Como
todo diplomado en letras, mi sueño era escribir. Cuentos, novelas, (¿ensayos?
¿Poesía?). Otra parte de mi idiosincrasia letrística consistía en tener amigos
dudosos y frecuentar locales oscuros, generalmente en sótanos, donde tocaban
bandas d’avant-garde, se leía poesía
onomatopéyica, pornográfica o psicoanalítica, y se hablaba entre pseudointelectuales
con una gravedad risible. Así conocí a Enrique Acevedo.
Él
era un técnico de informática con una pasión por la literatura. (Solo se puede
hablar de sus sentimientos; en la práctica era un hombre de cultura quebradiza.)
Admito que me daba un tanto de lástima ver a ese hombre de treinta y cinco
años, casi calvo, de barriga incipiente y barba de tres días, hablar sobre la
metáfora de la Casa tomada -para él una crítica al marxismo-, o del solipsismo
en la isla de Morel.
Yo
lo escuchaba en silencio. También escribo, me dijo una noche, no me digas, repuse
con sorna. Lo suponía. Pero detrás de su candidez, de la distancia que él no
veía o no quería ver entre nosotros, se asomaba un honesto y ardiente deseo
de superación. Teníamos eso en común, y quizás fue la razón por la que nos
hicimos amigos.
Un
día, Enrique se presentó en mi porche con unas ojeras temibles.
-Ven
a mi casa –dijo-. Te quiero mostrar algo.
Cuando
llegamos, me dirigió a la sala. Su exaltación era evidente; se frotaba las
manos y de vez en cuando rompía en una risita involuntaria. En su sala había
una docena de computadoras negras, conectadas entre sí por una maraña de cables
que apenas permitía entrever el piso de mármol. Le pregunté, como es natural,
qué era todo aquello.
-Esto,
mon ami –dijo-. Son computadoras Dell
conectadas en serie, trabajando juntas. Tienen procesadores state-of-the-art, sí me entiendes, de lo
último en el mercado (y de lo más costoso). Leía yo a Kafka el otro día, cuando
me dije: ojalá tú pudieras escribir así, Enrique. La idea se quedó rondando en
mi cabeza por un tiempo, hasta que al fin la desarrollé en lo que tienes ante
tus ojos. Estas computadoras, mientras hablamos, escriben la próxima obra
maestra del siglo XXI. Primero, combinan palabras al azar del diccionario de la
RAE, estamos hablando de millones de páginas por segundo. La mayoría de estas son
desechadas en la segunda parte del proceso, donde un software analiza de forma
sintáctica y semántica los textos, y solo sobreviven aquellos que sean
legibles. Ahora bien, tú y yo podemos redactar un texto legible, y eso no
quiere decir que sería un buen relato o novela. Por eso, en la tercera etapa,
las computadoras comparan cada texto producido con otra base de datos, que
contiene todas las obras publicadas por la humanidad desde la Épica de
Gilgamesh. Esta última inquisición la sobreviven solo las obras que tengan
cierto grado de coincidencia estilística, temática, narrativa, etcétera; es
decir, obras que serían consideradas en general como buenos textos. Lo cual no
significa que se trate de imitaciones ni mucho menos, ya que las computadoras
son influidas en igual medida por toda la literatura universal. Te estoy
explicando esto en términos muy simplificados, aunque ya ves que el resultado
final no puede ser sino satisfactorio e indiscernible de la más alta literatura
humana.
No
sabía qué hacer o qué decirle a Enrique, el cual me miraba con una sonrisa
expectante. Al final logré preguntarle qué haría con los supervivientes al
tercer ciclo, a lo que respondió: leerlos, escoger los mejores, y llevarlos a
una editorial.
Ya
de vuelta en casa, me instalé en mi escritorio, con el deseo de retomar la
escritura de un cuento en proceso. No fue posible. A cada línea volvía a mi
mente la imagen de aquella sala, produciendo literatura día y noche. Puesto que
si leía una obra escrita por las máquinas, y era tan buena como Enrique
prometía, el único prejuicio posible sería efecto de conocer su origen. ¿Sería
yo tan presuntuoso, pues, como para no llamar a eso literatura?