Estoy escribiendo un cuento sobre un cuentista, o por lo menos tengo la idea del cuento dándome vueltas en la cabeza. El cuentista es un tipo perfeccionista, neurótico, nada lo satisface. Lleva años sin poder terminar un cuento. Eso sí, le sobran comienzos de cuentos. Pero llega un punto en el que se queda atascado, no sabe a dónde van sus historias por lo general ligeras en trama, y se termina convenciendo de que nada de lo ya escrito tiene valor, que más vale suprimirlo y empezar de nuevo. Es bastante posible que el cuentista esté en lo cierto, que los comienzos de sus cuentos sean tan desechables como sus potenciales conclusiones, pero esto lo tiene sin cuidado. Se considera ante todo un ser racional, sin embargo cree con una pasión que raya en lo supersticioso que si logra terminar un cuento, tan solo un bendito cuento, saldrá por fin de su sequía productiva, y que el próximo intento será pasable, y el próximo mejor, y así sucesivamente.
Queda visto que, en lo que respecta al retrato del cuentista, tengo su imagen bastante clara[1]. Su arte es otro asunto. Ella sería un reflejo del alma que inventé, y sin embargo no logro imaginar su idiosincrasia[2]. Supongo que hay una estructura o una serie de factores que reaparecen en cada uno de sus abortos literarios, y que el cuentista sabe que esos son los temas que quiere tratar, aunque no halle cómo. Él, como sus protagonistas, es un exilado. Se mudó a París desde algún país latinoamericano. Las razones por las que escogió esta ciudad entre tantas otras son evidentes desde el punto de vista de un literato latino; pero en efecto mudarse, después de que todos los exponentes del boom latinoamericano muriesen[3], demuestra una ingenuidad propia del adolescente idealista, ese que se cree un anacronismo, un engranaje desencajado en la gran maquinaria social (y que probablemente se da demasiado crédito explicándose de tal forma). Además, en todos sus cuentos subyace un miedo a lo moderno, sobre todo a la tecnología y a la manera de ver el mundo del hombre de hoy[4]. Por ende, sus cuentos están plagados de simbolismos demasiado evidentes y que no vienen al caso, parisinos caminando con iPhones bajo la sombra de edificios medievales, una pancarta enorme de Sony cubriendo (y en parte financiando) los trabajos de renovación de la Sainte Chapelle, a fin de cuentas un mundo interconectado hasta negar la privacidad, una sobredosis de información que hace imposible encontrar algo valioso y demasiado fácil distraerse por horas ante una pantalla cualquiera.