miércoles, 28 de mayo de 2014

Tres días de playa

Enrique, un nuevo rico de la capital, invitó a su viejo amigo Fernando a pasar el fin de semana en un club de playa. Fernando, después de graduarse, se había mantenido en pie a duras penas, incapaz de ejercer su profesión por falta de oportunidades, y en cambio trabajando como mesonero, como vendedor, como cajero de supermercado. El viernes temprano, un chofer designado por Enrique lo recogió en su humilde vivienda. De camino al club entraron a un pueblo muy pobre y antiguo, conformado por casas de barro de cuyos huecos asomaban raíces e hibiscos rosa. Fernando empezaba a creer que Enrique no era tan acomodado como sospechaba, cuando dieron de bruces con las murallas del club. Eran de piedra, como los castillos antiguos, y el sol no permitía vislumbrar dónde acababan.
Adentro, la opulencia era inverosímil. Los pisos eran de oro, los empleados nobles ingleses, los espejos embellecían y reducían la edad de todo el que se mirase en ellos y había decenas de mujeres hermosas caminando por doquier (Enrique sostenía que eran modelos contratadas con ese propósito). La seguridad era presidencial. Además de las murallas titánicas, había guardas enterrados en la arena de la playa, debajo de los tapetes de los pasillos, colgados de las arañas victorianas y detrás de los espejos mágicos. Una gran reja de acero inoxidable trazaba un cuadrado enorme en la playa del club para separarla de las playas públicas. Sin duda alguna era un fortín pero, en su interior, Fernando se sentía más encarcelado que seguro.
El fin de semana transcurrió sin mayor acontecimiento. Comieron en el restaurant francés del club, recibieron masajes expertos a la orilla del mar, tomaron de una botella de ron añejada desde el siglo antepasado y se bañaron en la piscina olímpica. Desde el último trampolín Fernando podía ver la barriada donde había vivido toda su vida, donde lo esperaba su casucha de refrigerador vacío y electricidad a ratos. Cuando llegó el domingo, los amigos se despidieron en la puerta del club con un abrazo. En la vía de vuelta a su hogar (una vez más llevado por el chofer), Fernando se durmió, y soñó que él y todos sus vecinos se armaban de antorchas y rastrillos, que salían de la barriada como una marea incontenible, que tomaban el club para ellos y se asentaban en él, y las creppes y el escargot para ellos, y las masajistas tailandesas a la orilla del mar para ellos, y el ron medieval para ellos, mientras que Enrique y todos los hombres como Enrique eran forzados a asentarse en la barriada. Fernando despertó al llegar a la puerta de su hogar, y desde ese entonces le tuvo tal fobia a las tailandesas y a los franceses que se volvió eremita, convencido de que apenas pusiese un pie afuera de la puerta lo acribillarían a caracoles muertos, oh-lalás y uñas postizas afiladas como navajas.