Dejo esta nota como mi último escrito, a manera de nota de suicidio.
Espero que no se apresuren a las conclusiones, ya que la vida (terrenal al menos, siempre confié en algo más allá de toda esta paranoia, vil organización material) no tiene más nada que ofrecerme, se ha tornado en mi contra, beligerante, atosigante, desbordando lo que un pobre intelecto como el mío es capaz de endurar.
La noche del 22 de abril del 2013, invité a un amigo muy cercano al lugar donde trabajo, la Wood Crate Co -una compañía maderera que queda en el centro- para darle un tour personal y tomarnos algunos tragos, ya que la compañía carecía de seguridad por los momentos y nadie permanecía en su interior después de las 6pm.
Una vez adentro (tengo mi propio juego de llaves), encendí las luces e incluso puse en marcha algunas de las grandes maquinarias con las que contaba mi lugar de trabajo, con marcada impudicia. Nos tomamos varias botellas de cerveza -las cuales recogí cuidadosamente en una bolsa negra de basura, procurando no dejar atrás ningún rastro de evidencia- y compartimos una de ron, mientras hablábamos de la vida, de las mujeres, de que caro está todo en la calle, lo que cuesta hoy en día tomarse un trago tranquilo en un bar, y ni hablar de si le pasa algo a mi auto, que ahora ando sin seguro. A excepción de esas pequeñeces –sospecho que por efecto de las bebidas- mi memoria está difusa. Recuerdo claramente, sin embargo, un intercambio particular, aislado de todo contexto por alguna razón:
-Huele a infortunio –dije yo entre risas, sospecho que hablando por hablar.
-Infortunio, mijo, es la base de la vida. El aburrimiento, la desazón de una existencia sin túmulos, es algo que no deseo ni a mis peores enemigos –proclamó mi amigo con un aire de sabio decrépito.
La continuación inmediata del breve pasaje no la recuerdo en absoluto. Creo haberme dormido momentáneamente, lo cual fue toda una hazaña, entre los graves ruidos de la maquinaria que no procuré apagar. Al despertar, no había rastro de mi amigo, de mi mejor amigo. Ya un poco repuesto de la borrachera –aunque aún afectado visiblemente- emprendí su búsqueda. Revisé los baños, los closets de servicio, las oficinas tanto cerradas como los cubículos del segundo piso, toda la planta baja, en fin, llevé a cabo una averiguación exhaustiva, al menos para un borracho.
Pese a mis esfuerzos, no hubo suerte. Salí del lugar para encontrarme con lo que temía: No se había largado, tanto su carro como el mío permanecían aún estacionados afuera.
Antes de que el lector me condene por mi decisión consecuente, debe tener en mente que verdaderamente agoté todas mis energías buscándole antes de optar por esta opción. Después de meditarlo mucho, decidí abandonarle a su suerte adentro, donde definitivamente se encontraba, aunque fuera de mis capacidades investigativas. Consideré también el aprieto en el que se vería mi amigo –y por lo tanto yo mismo- si se despertaba en la mañana a la llegada de los trabajadores, los cuales seguramente se sobresaltarían y llamarían a la policía. Sobre el peso de todas estas posibilidades, apagué la máquina trituradora de madera (¡la más grande e impresionante con la que contamos!), la máquina para serigrafía y alguna otra que no recuerdo; acto seguido me marché.