Yo que gozaba de una vida tan plena, que no conocía la dicha de carecer de preocupaciones e incluso me quejaba de ella, ¡ay! Digo con seguridad que sólo vive verdaderamente, sólo experimenta ampliamente la vida el que ha cruzado el umbral, el que ha sufrido en piel ese zarandeo que se mofa del destino, esa finalidad que se intercambia en un instante como el voltear de una hoja. Tengo la triste obligación, no sé si por verdadero deber o tan solo porque siento que si no lo grito al blanco cielo explotaré, de informar a la nada que mi autor ha muerto esta mañana.
Presencié todo el suceso, pues el sillón de la sala se ve sin problema desde este escritorio. Estaba tan sereno, como siempre es (¡fue, fue! Dios mío, aún me desgarra el pecho aceptar su partida), escuchando las noticias, cuando sus ojos se tornaron quebradizos como caramelo y empezaron a mirar nerviosos a los lados sin cesar, como buscando a la muerte que ya se encontraba a sus espaldas. Después los cerró muy lento, como queriendo absorber su último vistazo a este mundo que tan mal lo trató.