Bassil Dacosta, en su atolondramiento mañanero,
eligió unos zapatos resistentes pero viejos, propicios para la larga jornada
que le esperaba. Se despidió de su madre. Quién iba a saber que, al finalizar
el día, su nombre sería el más clamado, su rostro el más propagado por los
medios del país. Pero sería por las razones más infaustas, en esas que ni se
piensa, mucho menos se dicen, precisamente por la verdad y la posibilidad que
encierran. Punto sensible, hablar de la Muerte, tópico que no admite ni
periplos ni alusiones, porque de inmediato resuena el: “no digas eso ni en
broma.”
Cuando llegó, la plaza estaba abarrotada. Ahí se
estaba muy apretujado, había que estirar el cuello para respirar, y era
inconcebible moverse en otra dirección que hacia delante. Dicen que la multitud
tiene mente propia. Esa mañana, más que mente, la multitud tenía sentimiento,
fervor, esperanza. Una esperanza de mecha corta, que pronto intentaría ser
sojuzgada.
La concentración avanzaba por la avenida como una
marea, entre coloridos paraguas para protegerse del sol, gorras con la bandera
nacional, letreros de cartón con lemas de protesta. Las horas se acortaban.
Daba la impresión de que en diez minutos se habían recorrido varios kilómetros,
así como la gente que dice ver su vida con lujo de detalles cuando el frío
metal de un arma se cierne sobre su frente. En otro rincón de la ciudad, las
balas se deslizaban en sus recámaras.
La manifestación llegó a su destino. El sol estaba en su cenit, el calor era insoportable. En este punto, la muchedumbre se
dispersaba en diferentes direcciones, dizque cada quien hacia su hogar. Fue
entonces cuando Bassil Dacosta sintió la amarga amalgama de la impotencia y la
satisfacción. Por una parte, se alegraba de haber marchado, de haber hecho algo, pues veía al país en su paroxismo.
Por otra, un profundo y lóbrego desasosiego surgía en él mientras atisbaba a
las personas que se habían alejado más, ahora puntitos en la distancia. ¿Eso
era todo? Las gotas de sudor le corrían por la mejilla, y de repente las sintió
más lentas, más presentes sobre su piel. Recordó que una vez había leído un
manual de meditación, “una de esas rarezas orientales”, pensó. En él, se
explicaba cómo había que sentarse en una posición relajada, cerrar los ojos,
concentrarse en sentir la propia piel, luego imaginar que esta se desvanecía
como hojas al viento… Así, sin quererlo, se sentía Bassil. Su piel, su cuerpo
parecía desaparecer, junto a todos los demás, y solo quedaba el sol, o las
gotas de sudor, o los paraguas de colores. En otra parte de la ciudad (más
cerca ahora), las ruedas de una moto giraban.
Bassil Dacosta se vio, pues, en la necesidad de
disgregarse también. Empezó a caminar hacia una estación de metro un tanto
lejana, que esperaba encontrar menos concurrida que las locales. Solo entonces
se dio cuenta de que las piernas le dolían. (La moto, más cerca.) Dobló la
primera esquina y se sorprendió de la poca gente que albergaba. (Las ruedas
giran más rápido.) “Claro”, pensó, “vengo de compartir espacio vital con miles
de personas; así cualquier calle me parecerá desolada”. (Un arma se acomoda en
la parte posterior de un pantalón.)
No tuvo miedo. Quizás debió tenerlo, pero lo cierto
es que no tuvo. La moto bajó por la calle como un relámpago, el parrillero
reveló el arma. Bassil, en ese instante crítico, vio todo como una película en
pausa, con mucho detalle: las franelas cubriendo los rostros de los dos
hombres, los cauchos del vehículo, el arma plateada destellando. “La
fatalidad”, pensó. Una dejada abnegación
se apoderó de él, y creyó observar muy bien dentro del cañón, dentro de esa
negrura de sima, de la recámara, sobre la curvatura de la bala. Si se esforzaba
un poco, incluso podía ver la caja de balas reposando sobre la mesa, el rostro
del portador esa mañana, vistiéndose, poniéndose los zapatos, deslizando bala
por bala en la recámara de su revólver. Tac.
Otro humano, qué más. Pero los separaba un abismo tremendo, artificial. “Sí, la
fatalidad. Alguien había de cruzar esa esquina, la esquina. ¿Por qué la fatalidad, hasta cuando las esquinas? Así
va la cosa, si no era esta, sería otra; si no yo, pues alguien más.” La moto se
había descongelado, se hallaba ahora muy cerca, a menos de un metro. “Qué
suerte de perros, que tenía que ser yo.”
El fragor de la detonación se escuchó a lo lejos, y
los gritos de la no-tan-lejana manifestación callaron por un segundo. No
echaron vuelo palomas desde un tejado, como suele pasar en las películas y los
cuentos.
Hacía ya rato que las palomas se habían largado.
