lugar de trabajo y no el suyo; ¡el pobre, el pobre! Quién sabe lo horrible que debió ser su fin. Se habrá encaramado a la trituradora, quizás con el objeto de, una vez arriba, llamarme a gritos y provocar en mi merecido asombro y admiración -que no es fácil subir escaleras tan estrechas en estado de embriaguez. Una vez arriba -especulo-, se habrá tropezado con el último escalón y habrá caído dentro de la impasible máquina, siendo esta incapaz de diferenciar entre un vulgar pedazo de madera y un ser humano; un objeto inanimado y mi amigo, ¡mi mejor amigo!

Vomité un par de veces por fuera de la ventanilla de mi auto. Tenía el estómago revuelto y la mente nublada, hasta el punto en que no hubiese confiado en mí mismo si me encontrase. Tras unas ráfagas de vacilación, giré la llave y emprendí el camino a mi hogar.

Eso aconteció, si el lector ha prestado atención, el 23 de abril. Hoy, 25 de abril -ya es de madrugada, alrededor de la 1:30am-, me encuentro una vez más adentro del edificio sin expreso permiso, aprovechándome del juego de llaves que me fue confiado. Entre el mismo 23 y el 24, me quedé en mi casa pensando, gravemente deprimido, en la suerte de mi amigo.

Lo primero e inescapable es mi responsabilidad hacia él, la cual fallé en cumplir. Fui yo quien encendió las máquinas por mera diversión, quien descuido a su amigo justamente cuando me necesitaba, quien hizo posible, a fin de cuentas, su terrible suerte. Y ahora el desgraciado tramita las correas del negocio; impotente, melancólico (se nota en su mirada, creo haberlo dicho). Pero, por sobre todas las cosas, solo.

Ahora me veo a mi mismo en el último escalón, tanto de mi existencia (las escaleras se apiñan espontáneamente por los caminos de la vida, creo yo, hasta que un día no caen más, o uno decide bajarse) como de esta máquina demoníaca, los escalones amarillos, burlones (¿mencioné que eran amarillos los escalones?). Y pues, ya decidido en principio pero aun titubeante, lo cual creo que resulta natural a la hora de acabar la propia vida, me veo (eso sí que ya lo he dicho) aquí arriba, escribiendo sobre el fino borde de la trituradora. ¿Fue un hecho fortuito la desaparición de mi amigo, o predestinado? No lo sé. Pero la soledad, lo supe ya estos pasados días, es algo que no deseo a nadie, y hablo de la verdadera soledad, no de aquella esporádica, efímera; sino de la desgarradora soledad, la desértica, la que no figuraría en una mapamundi humano si tal cosa existiese. Madera o no, la soledad no es destino para nadie. Y sé que mi amigo haría lo mismo que estoy a punto de hacer por mí, que cambiaría de lugar conmigo sin pensarlo. Pero claro, le es imposible desde sus bloques de madera, desde su repetitiva correa. Ya creo que he agotado el desarrollo posible de los horribles acontecimientos de los pasados días, con el final temor de no haber podido transmitirlos cabalmente, de no haber sabido explicar las lágrimas que colmaron mis ojos en estas jornadas, habiendo olvidado, quizás, algún temblequeo de manos vital para la historia. Espero sinceramente que mañana los trabajadores de la estación próxima a la mía (ojalá me hayan perdonado), si se fijan con cuidado, vean no un rostro melancólico en la madera, sino dos sonrientes, felices de tenerse el uno al otro en la eternidad de una correa maderera.

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