jueves, 2 de mayo de 2013

La fe como solución al letargo existencial.

 

alta-tension

 

I.

Mijbuti, líder indiscutible del poblado, guiaba cauteloso a su escuadrón. Varias semanas se habían invertido ya en la empresa de explorar minuciosamente cuanto existiese fuera de su perímetro acostumbrado, en búsqueda de más alimentos (que últimamente escaseaban alrededor de la aldea, producto –posiblemente- de cambios en la naturaleza provocados por lo que el viejo sabio Siahartas denominaba “Calentis Globalescus”). Ah, el viejo Siahartas, el pobre Siahartas, al cual la mitad de la comunidad lo había tildado irrevocablemente de loco y la otra de intelectual empedernido; hombre de pocas palabras pero de pensamientos profundísimos, tan lejanos del entendimiento del aldeano común que ni valía la pena entablar una conversación con él.

Ocurrió el quinto día de expedición. Nunca antes habían estado tan separados de su pueblo, de sus queridas familias. Vivían en churuatas –una por familia- organizadas en un orden circular, siendo la churuata central –ligeramente más grande que el resto- la de Mijbuti. Un único camino, desprovisto de vegetación por obra de los aborígenes, conducía al pueblo. El grupo de búsqueda estaba conformado por los cinco hombres más valerosos de la aldea; eran: Drestaint, Reguiremet, Gru-Gru, Jaques (extranjero) y, por supuesto, Mijbuti. Atravesaron un denso matorral con dificultad; su lozanía parecía absorber todo el verde que le rodeaba, tornando lastimera la tarea de romper sus suplicantes extremidades. Inmediatamente detrás de la densa vegetación pisaron un área menos poblada por el reino vegetal, transmitía la zona una sensación de que otros como ellos habían pisado todo aquello antes, y que por alguna razón no estaban ya aquí para contarlo. Los cinco hombres, tras una vacilación nublada, prosiguieron su camino; después de apenas cinco minutos de recorrido, lo vieron: una visión monstruosa, aunque a la vez infundía un respeto aplastante; como un grano de arena que se hunde sumiso ante los pies mojados de algún caminar desprevenido. Se trataba de una estructura metálica que concluía en una aguda punta, de cincuenta metros de altura aproximadamente, la cual se erguía ante los temerosos indígenas, con partes que se entrecruzaban formando equis y otras sugestiones a letras arábicas que los desdichados no entendían por no ser su alfabeto predilecto; objeto, pues, de aún más terror. A lo largo del cuerpo de la visión nacían seis extremidades –tres por cada lado. Cada uno de estos brazos sostenía un respectivo cable, que para los pálidos nativos (color anti-natura entre ellos, todos morenos a excepción de Jaques, que se había tornado en cambio a un morazulado) parecían serpientes infinitas, perdiéndose de vista a distancias incalculables. Se abstuvieron de frotarse los ojos y zarandear la cabeza verticalmente, como se acostumbra, todo acompañado de la inequívoca exposición con entrada ovalada de dentadura parda, sino que se conformaron por unanimidad tácita a contemplar a lo que significaría un giro perenne en sus vidas, por ahora sólo abrazándolos comprensivamente con su sombra, que se deslizaba trascendente sobre sus cabezas.